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VISITA PASTORAL A TERNI

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBREROS EN LA EXPLANADA DEL COMPLEJO SIDERÚRGICO


Jueves 19 de marzo de 1981

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Dirijo mi saludo más cordial y afectuoso a todos: obreros, empleados y dirigentes del complejo siderúrgico de Terni y a los delegados de las empresas de la provincia de Terni y de toda Umbría. Al mismo tiempo, expreso mi cordial gratitud por la invitación que se me ha dirigido cortésmente y que ha hecho posible este encuentro. Estoy sinceramente agradecido a todo este ambiente de trabajo, del que soy huésped y con el que puedo entablar un diálogo abierto.

He escuchado atentamente las nobles y sentidas palabras que me han dirigido y doy las gracias de corazón al presidente del IRI, abogado Pietro Sette, y a los dos obreros: el representante del consejo de fábrica y el exponente de los sindicatos. En sus palabras de saludo he sentido vibrar las ansias y las aspiraciones de todos vosotros y he visto, reflejado el momento particularmente difícil de crisis industrial que atraviesa esta región, pero también la gran tradición obrera, que caracteriza a esta ciudad y a esta zona.

Comparto abiertamente las alusiones hechas tanto al triste fenómeno de la desocupación, como a la dureza del trabajo de fábrica, así como a la necesidad de volver a afirmar que cuando el trabajo aliena al hombre, sin hacerlo crecer, es un trabajo contra el hombre, el cual se hace esclavo del trabajo. Estoy de acuerdo también al decir que ya no es aceptable que, mientras millones de criaturas mueren de hambre, se colmen los arsenales militares de terribles armamentos nucleares, portadores de destrucción y de muerte, y que el egoísmo de un tercio de la población mundial derroche las dos terceras partes de los recursos disponibles.

De modo especial he apreciado mucho, queridos trabajadores, en las palabras de vuestros portavoces la fuerte e indómita voluntad de continuar, con determinación y sabiduría, defendiendo vuestro trabajo y su dignidad. Además, acepto sin reservas la solicitud que se me ha hecho de continuar interesándome "con el corazón de trabajador, por la dignidad del hombre y de todos los hombres, por la justicia y la moralidad como condiciones esenciales para la paz en todas las naciones". Más aún, puedo deciros que he venido aquí también para ofreceros personalmente esta seguridad: esto es, la seguridad de que el Papa está con vosotros, de vuestra parte, cada vez que se trate de defender la justicia violada, de conjurar las amenazas contra la paz, de promover los derechos honestos de cada uno y el bien común de todos. En concreto, conozco los principales aspectos del momento difícil que caracteriza la situación del mundo del trabajo en las diócesis de Terni, Narni y Amelia. Los despidos, la caja de integración, la cesación del "turn-over", son hechos que, aun no dependiendo de mala voluntad, representan objetivamente una amenaza para muchas familias y requieren un atento examen, tanto de sus causas reales, como de sus posibles soluciones. Pues bien, hoy con mi presencia quiero deciros que estoy cercano, que comprendo vuestras preocupaciones, que comparto vuestros problemas y que soy portador , de un mensaje de consuelo y de esperanza.

2. Antes de encontraros aquí a todos juntos, he podido visitar al menos algún sector de esta gran fábrica, que es el lugar de vuestro trabajo. Me siento, a la vez, contento y honrado de haber podido conocer de cerca el lugar de vuestra fatiga cotidiana; de haberme encontrado cara a cara con vosotros, que sin descanso gastáis el tiempo mejor de vuestras jornadas, más aún, de vuestra vida, en este centro de trabajo; y de haber podido darme cuenta así, al vivo, de lo gravosa que es vuestra ocupación, pero también de lo productiva que resulta, y por esto cómo merece ser apreciada, sostenida y salvaguardada.

