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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL ALCALDE DE ROMA, A LA JUNTA CAPITOLINA
Y LOS DEMÁS MIEMBROS DEL CONCEJO MUNICIPAL


Lunes 19 de enero de 1981

 

1. A usted, señor alcalde, a la junta capitolina y a los demás miembros del concejo municipal aquí presentes, mi saludo deferente y la expresión del más vivo agradecimiento por esta visita que, más allá de las costumbres protocolarias, conserva para mí un significado y un valor totalmente particulares. En efecto, en vosotros saludo a los representantes de esta inmortal ciudad de Roma, que la Providencia ha querido confiar a mis cuidados pastorales, comprometiéndome de tal manera a reservar para ella y para sus problemas humanos y espirituales un lugar peculiar en mi corazón.

Los numerosos encuentros con el pueblo y con grupos específicos, y las decenas de visitas pastorales a algunas parroquias de la diócesis que he podido llevar a cabo desde el comienzo de mi ministerio en esta Sede, me han permitido adquirir un conocimiento cada vez más profundo de la realidad humana de la ciudad y de su periferia, hasta el punto de que ahora puedo medir en toda su dimensión, las preocupaciones, las ansias, las esperanzas de que usted, señor alcalde, se ha hecho intérprete en las palabras que acaba de dirigirme.

En esta circunstancia me es grato confirmar la plena disponibilidad de la autoridad eclesiástica para aportar su ayuda, en los límites de sus competencias y sus posibilidades, a la rápida y adecuada solución de los problemas que angustian la ciudad.

Al mismo tiempo quiero expresar la confianza de que, por parte de la administración cívica, se preste una atención siempre vigilante hacia los aspectos complejos y graves de una asistencia religiosa que debe enfrentarse con las exigencias de una población en continua expansión. El ser humano vive contemporáneamente en la esfera de los valores materiales y en la de los valores espirituales. Entre estos últimos, la dimensión religiosa tiene un lugar de primera importancia. Esforzarse por el crecimiento integral y armonioso del hombre significa hacer todo lo posible para que a la demanda religiosa que surge de la profundidad de su ánimo se le ofrezca una adecuada posibilidad de expresarse, de madurar, de dar testimonio de ella en la vida.

2. ¿Cómo no reconocer, por otra parte, la aportación fundamental que la dimensión religiosa, auténticamente vivida, da a la sana formación moral del individuo y a su capacidad de mantenerse inmune ante los fermentos de corrupción que serpentean insidiosamente en el ambiente? Las manifestaciones criminales de la violencia terrorista (de la que el bárbaro asesinato del general Enrico Galvaligi y el inicuo secuestro de magistrado Giovanni D'Urso son los más recientes e impresionantes episodios), la creciente difusión del recurso a la droga, las concesiones a la permisividad moral en sus diferentes formas son, entre otros, fenómenos de los que esta nuestra ciudad, por su condición de gran metrópoli y por el papel de capital de la nación, ha debido sufrir de manera particular en estos últimos tiempos. No hay persona juiciosa que no se sienta íntimamente sacudida y turbada frente a estos preocupantes síntomas de una crisis profunda, que amenaza los fundamentos mismos de la convivencia social. La constatación de los males actuales hace espontánea la comparación con los valores morales que hicieron grande a la antigua Roma, y que Salustio sintetizaba con las conocidas palabras "Domi industria, foris iustum imperium, animus in consulendo liber, neque delicio neque libidine obnoxius" (Cat. 52, 21).

Son éstos los valores que, si bien con evidentes revisiones debidas al cambio de las situaciones, es necesario consolidar o recuperar, para volver a dar serenidad a los ciudadanos, dignidad y vigor a las instituciones públicas, florecimiento a la vida económica. Ahora bien, en este empeño común para una recuperación moral, que aparece cada día más urgente, la religión cristiana, que es la de la inmensa mayoría de los romanos —por la nobleza de los ideales que propone, por la fuerza arrebatadora de los ejemplos que presenta, por las energías espirituales y morales que es capaz de suscitar en los ánimos bien dispuestos—, se revela portadora de fermentos positivos extraordinariamente estimulantes.

Los testimonios ofrecidos por la historia son, al respecto, muy elocuentes y confirman la valoración pronunciada por el gran Agustín en un momento de tremenda crisis política y social. Refiriéndose a la estirpe de los "Régulos, los Scevola, los Escipiones, los Fabricios", no dudaba en afirmar: "Si algo que merece alabanzas resalta en ti por natural disposición, sólo con la auténtica religiosidad llega a ser ennoblecido y llevado a perfección, mientras que con la irreligiosidad se pierde y envilece" (De Civitate Dei, II, 29, 1).

3. En esta perspectiva, me agrada acoger los votos de felicitación que usted, señor alcalde, también en nombre de sus valiosos colaboradores, ha querido dirigirme al alba de este nuevo año, que está ante nosotros con el tesoro de sus promesas prácticamente intacto. Correspondo a ellos con ánimo grato, acompañándolos con el deseo de buen trabajo al servicio de la comunidad ciudadana, cuyo bienestar requiere la obra de administradores que se distingan por agudeza de visión al individuar los problemas reales y amplia sabiduría al proponer las soluciones concretas.

Mi augurio se extiende también a todos los ciudadanos, sobre los que invoco la abundancia de las bendiciones celestiales para un año fecundo de alegrías serenas y de metas positivas. Me es grato confiar tal petición a la intercesión de María Santísima, "Salus Populi Romani", que tantas veces, a lo largo de los siglos, ha dado testimonio de su atención materna hacia esta ciudad. Y también la confío a la intercesión de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, cuya sangre regó esta nuestra Roma, haciendo brotar esa fe cristiana que ningún acontecimiento adverso pudo sofocar jamás.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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