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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA HORA SANTA DE ORACIÓN
DE LA CURIA ROMANA POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Capilla Sixtina
Viernes 23 de enero de 1981

 

1. Ut omnes unum sint.

La unidad, nota esplendorosa de la verdadera Iglesia, es la cumbre de la oración sacerdotal de Cristo en la última Cena, es su último testamento de amor, la consigna que nos ha dejado, antes de su pasión: antequam pateretur. Es una nota distintiva de la Iglesia, que Jesús se disponía a fundar y a redimir, instituyendo la Eucaristía, derramando sangre y agua de su Corazón sobre la cruz (cf. Jn 19, 34). Y hemos sentido que repercutía en nosotros, en la comunión de afecto y de oración de esta hora particular, la aspiración suprema del Salvador: Ut omnes unum sint.

No podemos sustraernos al examen de conciencia a que nos somete esta palabra. Es la piedra de toque para la credibilidad del discipulado de Cristo en el mundo: ut credat mundus quia tu me missisti (Jn 17, 21). Si no somos uno, como el Padre es uno en Cristo, y Cristo es uno en el Padre, el mundo no creerá: se le escapa la prueba concreta del misterio de la redención, mediante la cual, el Señor ha hecho de la humanidad dispersa una sola familia, un solo organismo, un solo cuerpo, un solo corazón. La Koinonía, de la que nos hablan con tanta elocuencia los Hechos, es signo visible de esa unidad profunda, arraigada en la unidad de la vida Trinitaria, que estrecha en un único vínculo compacto a la Iglesia católica, fundada por Jesús. La división cuestiona todo esto: como ha dicho el Vaticano II, al comienzo del gran decreto sobre el Ecumenismo, "una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que se presentan a sí mismas ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura" (Unitatis redintegratio, 1).

Por esto estamos aquí hoy para orar todos los de la Curia Romana, para escuchar de nuevo en nuestro interior toda la fuerza de impetración y de súplica al Padre contenidas en aquellas palabras, que Jesús hizo subir de los labios y del corazón, la noche de la Eucaristía y de la agonía. La noche del Jueves Santo. La noche de la traición, del escándalo, de la división: et dispergentur oves gregis (Mt 26, 31). Pero es más alta la voz de Cristo: Ut omnes unum sint.

2. Repetimos aquí estas palabras con particular fervor. Os he llamado esta mañana, venerados cardenales, queridísimos hermanos en el Episcopado y en el sacerdocio, y valiosos miembros del laicado, que me prestáis vuestra preciosa colaboración, a todos los niveles, hasta el más humilde, en los varios dicasterios, tribunales y organismos de la Curia Romana. ¡Sois los colaboradores del Papa! Esta conciencia resulta mucho más significativa en esta capilla, donde tantos predecesores míos, incluso el que os habla, han sido misteriosamente elegidos por el Espíritu Santo para guiar a la Iglesia de Roma y a toda la Iglesia. Vosotros servís en mí a aquel mismo Pedro, a quien el Señor confió las llaves del Reino de los cielos (cf. Mt 16, 19), como le habéis servido en mis inmediatos predecesores.

Como miembros de la Curia, que está al servicio directo del Papa, y que quiere hacer propias sus mismas aspiraciones, vosotros estáis, por título muy particular, al servicio de la unidad. Tenéis el privilegio de vivir en la "Iglesia más importante y conocida de todos, fundada y constituida por los gloriosísimos Apóstoles Pedro y Pablo" (Adv. Haer., III, 3, 3; SC 211, ed. A. Rousseau y L. Dutreleau, tomo II, París, 1974, pág. 32), como la define San Ireneo. Vosotros compartís y sostenéis y prolongáis el trabajo del Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro, vosotros sois sus primeros copartícipes; por esto, repitiendo cuanto os dije en el encuentro del pasado junio: "Debemos sentirnos todos juntos parte viva de esta Santa Iglesia de Dios que está en Roma, y experimentar el noble orgullo de formar parte de ella, por nuestra función" (28 de junio de 1980; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 6 de julio de 1980, pág. 10).

