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MENSAJE TELEVISIVO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL DE LOURDES

Policlínico Gemelli, Roma
Martes 21 de julio de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas que participáis en el Congreso Eucarístico de Lourdes:

¡Alabado sea Jesucristo!

Desde que se anunció el Congreso Eucarístico, deseé ardientemente participar en él con mi presencia personal. Deseaba recoger, para ofrecérselo a Cristo, el inmenso homenaje que desde la ciudad mariana subiría hacia El. Quería unirme directamente a vosotros con el fin de dar testimonio de la gran firmeza en la fe, del gran impulso de adoración, de gratitud y de alegría, y también del compromiso decidido con que la Iglesia acoge, celebra y conserva el memorial del sacrificio del Señor, "pan partido para un mundo nuevo", para la salvación de sus hermanos. En ese escenario, con vosotros, junto a la gruta bendita, pensaba implorar de María, Madre nuestra y Virgen Inmaculada, las gracias de conversión que corresponden a este sacramento del Amor divino y que son indispensables para la llegada de ese mundo nuevo según el mensaje confiado por Nuestra Señora a Bernardita Soubirous.

Siento mucho no estar físicamente presente entre vosotros. Pero la Providencia me invita a ofrecer este sacrificio, lo mismo que invita a muchas otras personas enfermas o imposibilitadas, y a participar en el Congreso sin veros ni oíros, pero con un corazón tanto más ardiente, cuanto más percibe el precio del amor del Señor y más seguro está de vuestra devoción eucarística.

Bendigo con todo afecto a aquellos que habría querido saludar y animar ahí con mis palabras: ante todo a vosotros, mis amados hermanos en el Episcopado, reunidos en torno al cardenal Bernardin Gantin, a quien os he enviado como Legado; a vosotros, sacerdotes y diáconos, ministros con ellos de la Santa Eucaristía; a vosotros, seminaristas, algunos de los cuales recibirán el sacerdocio en esta ocasión; a vosotros, religiosos, religiosas y personas consagradas, cuyo estado de vida es el signo del "mundo nuevo"; a vosotros, padres y madres de familia, seglares delegados por vuestras parroquias o movimientos, que representáis los diversos ambientes, muchos países y toda la gama de las edades; a vosotros en particular, niños, adolescentes y jóvenes, tan preparados para comprender el dinamismo del amor de Cristo. He reservado un lugar especial para los enfermos, tan cercanos a la cruz. Y doy las gracias a todos los que han colaborado en la acogida de los congresistas en Lourdes. Saludo también a los hermanos y hermanas que, a pesar de no estar en plena comunión con nosotros, han tenido interés en asociarse a la reflexión ya la plegaria eucarísticas, deseando que un día podamos participar en el mismo cáliz del Señor. Mi oración se extiende a todas las comunidades de la Iglesia católica representadas en Lourdes, pidiendo a Cristo que aumente su cohesión fervorosa en la fe y la caridad. Pido en particular por el crecimiento de las jóvenes Iglesias, implorando para ellas el pan de cada día al mismo tiempo que el Pan de vida. Saludo, en fin, cordialmente a los hijos e hijas de Francia, de quienes me despedí el año pasado en Lisieux con un "hasta la vista", y que acogen en su casa, en Lourdes, el Congreso del centenario.

Sé que el conjunto del Congreso —encuentros, conferencias, veladas, Liturgia de las Horas, procesiones, actos de adoración y sobre todo la celebración de la Santa Misa— contribuirán a hacer presente en vosotros el misterio eucarístico a fin de captar sus diversos aspectos, celebrar sus maravillas, buscar sus prolongaciones en la vida. Ya decía Jesús: "Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen" (Mt 13, 16). Vosotros habéis reconocido a Cristo, realmente presente en el sacramento que inaugura el "mundo nuevo", por el cual El partió el pan de su Cuerpo y derramó su sangre. Al mismo tiempo, habéis realizado la experiencia de la fraternidad de los hijos de Dios, y de la satisfacción que se experimenta al compartir y recibir unos de otros. Juntos, habéis comprendido que los hombres no viven sólo de pan, ni siquiera de amistad humana, sino de Dios; y que son capaces de reunirse por cualquier palabra y cualquier gesto que pretendan significar y construir el mundo nuevo con Cristo. ¡Bienaventurados vosotros!

