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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASOCIACIÓN NACIONAL ITALIANA
DE MUTILADOS E INVÁLIDOS DEL TRABAJO


Sábado 14 de marzo de 1981

 

¡Queridísimos hermanos y hermanas!

Al término de los ejercicios espirituales, que me han proporcionado un espacio privilegiado para la elevación más intensa del espíritu a Dios Padre, en la oración y en la reflexión, me alegro de encontrarme con vosotros, dignos representantes de la Asociación Nacional de los Mutilados e Inválidos del Trabajo.

1. Dirijo a todos los miembros de esta Asociación mi cordial saludo y una afectuosa bienvenida, agradeciendo vivan mente las nobles expresiones con las que vuestro presidente ha querido introducir este encuentro familiar. No puedo dejar de manifestaros, ante todo, mi profundo sentimiento de complacencia y de estima por la apreciada obra desarrollada por vosotros en tutela y en defensa de los "intereses morales y materiales", como bien dice el segundo artículo de vuestro estatuto, de cuantos sufren en él cuerpo y en el espíritu las consecuencias de funestos infortunios en el trabajo, en los diferentes campos de las actividades humanas.

Mi aprecio va, de manera particular, a la loable contribución aportada por vosotros para resolver los problemas de vuestros asociados y para su reinserción en la vida social, substrayéndolos a la soledad y al abatimiento moral, y encaminándoles hacia una necesaria relación humana. La red de asistencia específica a este respecto, articulada en todo el territorio nacional, es un claro testimonio de vuestra acción valiosa y activa.

2. Todo esto no puede dejar de encontrar aliento por parte de la Iglesia, la cual no cesa de emprender iniciativas, para que a todo hombre —pero sobre todo al más expuesto a la marginación a causa de sus precarias condiciones de salud— le sea garantizada su inalienable dignidad humana, social y espiritual. A este respecto, precisamente en estos días, la Santa Sede ha expresado en un documento "vivo reconocimiento a todas las comunidades y asociaciones, a todos los religiosos y las religiosas, a todos los voluntarios del laicado que se prodigan en el servicio de las personas minusválidas, testimoniando la perenne vitalidad de ese amor que no conoce barreras"; y ha recomendado, al mismo tiempo, que todo individuo que sufre por cualquier minoración sea ayudado a tomar "conciencia de su dignidad y de sus valores y a darse cuenta de que se espera algo de él y que también él puede y debe contribuir al progreso y al bien de su familia y de su comunidad" (cf. L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 22 de marzo de 1981, pág. 9). La Iglesia católica ve, por tanto, en vosotros, a unos valiosos aliados en su misión de promoción humana y de evangelización, y está dispuesta a ofrecer su apoyo y sus organizaciones para la consecución de estos ideales. De ahí, podéis imaginar lo ferviente que es el augurio de que vuestra acción asistencia! se extienda cada vez más y sea cada vez más eficaz para cuantos han pagado en persona —y siguen llevando la señal en los cuerpos doloridos— para asegurar un pan a su familia y bienestar a la sociedad.

3. Ilustres y queridos señores, acoged una última palabra de exhortación y de augurio: tened siempre de vuestra actividad una altísima consideración que os empuje continuamente a la consecución de nuevas metas en este campo amplio y delicado en el que estáis llamados a desarrollar vuestra obra de elevación y de conforte fraternal. No os sintáis nunca satisfechos de cuanto hayáis realizado y no os canséis jamás frente a las dificultades. Sabed leer en los ojos y en el ánimo de quienes llevan la Cruz de sus mutilaciones e invalideces, sosteniendo duras luchas, a menudo escondidas a los hombres, pero conocidas por Dios y valoradas por la fe en El. Sabed estar al lado de vuestros asistidos y hacerles sentir el calor de vuestra verdadera amistad, que como un bálsamo perfumado puede confortar a muchos corazones y aliviar muchos sufrimientos. Tened, además del sentido de la justicia, que está en la base de toda relación humana, también y sobre todo una amorosa comprensión, porque, como he escrito en la Encíclica Dives in misericordia, "El mundo de los hombres puede hacerse 'cada vez más humano' solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman un rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al Evangelio" (núm. 14). Sólo de esta manera podréis ver, más allá del hombre o de la mujer necesitados de ayuda, el rostro de Cristo que sufre, que en este tiempo sagrado de la Cuaresma nos es presentado por la liturgia como el Siervo que no tiene belleza, ni resplandor (cf. Is 53, 3). Que el Señor sea vuestro apoyo y vuestro premio, valorando vuestros esfuerzos con los reflejos del mérito eterno.

Es éste el deseo que con gran benevolencia expreso para todos vosotros y para todos los miembros de vuestra Asociación y que acompaño con la propiciadora bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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