Por esto, la Semana de Oraciones por la Unidad de los Cristianos, que se ha convertido en costumbre viva de toda la Iglesia, debe vernos, diría, los primeros en la oración que todos los fieles del mundo, todas las diócesis, todas las parroquias, todos los conventos y monasterios, todas las comunidades eclesiales, incluso los puestos de misión más aislados. están elevando durante estos días al Señor para que se restaure la koinonía de todos los creyentes en Cristo. Nosotros con ellos, con toda la Iglesia; y todos ellos con nosotros. Ut omnes unum sint.

3. El tema de esta Semana de Oración por la Unidad dice: "Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu... Un solo cuerpo". Hemos escuchado sus enunciados en la lectura de la primera Carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 12, 3b-13). Y nos hemos reconocido en esta descripción. Sí, queridos hermanos y hermanas: Nuestro organismo refleja, aun dentro de su pequeña proporción numérica, lo que se realiza en toda la Iglesia: "Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios, que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad" (ib., 4-7).

La belleza de la Iglesia está en la unidad, aun dentro de la diversidad de los ministerios y de las operaciones: "ubi divisio, foeditas est, non pulchritudo: donde hay división, hay deformidad, no hay belleza", dice San Agustín (Serm. 46, 37; CCL 41, ed. C. Lambot, Turnhout, 1961, pág. 564). Y esta belleza es don del Espíritu Santo, como dice también el gran obispo de Hipona: "Spiritu enim Sancto ad unitatem colligimur, non ab unitate dispergimur: Somos reunidos en la unidad por el Espíritu Santo, y no separados de ella" (Serm. 8, 17; op. cit., pág. 96).

Mientras oramos por la unidad, a fin de que el Espíritu Santo, que mueve todo lo que vive en la Iglesia, la conserve y la restaure donde se haya roto, debemos sentirnos siempre en estrecha dependencia del mismo Espíritu: también nosotros formamos, en El, un solo cuerpo; y, en el ejercicio de los diversos ministerios que nos han sido confiados, todos nosotros, desde el primero hasta el último, tenemos conciencia de ser parte integrante de un gran designio de unidad: debemos gastarnos, en el silencio, en la obediencia, en el sacrificio, incluso en las tareas más humildes, porque estamos ciertos de que nuestro trabajo, como una semilla depositada en terreno fértil, dará el fruto en el tiempo oportuno.

También nuestro trabajo, por su parte, edifica a la Iglesia, a la Jerusalén terrena por la cual hemos rezado en el Salmo responsorial, para que sea, cada vez más, imagen de la Jerusalén celestial, que vive en la paz de Dios, Unidad y Trinidad: "Desead la paz a Jerusalén, vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios. Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo. Por la casa del Señor nuestro Dios, te deseo todo bien" (Sal 121, 6-9).

El conjunto ordenado de toda la Curia Romana coopera, debe cooperar a la realización de esta visión de paz. Es un servicio a la unidad total de todos los creyentes en Cristo; una diaconía para la koinonía. El anhelo de Jesús en la última Cena debe hacer que nos sintamos cada vez más responsables de esta gran realidad, para responder a ella con todas las fuerzas: cada uno en su puesto, cada uno con el máximo compromiso, sin diferencia alguna, porque es un servicio que pide el amor.

4. Por todos estos motivos, sentimos que se dirigen particularmente a nosotros hoy las ardientes palabras de Cristo en el Evangelio de Juan: "He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran y tú me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti; porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste... Santifícalos en la verdad... Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te conocí, y éstos conocieron que tú me has enviado, y yo les di a conocer tu nombre, y se lo haré conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 6 ss.; 17. 25 s.).