Permitidme ahora, como Sucesor de Pedro, que os dirija mi mensaje. Os lo ofrezco como una meditación particular sobre la "fracción del pan". Os lo confío a fin de que viváis de él y lo transmitáis a otros.

La experiencia que habéis hecho ahí en Lourdes, durante el Congreso, os ha investido de una misión de testigos en el interior de la Iglesia y para el mundo. A la manera de los discípulos de Emaús, felices por haber encontrado de nuevo al Señor resucitado y haberlo reconocido en la "fracción del pan" (Lc 24, 35), vosotros volveréis a vuestros países "con el corazón aún ardiente" (cf. Lc 24, 32) por las palabras recibidas. Os corresponderá hacer comprender en torno a vosotros que, también en nuestros días, al Señor se le encuentra en la "fracción del pan" y que este encuentro da sentido a la vida. Quisiera ahora hablaros de las condiciones indispensables para tal encuentro, expresando claramente al mismo tiempo tres convicciones.

1. La primera es que "el mundo nuevo" —del que hallamos un signo y un esbozo efectivo en el reparto, el intercambio mutuo, la hospitalidad, la comunidad de ideal, la generosidad en el servicio, la unidad de la fe y el fervor de la caridad— no tiene otro fundamento que Jesucristo, el Hijo del Padre, hecho por amor hermano nuestro en humanidad. Este mundo nuevo ha sido anunciado por El durante toda su vida terrena como Reino de Dios; ha sido merecido por su sacrificio, inaugurado por su resurrección y por el don del Espíritu Santo. Este Reino se construye ahora en torno a Cristo presente en el corazón de los hombres, Primogénito de entre los muertos y Cabeza de la Iglesia (cf. Col 1, 18); conseguirá su perfección cuando Cristo lo haya llenado todo con su plenitud (cf. Ef 1, 24), en el más allá, "cielo nuevo y tierra nueva" (Ap 21, 1), de los que el mundo ahora renovado según su Espíritu no es otra cosa que un esbozo (cf. Gaudium et spes, 38-39). En definitiva, la nueva humanidad, para la fe cristiana, ha nacido de la cruz, y es ante todo en la cruz donde encuentra su sentido la "fracción del pan": "Esto es mi cuerpo que se da por vosotros... éste es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre" (1 Cor 11, 24-25).

Sí, la auténtica fracción del pan, la que es fundamental para nosotros los cristianos no es otra que la del sacrificio de la cruz. De ésta derivan las otras y hacia ella confluyen. En efecto, Cristo aceptó ser El mismo en la cruz la víctima ofrecida por el pecado, por la incredulidad y la injusticia, con el fin de que la humanidad no se encerrara en su rechazo, de que la última palabra no la dijera la injusticia, de que el odio fuera abolido y que la historia se abriera a un porvenir mejor. En aquella hora El, el Pan vivo bajado del cielo, realizó en nuestra tierra la fracción del pan por excelencia, extendiendo libremente sus manos en la cruz para destruir la muerte y conducir a la vida. El mundo nuevo dependía de este sacrificio: el muro de separación fue entonces destruido, fue confirmada la resurrección de los muertos y, con ella, la posibilidad de una humanidad unida (cf. Ef 2, 15). Esta será, pues, la primera convicción de la que tendréis que vivir y de la que os pido que seáis testigos.