Me hago cargo de que mi visita ha tenido por objeto solamente una parte de un conjunto industrial mucho más amplio. Y sé que ocupa en Italia un puesto de no pequeño relieve, con sus producciones específicas de laminación en frío, de rotores para turbinas, de maquinaria para la industria petrolífera, química, del cemento, mecánica y de carpintería, y además de varias partes para reactores nucleares, de fundiciones, tuberías, recipientes a presión y barras. Ciertamente se trata de un trabajo pesado pero importante, que requiere una particular responsabilidad. Al mismo tiempo, es muy interesante y altamente útil. En efecto, satisface determinadas necesidades típicas de la avanzada técnica moderna en todos sus componentes y especializaciones; y ésta, a su vez, tiene como finalidad el mayor bien de la humanidad. De este modo, pues, vuestro trabajo sirve a todos los hombres, facilita su vida, eleva el nivel de civilización.

Pues bien, os he visto enfrentados con esta fatiga; he comprobado cuál es el origen de muchos instrumentos que sirven para el bienestar del hombre, pero de los que él no siempre conoce el duro precio. Os he visto, y ha aumentado mi estima y afecto por vosotros. ¡Por esto, con plena conciencia, os rindo honor!

Por otra parte, vuestro puesto de trabajo, queridos obreros de Terni y de Umbría, es semejante al de tantos otros hombres que en diversas partes del mundo contribuyen, día a día, al bien común de toda la sociedad. Y esta simple constatación sobre la universal e inseparable relación que media entre el hombre y su puesto de trabajo nos lleva a ver en estos dos polos, y sobre todo en su mutua relación, una exaltante posibilidad creativa. Efectivamente, el hombre saca de la propia inteligencia y de la materia que le está sometida, ciertamente por medio de la fatiga y el sudor de su frente, nuevos e insospechados productos, pequeños o gigantescos, que constituyen la documentación de su dignidad individual y social. En el lugar propio de su trabajo es donde el hombre da la medida de sus capacidades y donde, en definitiva, da un contenido e incluso un sentido a la propia vida.

3. Mientras visitaba vuestro establecimiento, tan moderno y mecanizado, se me presentaba ante los ojos del alma otro puesto de trabajo, muy modesto, artesano, ligado directamente con la vida familiar de la casa. Se trata del banco de trabajo de Nazaret, al que acudía diariamente San José. Hoy, como sabéis, es su fiesta. Al lado de San José crecía, poco a poco, según iban transcurriendo los años, el mismo Jesucristo, que le ayudaba en su trabajo. Y sus paisanos hablaban de El como del "hijo del carpintero", según leemos en el Evangelio de San Mateo (13, 55).

Pues bien, queridos hermanos, os estoy muy agradecido porque me habéis invitado a Terni, al lugar de vuestro trabajo, precisamente este día en el que la Iglesia festeja a José de Nazaret. Vuestro obispo, hace ya bastantes meses, me propuso visitar Terni alguna vez. Y, dado que conozco bien a mons. Quadri desde los tiempos del Concilio, no he podido rehusar su petición. Estoy contento de que se haya elegido el 19 de marzo para esta visita y de que pueda desarrollarse sobre el lugar mismo de vuestro trabajo. Pienso que la visita nos permite venerar y comprender más plenamente a San José. Al mismo tiempo, nos es posible volver a leer juntos y en profundidad este Evangelio del trabajo, que precisamente hoy parece ser particularmente expresivo. Habla con toda la profundidad de la revelación bíblica, de la Palabra de Dios. Y, a la vez, se graba con gran sencillez en la vida humana: en la vida de Cristo, de José, de María; en la vida de todos los hombres dedicados al trabajo.

4. El Evangelio del trabajo ha sido escrito sobre todo por el hecho de que el Hijo de Dios, de la misma sustancia que el Padre, al hacerse hombre, trabajó con las propias manos. Más aún, su trabajo, que fue un auténtico trabajo físico, ocupó la mayor parte de su vida en esta tierra, y así entró en la obra de la redención del hombre y del mundo, realizada por El con su misma vida terrena.