Muy poco podremos hacer en el trabajo por toda la Iglesia, que es mi preocupación cotidiana y la vuestra, si no hemos logrado esta intimidad estrecha con el Señor Jesús: si realmente no estamos con El y como El santificados en la verdad; si no guardamos su palabra en nosotros, tratando de descubrir cada día su riqueza escondida; si el amor mismo de Dios por su Cristo no está profundamente arraigado en nosotros.

La unidad exterior, por la que oramos, será la germinación y el florecimiento de esta íntima unión con Cristo que deben tener indistintamente todos los fieles —obispos, sacerdotes, almas consagradas, laicado— con la única diferencia del mayor o menor compromiso que pueden poner para realizarla. No se puede tener la unidad entre los hermanos, si no se da la unión profunda —de vida, de pensamiento, de alma, de propósitos, de imitación— con Cristo Jesús; más aún, si no existe una búsqueda íntima de vida interior en la unión con la misma Trinidad, como ha subrayado bien el Vaticano II: los fieles "cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, más íntimamente y más fácilmente podrán aumentar la mutua hermandad" (Unitatis redintegratio, 7).

Si nos falta la genuina unión con Dios en Cristo, en la vida de gracia, nuestro ecumenismo se reduce a un mero flatus vocis. "Pues aunque la Iglesia católica —ha dicho también el Concilio— se halle enriquecida con toda la verdad revelada por Dios y todos los medios de la gracia, sin embargo, sus miembros no viven con todo el fervor debido, por lo que el rostro de la Iglesia resplandece menos ante nuestros hermanos separados y el universo mundo, y se retrasa el crecimiento del Reino de Dios. Por esto, todos los católicos deben tender a la perfección cristiana" (ib., 4).

De aquí nace el deber de la renovación continua, de la conversión del corazón, de la oración, sobre lo que ha insistido tanto el Concilio: debe existir una búsqueda constante, por parte de todos, de los medios sobrenaturales, los únicos que pueden hacer caer barreras ya seculares entre los hermanos de diversa denominación cristiana, pero, no obstante, sellados por el mismo bautismo y que viven de la fe en Cristo.

5. Queridísimos hermanos y hermanas: Mucho nos exige esta hora de gracia. Debemos adquirir cada vez mayor conciencia de que, en la Iglesia de Dios, tenemos un puesto de particular responsabilidad. Como miembros y colaboradores de la Santa Sede, debemos escuchar, como particularmente dirigidas a nosotros, las palabras que hemos oído: "Tuyos eran, y tú me los diste, y han guardado tu palabra... Saben que todo cuanto me diste viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste" (Jn 17, 6 ss.). Nuestro trabajo en la Iglesia, con sus varias facetas, comporta este gran deber, este gran privilegio: guardar la Palabra de Dios, vivir para ella, darla a conocer  y difundirla en el mundo. ¡Tenemos una gran responsabilidad! No nos echemos atrás. Trabajemos. Fatiguémonos por la Iglesia. Una vez más nos exhorta San Agustín: "Modo laboremus in Ecclesia, postea hereditabimus Ecclesiam: Trabajemos ahora en la Iglesia, en espera de heredar un día la Iglesia" (Serm. 45, 5; CCL 41, pág. 521).

Sí, hermanos y hermanas queridísimos, no nos cansemos de echar la semilla de nuestro trabajo, por humilde que sea, mirando a lo alto hacia el cielo, que aun cuando esté cubierto de nubes, encierra en sí al sol que saldrá de nuevo, también después de las borrascas. La Iglesia nos mira. Cristo nos mira y espera de nosotros el esfuerzo cotidiano. Y ruega por nosotros al Padre: Ut unum sint. "Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí" (Jn 17, 22 s.).

Permanezcamos en este amor. Vivamos en este amor. Trabajemos con este amor.

En el amor del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. El nos dé cada día el sentido de la dimensión universal de nuestro servicio.

Para toda la Iglesia.

Para todos los hermanos, con los cuales no Somos aún una sola cosa.

Para todo el mundo.

Ut unum sint... ut credat mundus.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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