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VISITA PASTORAL A TERNI

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS Y A LAS RELIGIOSAS


Catedral de Terni
Jueves 19 de marzo de 1981

 

Hermanos y hermanas queridísimos:

1. Con profunda intensidad de sentimientos os saludo a todos los que lleváis en el espíritu y en el cuerpo el peso y el signo doloroso de la cruz de Cristo y que, con vuestro sufrimiento humano, estáis muy especialmente unidos e insertados en el misterio pascual.

Estoy aquí con vosotros, queridísimos, para deciros que me une una espiritual unión a cada persona que sufre; o que está inmovilizada y clavada en un lecho; o en una silla; o que, a causa de la propia pena o inhabilidad, se considera ya inútil; o que a veces experimenta, como Cristo en Getsemaní, "miedo y angustia" (cf. Mc 14, 33).

Siento sinceramente que mis palabras son insuficientes e inadecuadas para expresaros mi coparticipación sincera, mi compasión humana. Sin embargo, juntos, vosotros y yo creemos firmemente, a la luz de la Palabra de Dios, que existe una dimensión, incontrolable, tanto por los sentidos como por la simple razón humana, en la que vuestro sufrimiento y el de todos los hombres adquiere un significado profundo y se transforma de debilidad en fuerza, de pobreza en riqueza, cuando está iluminado por la cruz de Jesús. "Eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes... para que nadie pueda gloriarse ante Dios" (1 Cor 1, 27. 29). Como el Padre celestial eligió para la salvación de los hombres la cruz, signo de ignominia y debilidad, así ha elegido vuestra enfermedad, para que esta cruz, colocada sobre vuestros hombros y grabada en vuestro cuerpo, se convierta —juntamente con la de Jesús— en instrumento y signo de salvación para vosotros, que la lleváis en la fe y en la esperanza cristiana, y para todos los demás hombres necesitados de salvación. Por lo tanto, podréis decir verdaderamente con San Pablo: "Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las enfermedades... por Cristo; pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Cor 12, 9-10).

2. Os pido, por tanto, hermanos y hermanas aquí presentes, como también a todos los que en Terni sufren en las salas de los hospitales o en sus casas, que os insertéis con fe en el misterio de la cruz de Cristo, ofreciéndole vuestro dolor humano, para que El, uniéndolo al suyo, lo ofrezca al Padre en oblación pura. Con el sufrimiento y con la oración podéis hacer un bien inmenso en favor de la Iglesia y de la humanidad.

Los Santos, los cristianos auténticos, iluminados por la gracia del Espíritu, han intuido el significado y la fecundidad de sus dolores.

En esta catedral hay una tumba, en la que se lee esta sencilla y conmovedora inscripción: "Giunio Tinarelli testigo de fe y de amor en el sufrimiento". Sabéis quién fue Giunio Tinarelli: un paisano vuestro nacido en 1912; por lo tanto, contemporáneo vuestro. A los 12 años, para ganarse el pan, comenzó a trabajar, primero en la Tipografía Alterocca y después en los establecimientos de los Altos Hornos de Terni. Pero muy joven le sorprendió una terrible enfermedad, que lo inmovilizó durante 18 años, hasta la muerte, acaecida en 1956, a los 44 años. En esa inmovilidad, en ese sufrimiento, ¡cuánta fe, cuánto amor comunicó vuestro Giunio a los que iban a visitarlo, no ya para confortarlo o consolarlo, sino para recibir de él consuelo y confortación!

Al recordar a este cristiano ejemplar, os pido que oréis y que ofrezcáis vuestros sufrimientos por la humanidad, por la Iglesia, y también por mí, para que mi universal servicio pastoral se realice siempre según la voluntad de Dios. Y en nombre de la humanidad, de la Iglesia y mío, os digo: "¡Gracias!". Que el Señor, rico en misericordia, os dé a todos la paz y el gozo interior y recompense con su gracia también a quienes con generoso desinterés cuidan amorosamente de vosotros: a vuestros familiares, a los amigos, a los enfermeros, sacerdotes, religiosas.

.Aprovecho la presencia de los médicos de Terni para agradecerles su solicitud por los enfermos de la provincia. Lo mismo hago con los enfermeros; a todos doy las gracias en el nombre de Cristo, que, tanto ha estimado y ensalzado cualquier ayuda ofrecida al que sufre. Una vez más doy las gracias a todos vosotros, hermanos y hermanas.

Deseo también dirigir mi cordial y afectuoso saludo a todas las religiosas de Terni, reunidas en esta catedral para el encuentro de hoy, que quiere ser una mutua edificación del espíritu.

Queridísimas hermanas en Cristo: cuando sentisteis en vuestro corazón, por caminos inescrutables, la invitación a seguir la "vocación", respondisteis generosamente con las palabras de la Virgen Santísima: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Tened siempre presente que la "vocación religiosa" es un tesoro peculiar de la Iglesia y que vuestra presencia en el ámbito del Pueblo de Dios debe ser para todos un signo visible del Evangelio. Vuestro apostolado, tan vario, tan múltiple, tan fecundo en bien, es un signo continuo de la perenne vitalidad del Cuerpo místico de Cristo, al que vosotras traéis —con vuestra entrega generosa, con vuestro ocultamiento admirable— esa sensibilidad especial de madres y de hermanas en el espíritu.

Quiero repetiros hoy lo que dije a las religiosas en mi peregrinación apostólica a México: "Es la vuestra una vocación que merece la máxima estima por parte del Papa y de la Iglesia, ayer como hoy. Por eso quiero expresar mi gozosa confianza en vosotras y alentaros a no desmayar en el camino emprendido, que vale la pena proseguir con renovado espíritu y entusiasmo... ¡Cuánto podéis hacer hoy por la Iglesia y por la humanidad! Ellas esperan vuestra generosa entrega, la dedicación de vuestro corazón libre, que alargue insospechadamente sus potencialidades de amor en un mundo que está perdiendo la capacidad de altruismo, de amor sacrificado y desinteresado. Recordaos, en efecto, que sois místicas esposas de Cristo, y de Cristo crucificado" (AAS 71, 1979, pág. 177).

Como María Santísima, vosotras habéis elegido a Jesús, al cual estáis unidas con los sagrados y dulces vínculos de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. ¡Vivid en alegría serena y cumplid estos votos con generosa entrega, siempre fieles al carisma específico de vuestras congregaciones!

Sobre todos vosotros, hermanos y hermanas, invoco la abundancia de los dones del Señor y os imparto de todo corazón la bendición apostólica, signo de mi afectuosa benevolencia.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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