2. Y he aquí el principio que deriva de ello: el sacrificio de la cruz es tan decisivo para el futuro del hombre, que Cristo sólo lo ha realizado plenamente y sólo ha vuelto al Padre después de habernos dejado el medio de participar en él como si hubiéramos estado presentes en el mismo. El ofrecimiento de Cristo en la cruz —que es el auténtico pan de vida partido— es el primer valor que debe comunicarse y compartirse. Por esta razón, antes de subir al Calvario Cristo quiso, en el sagrado silencio del Cenáculo, tomarse el tiempo necesario para realizar una fracción litúrgica del pan; la celebró con los Doce y les pidió que la renovaran en memoria suya hasta el día en que volvería para inaugurar los tiempos nuevos. Sobre el pan y la copa de la primera pascua cristiana realizó entonces los gestos y pronunció las palabras que, por el ministerio de vuestros obispos, sucesores de los Apóstoles, y de los sacerdotes colaboradores suyos, se han repetido aquí para haceros llegar hasta el sacrificio de Cristo y, por El, a la resurrección que transformará todas las cosas.

Sabéis muy bien, queridos hermanos y hermanas, que esta celebración eucarística no es una realidad distinta del sacrificio de la cruz; ni se añade a ella ni la multiplica. La celebración eucarística y la cruz no son más que un solo y único sacrificio (cf. Carta Dominicae Cenae, 9). Ello no obstante, la fracción eucarística del pan tiene una función esencial, la de poner a nuestra disposición la ofrenda primordial de la cruz. Ella la actualiza hoy para nuestra generación. Al hacer realmente presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y de vino, hace de la misma forma actual y accesible para nuestra generación el sacrificio de la cruz, que sigue siendo, en su unicidad, el eje de la historia de la salvación, la articulación esencial entre el tiempo y la eternidad. Por ello, la Eucaristía es en la Iglesia la institución sacramental que, en cada etapa, sirve de "parada" al sacrificio de la cruz y le ofrece una presencia al mismo tiempo real y operante. De esta forma puede demostrar a cada época su potencia de salvación y de resurrección. Gracias a la sucesión apostólica y a las ordenaciones, Cristo ha dado a las palabras institucionales de su Eucaristía, unidas a la acción de su Espíritu, fuerza y potencia hasta el tiempo de su retorno. El es quien las pronuncia por la boca del sacerdote que consagra; El es quien nos hace participar de este modo en la fracción del pan de su único sacrificio.

Esta es la maravilla de la Eucaristía. Por su importancia pertenece, junto con la pasión y la resurrección, a la historia de nuestra salvación humana. Es una de las estructuras constitutivas de la Iglesia: "ella hace la Iglesia". Nuestra época no debe llamarse a engaño, sino que debe reconocer a la Eucaristía el lugar que le corresponde en el mapa del mundo nuevo.

Para que ello sea así, ni que decir tiene que es sumamente importante seguir reconociendo toda la fuerza que tienen las palabras del Señor, como la Tradición unánime de la Iglesia, los Padres, los Concilios, el Magisterio y el sentido común de los fieles las recibieron y entendieron siempre, a saber, que el Señor crucificado y resucitado está verdadera, real y sustancialmente presente en la Eucaristía y permanece allí mientras subsisten las especies del pan y del vino; y que no sólo se le debe el mayor respeto, sino también nuestro culto y nuestra adoración (cf. Carta Dominicae Cenae, 3, 12). Esto es el corazón de la Iglesia, aquí está el secreto, de su vigor; ella debe velar con celoso cuidado en torno a este misterio y afirmarlo en su integridad.

3. En fin, estimados hermanos y hermanas: El Congreso os habrá hecho comprender mejor la función de los ministros de la Eucaristía y el de todo el pueblo de los bautizados en lo que se refiere a la Misa.

Los sacerdotes, por el hecho de haber recibido el sacramento del orden, asumen en medio de vosotros el lugar de Cristo, Cabeza de su Iglesia; su sagrado ministerio es indispensable para significar que la fracción del pan realizada por ellos es un don recibido de Cristo, que sobrepasa radicalmente el poder de la asamblea; y es irreemplazable para ligar válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la cruz y a la cena (cf. Carta Dominicae Cenae, 9). Por ello, procurad estar cada vez más dispuestos para acoger con respeto y reconocimiento este ministerio y rogar para que a la Iglesia nunca le falten sacerdotes, sacerdotes santos.