He visto por eso con viva satisfacción a la entrada la estatua de Jesús Divino Trabajador; El está bien en medio de vosotros, porque Jesucristo conoce por experiencia lo que es el trabajo. Por lo demás, el trabajo tiene su comienzo en Dios mismo. Si abrimos la Biblia, encontramos inmediatamente al principio del libro del Génesis la descripción de la creación del mundo. Pues bien, aun tratándose de una descripción figurativa e imaginaria, la obra de la creación se presenta según el esquema de una semana laborable: Dios-Elohim realiza su trabajo en el curso de seis días, para "descansar" después el día séptimo. De este modo, se suministra al hombre la indicación de unir el trabajo con el descanso. Efectivamente, entre el trabajo y el descanso hay un condicionamiento mutuo. Este principio que hoy ocupa uno de los puestos principales en los actuales códigos del trabajo, en la política y sobre todo en la ética del trabajo, está ya inscrito por la Sagrada Escritura en los comienzos mismos de la existencia del mundo.

El relato bíblico de la creación —una actividad que sólo Dios puede realizar y que se presenta a semejanza del trabajo humano— tiene una motivación profunda. No se trata sólo de un medio literario de expresión, sino que está impreso en toda la lógica de la Palabra de Dios. Efectivamente, en el mismo libro, leemos que el hombre, colocado en el mundo visible como coronamiento de la obra de la creación, ha sido creado a imagen de Dios: "Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer" (Gén 1, 27). Por esto, en todo el mundo visible, únicamente el hombre "trabaja". Sólo su actividad puede ser llamada "trabajo" en el pleno sentido de la palabra. En cambio, no es "trabajo" la actividad de los seres inferiores al hombre, los "animales", aun cuando a veces se llama así. El hecho es que para "trabajar" no bastan la potencialidad y las fuerzas físicas, que también son propias de estos seres; y si el hombre quiere utilizar en su trabajo estas fuerzas específicas de los animales, debe "domesticarlos". Lo mismo se puede decir de las otras fuerzas ocultas en la naturaleza. El hombre debe "adaptarlas", en cierto sentido elevarlas al propio nivel. Mas para "trabajar" es necesario el hombre. Para poder "trabajar" es necesario ser "imagen y semejanza" de Dios (Gén 1, 26).

Por esto, el trabajo no es en absoluto una ocupación servil, como juzgaba el mundo antiguo y menos antiguo, que lo reservaba a los esclavos, sino que es propio de los hombres libres, más aún, es una expresión de libertad creativa, en la que el hombre ofrece la medida de la propia capacidad de colaborar en la creación misma.

5. Ya esta breve reflexión nos habla de la dignidad del trabajo, más aún, de la dignidad específica del trabajo humano. Tiene su propio fundamento no en otra cosa, sino en la misma humanidad del que lo realiza. Esta verdad se halla en el centro mismo del "Evangelio del trabajo". Y la Iglesia la proclama desde que existe, a partir ya de la sencilla casa de Nazaret. La proclama cotidianamente. El 19 de marzo, por lo demás, ofrece una ocasión particular para hablar de ella y para vivirla juntamente con todos los trabajadores. De modo especial, es posible hacerlo precisamente este año. Efectivamente, este año se celebra el 90 aniversario de la Encíclica Rerum novarum, la primera Encíclica social de la Iglesia, publicada por mi predecesor el Papa León XIII en 1891. En el centro de su mensaje se encuentra la verdad sobre la dignidad del trabajo, una verdad que constituye el fundamento de toda la moral del trabajo. Sobre ella debe construirse todo código del trabajo, si quiere tener un carácter auténticamente "humanitario" y "social". Dicha Encíclica afirmó esta enseñanza, sin hacer suya ideología alguna de parte o teoría que, aun siendo de signo opuesto, se caracterice por el materialismo, esto es, por la reducción del hombre a una sola dimensión, la economicista, que lo prive del componente más alto de su dignidad de persona humana y de Hijo de Dios.

Pues bien, hoy como ayer, el Papa y toda la Iglesia tratan de estar al lado de los que creen en el hombre, porque creen en algo o en alguien que lo trasciende, de manera que puede afirmar y promover todos los valores de todo el hombre, sin sofocar ninguno.

Y ciertamente, no se hace honor a esta ética de base, cuando el trabajo se convierte en un medio de explotación del hombre, un pretexto para ganancias excesivas, una ocasión de injusticia a pequeña o grande escala. Como también se ha expresado el Concilio, "es necesario adaptar todo el proceso de la producción a las exigencias de la persona y a sus formas de vida; sobre todo, a su vida familiar... Además debe asegurarse a los trabajadores la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ejercicio mismo del trabajo" (Gaudium et spes, 67). El trabajo debe ayudar al hombre a ser más hombre. Pero ninguno puede permitirse el lujo de soñar solamente, si luego no se esfuerza en traducir a la realidad concreta los más altos ideales. ¡Ay, si todas estas cosas se quedan sólo en palabras, o en solas buenas intenciones! Es necesario, en cambio, que la sociedad demuestro haber adquirido esta verdad, y lo demuestre concretamente, con la misma concreción que califica precisamente la actividad del trabajo de cada día.

6. Queridos hermanos y hermanas: Al hablar en Polonia durante mi peregrinación de 1979, dije que la Iglesia no tiene miedo de los problemas difíciles ligados al mundo del trabajo: "El cristianismo y la Iglesia no tienen miedo del mundo del trabajo. No tienen miedo del sistema basado sobre el trabajo. El Papa no tiene miedo a los hombres del trabajo. Los ha sentido siempre muy cerca de él. Ha salido de su ambiente. Ha salido de las canteras de piedra de Zakrowek, de las calderas de Solvpy en Borek Falecki, luego de Nowa Huta. A través de todos estos ambientes, , a través de las experiencias personales de trabajo —me permito decir— el Papa ha aprendido nuevamente el Evangelio. Se ha dado cuenta y se ha convencido de cuán profundamente está grabado en el Evangelio la problemática contemporánea del trabajo humano. De cómo sea imposible resolverla a fondo sin el Evangelio" (Homilía del 9 de junio, en el santuario de la Santa Cruz de Mogila).

Pero es necesario decir más: Esto es, que la Iglesia no puede ser extraña o estar alejada de estos difíciles problemas; no puede separarse del "mundo del trabajo", porque precisamente "el Evangelio del trabajo" está inscrito orgánicamente en el conjunto de su misión. Y la Iglesia no puede menos de proclamar el Evangelio. Por esto, no puede menos de salir al encuentro de cada hombre, y especialmente al encuentro del hombre del trabajo. En efecto, como escribí en la Redemptor hominis, "todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre" (núm. 14).

Aunque por diversas partes se trate de crear opiniones contrarias y de sostenerlas a toda costa, la Iglesia tiene mucho que decir al hombre del trabajo. Ciertamente no en las cuestiones técnicas, profesionales o similares, sino en las cuestiones fundamentales. Y se trata de una palabra "que comprometa". Si faltase, si no se pusiera en práctica, entonces faltaría la verdadera "piedra angular" en toda la gigantesca construcción de la técnica moderna, de la industria y de los varios sectores con los que está unido el trabajo.

La frecuente llamada de la Iglesia a la conversión, como la de Jesús, se basa en la certeza de que nada mejorará, ni siquiera las estructuras de la convivencia humana, si no se mejora al hombre desde dentro: y, en la práctica, esto quiere decir que es imposible obtener justicia creando nuevas injusticias, instaurar la paz recurriendo a la violencia, crear mayores espacios de libertad empleando la coacción física o moral.