Pero vuestro bautismo os convierte también a vosotros en "un pueblo de sacerdotes", por otro título y con otro sentido. En virtud de esta cualificación, cada uno de vosotros está llamado a presentarse a sí mismo como ofrenda generosa y agradable al Padre en Cristo. Os corresponde dar a vuestra participación eucarística el mismo sentido que Cristo dio a su sacrificio. El no murió para desaparecer, sino para resucitar, a fin de que su palabra y su acción continúen, a fin de que la misión recibida del Padre se lleve a término con el poder del Espíritu. Sus miembros son llamados a la libertad según el Espíritu y a la iniciativa; el camino de la fe y de la unidad está abierto, están ya proclamadas las normas de la humanidad nueva. Cristo espera de su pueblo sacerdotal la valentía de avanzar y de lanzarse, por el camino de la caridad, a sufrir y también a morir, ciertamente, como los mártires, pero creyendo como ellos en el éxito conseguido por medio del sacrificio.

Esta reflexión teologal tiene prolongaciones humanas de orden fraterno. El Congreso os ha enseñado a vivir la fracción del pan como Iglesia, con todas sus exigencias; la acogida, el intercambio, la participación, la superación de fronteras, la voluntad de conversión, la renuncia a los prejuicios, la preocupación por transformar nuestros ambientes sociales hasta en sus estructuras y su espíritu. Habéis comprendido que, para ser verdadero y lógico vuestro encuentro en la mesa eucarística, debe tener consecuencias prácticas. Ya que si es verdad que en la Eucaristía Cristo hace sacramentalmente presentes su Cuerpo y su Sangre, lo mismo que su sacrificio de la cruz con el correspondiente poder de resurrección, lo hace para que comulguemos con ellos en plenitud, no sólo en espíritu, sino también de manera sacramental, a fin de ir hasta la fuente que es Cristo y después, en la vida concreta y en la historia, hasta el final de nuestro esfuerzo, sin descuidar nada de lo que depende del hombre.

Este es el mensaje que afectuosamente dirijo a cada uno de vosotros, congresistas y peregrinos de Lourdes. Os recordará cuáles son los tres elementos constitutivos del "mundo nuevo" en el cual estáis decididos a trabajar. Hoy la Iglesia no puede desestimar ninguno.

Estimados hermanos y hermanas: Al contemplar de esta forma a Cristo en su misterio eucarístico, vuestra mirada se ha cruzado con la de María, su Madre. En Ella, por obra del Espíritu Santo, se formó Jesús, el cuerpo y la sangre de Jesús. "Nació de la Virgen María", ¡Feliz, Ella que creyó! Después de su intervención tuvo lugar en Caná el primer signo de Jesús, que interpeló la fe de los discípulos. Ella se unió en el Calvario al don supremo de su Hijo. En su presencia, al mismo tiempo que oraba con los discípulos el día de Pentecostés, descendió con abundancia el don del Espíritu Santo. Asociada a partir de entonces a la gloria de Cristo, en el "mundo nuevo", se manifestó precisamente ahí, en Lourdes, ante los ojos de Bernardita, tan cercana a los hombres, a los hombres pecadores, a su necesidad de conversión y a su sed de felicidad plena

Estad seguros de que María intercede por vosotros a fin de conduciros y de conducir a la Iglesia a la plenitud de la fe eucarística y de la renovación espiritual.

Al terminar este mensaje, me dirijo con Ella al Señor:

¡Oh Cristo Salvador, te damos gracias por tu sacrificio redentor, esperanza única de los hombres!

¡Oh Cristo Salvador, te damos gracias por la fracción eucarística del Pan, que Tú instituiste para encontrar siempre de nuevo realmente a tus hermanos en el curso de los siglos!

¡Oh Cristo Salvador, pon en el corazón de los bautizados el deseo de ofrecerse contigo y de comprometerse para la salvación de sus hermanos!

¡Tú que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento, reparte con abundancia tus bendiciones sobre tu pueblo reunido en Lourdes, a fin de que este Congreso sea realmente un signo duradero del "mundo nuevo"! Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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