Por lo tanto, no es un bien tratar de poner a la Iglesia y al Evangelio "al margen". Con ello sufre la causa del hombre. Por lo demás, precisamente mediante el trabajo el hombre aspira al desarrollo y a la maduración de todo la que es humano. Os repito las palabras que dirigí el año pasado en Francia a los obreros de Saint-Denis: «Cristo dirá un día: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos" (Mt 5, 6). Sin embargo, esta hambre de justicia, esta urgencia de luchar por la verdad y por el orden moral en el mundo, no son ni pueden ser odio, ni fuente de odio en el mundo. No pueden transformarse en un programa de lucha contra el hombre, sólo porque éste se encuentre, si es que podemos expresarnos de este modo, 'en el otro campo*. Esta lucha no puede convertirse en un programa de destrucción del adversario, no puede engendrar mecanismos sociales y políticos en los que se manifiesten egoísmos colectivos cada vez mayores, egoísmos poderosos y destructores».

Así, pues, deseo expresar la convicción de que esta visita de hoy reforzará y consolidará vuestro encuentro con el Evangelio del trabajo. Espero que acercará al gran mundo del trabajo moderno, al que pertenecen millares de hombres empleados aquí en Terni, a ese modesto banco del carpintero José de Nazaret, en el que se presentaba como trabajador Jesucristo, Hijo de Dios e hijo del hombre. Y espero que,, en esta perspectiva, podréis ver bajo una luz más plena el valor y el sentido de vuestro trabajo y de toda vuestra vida.

7. Estoy aquí para dar confianza a todos y a cada uno. En particular, estoy aquí para estimular esa pastoral del trabajo que ya desarrollan inteligentemente el obispo y sus celosos colaboradores. Me ha gustado lo que se ha escrito en el fascículo publicado para preparar esta visita: el mundo del trabajo se considera "no un área que hay que colonizar, sino un lugar de donde surgen las incitaciones más fuertes para un testimonio cristiano, que no puede quedar inerme ni conformista ante las tareas históricas que se han de realizar en favor del hombre, en favor de cada uno de los hombres trabajadores, un ámbito de justicia y de paz, que no le impidan un crecimiento humano y cristiano" (pág. 42). Sed hombres que saben dar este testimonio, y que son cristianos no sólo cuando conviene, sino siempre y hasta el fondo. También he visto con interés los resultados de una encuesta realizada por la Comisión interdiocesana para la pastoral del trabajo, de la que surgen datos que estimulan a un compromiso cada vez mayor. Igualmente expreso mi aprecio por los institutos de estudios teológicos y sociales, y por las diversas organizaciones laicales.

Quisiera exhortar a todos a proseguir con decisión y generosidad en la tarea tan preciosa de introducir cada vez con mayor abundancia en los ambientes de trabajo el soplo fresco y regenerador del Evangelio y de la adhesión a Cristo. Que el Señor recompense ampliamente la obra de todos.

Hermanos y hermanas: Os doy cordialmente las gracias una vez más por la acogida que me habéis reservado, y ciertamente guardaré en el corazón vuestro recuerdo, el de vuestra laboriosidad y hospitalidad. Sabed que el Papa está con vosotros, no por oportunismo, sino con sinceros y profundos sentimientos de comunión humana y cristiana.

Mientras deseo todo bien para vosotros, pienso en vuestro trabajo, y también en las dificultades que le son inherentes; pienso en vuestros proyectos para el futuro; pienso en vuestras familias, en vuestros niños y en vuestros enfermos. A todos los bendigo y los llevo en el corazón, invocando sobre cada uno las más abundantes gracias celestiales.

Pido a Dios fervientemente por el bien de todos:
para que se realicen
vuestras justas aspiraciones;
para que se superen los momentos
y los motivos de crisis;
para que el trabajo no sea jamás
una alienación para ninguno; al contrario,
para que sea honrado por todos
como lo merece,
de manera que triunfe la justicia
y más aún el amor;
para que el ambiente de trabajo
sea realmente a medida del hombre,
y el hombre pueda apreciarlo
como una prolongación de la propia familia;
para que el trabajo ayude al hombre
a ser más hombre;
y para que, con el esfuerzo de todos,
se pueda lograr la construcción
de una nueva sociedad y de un mundo nuevo,
en la realización plena de la justicia,
de la libertad y de la paz.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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