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VISITA PASTORAL A TERNI

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PRESBÍTEROS Y RELIGIOSOS


Obispado de Terni
Jueves 19 de marzo de 1981

1. No podía faltar, también en una jornada intensa como ésta, el encuentro con vosotros, queridísimos sacerdotes y religiosos, quienes, en virtud de la sagrada ordenación y de la misión recibida del obispo, habéis sido promovidos "para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, participando de su ministerio, por el que la Iglesia se edifica incesantemente aquí, en la tierra, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo" (Presbyterorum ordinis, 1).

Veo con gran satisfacción que están aquí presentes también los venerados hermanos del Episcopado de Umbría. Les dirijo un saludo muy cordial.

He deseado pasar algún momento con vosotros, queridos sacerdotes, para expresaros mi afecto especial, y para que podáis sentiros cada vez más fuertes y alegres en la fe, que deseo crezca cada vez más en Cristo, también con motivo de esta visita (cf. Flp 1, 25-26).

2. La realidad tan sublime que lleváis en vosotros mismos —sellados por un carácter especial que os configura con Cristo Sacerdote, de manera que podéis actuar en su nombre (cf. Presbyterorum ordinis, 2— comporta la conciencia de la grandeza de la misión recibida y de la necesidad de adaptarse cada vez más a ella. Es necesario, ante el don del Señor, tener una clara y arraigada convicción sobre el propio ser de sacerdotes de Cristo, depositarios y administradores de los misterios de Dios, instrumentos de salvación para los hombres. Estas certezas de fe no permiten dudar de la propia identidad, ni andar titubeando sobre el valor de la propia vida, o vacilar ante el camino emprendido.

Estoy aquí, en medio de vosotros, para fortalecer y profundizar estas convicciones, para hacerlas invencibles y constantes, invitándoos a una unión cada vez más estrecha con Cristo, que es Ja razón de nuestra vida y nuestra fuerza.

A veces nuestra sintonía de fe con Jesús se puede debilitar y atenuar, si su presencia en nosotros se ofusca por propensiones y razonamientos humanos, por los que nos incapacitan en orden a hacer brillar toda la grandiosa luz que El representa para nosotros. "Todo sacerdote advierte —como decía a los ordenandos de Nagasaki, el 25 del pasado febrero— que puede iluminar a los que están en tinieblas únicamente en la medida que él mismo ha aceptado la luz del Maestro, Jesucristo". A veces, hablamos quizás de El influenciados por premisas y datos de sabor sociológico, político, sicológico, en vez de hacer derivar los criterios, base de nuestra vida, de un Evangelio vivido con integridad, con alegría, con esa confianza y esa inmensa esperanza que encierra la cruz de Cristo.

3. Vosotros, queridos sacerdotes, en virtud de vuestro mismo ministerio, estáis obligados a vivir en medio de los hombres, a conocer como buenos pastores a las propias ovejas, a tratar de atraer también a las que no son de este redil, a fin de que también ellas oigan la voz de Cristo (cf. Presbyterorum ordinis, 3). Sin embargo, mientras desarrolláis esta obra de acercamiento, es necesario que los hombres vean en vosotros los testigos creíbles del Amor divino y de un Reino que, habiéndose iniciado ya aquí abajo, se perfeccionará en la vida eterna.

También la particular realidad socio-cultural de la Iglesia que está en Terni, Narni y Amelia, realidad que conocéis bien en sus instancias y tensiones, en sus causas y en sus orientaciones, y que a veces parece oponer graves obstáculos a la penetración de una mentalidad cristiana, exige encontrar en vosotros no dirigentes sociales o hábiles administradores, sino auténticos guías espirituales, que se esfuercen en orientar y mejorar el corazón de los fieles para que, convertidos, vivan en el amor a Dios y al prójimo y se comprometan en la elevación y promoción del hombre. No nos hagamos ilusiones de servir al Evangelio si cedemos a la tentación de "diluir" nuestro carisma en un exagerado interés por los problemas temporales. No olvidemos que el sacerdote debe ser representante de los valores sobrenaturales, signo y artífice de unidad y fraternidad.

4. Quisiera indicaros también un punto de reflexión. Sois miembros del presbiterio de una Iglesia particular, cuyo centro de unidad es el obispo, hacia el cual todo sacerdote que aspire a una auténtica fecundidad de ministerio, debe tener una actitud convencida de comunión y obediencia. "Esta obediencia sacerdotal —nos recuerda el Concilio— se funda en la participación misma del ministerio episcopal, que se confiere a los presbíteros por el sacramento del orden y la misión canónica" (Presbyterorum ordinis, 7).

En la actividad pastoral, aun teniendo en cuenta las diversas problemáticas locales, debe reinar un espíritu de entendimiento y de cooperación entre las iniciativas parroquiales y las diocesanas, abiertas por su naturaleza a horizontes más amplios y a instancias más generales, como las concernientes al mundo del trabajo, de las comunicaciones sociales, de la escuela, de la cultura y de la presencia en el campo civil.

La unión entré los presbíteros y el obispo es particularmente necesaria hoy, cuando las diversas iniciativas apostólicas trascienden frecuentemente los límites de una parroquia o de una diócesis, Y requieren que los sacerdotes unan las propias fuerzas a las de los hermanos, bajo la guía de quienes gobiernan la Iglesia.

5. Amadísimos sacerdotes y religiosos: Quisiera deciros otras muchas cosas y quisiera escuchar de cada uno de vosotros las ansias más personales, pero no puedo prolongar demasiado este encuentro. Termino renovando mi gran confianza en vosotros, y exhortándoos a poner la confianza en Aquel que "cuenta el número de las estrellas, a cada uno llama por su hombre" (Sal 147 [146], 4), y que ha pronunciado vuestro nombre, llamándoos desde el seno materno (cf. Is 49. 1). Nuestra confianza se funda radicalmente en este "amor preferencial y consagrante" de Dios, que no abandona ante todo a aquellos que, llamados a participar en el sacerdocio de su Hijo, se dirigen a El con confianza. Precisamente por esto San Pablo nos recuerda que en todas las tribulaciones "vencemos por Aquel que nos amó" (Rom 8, 37). Termino con la exhortación del autor de la Epístola a los Hebreos: "No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa. Porque tenéis necesidad de paciencia para que, cumpliendo la voluntad de Dios, alcancéis la promesa" (Heb 10, 35-36).

Bajo la mirada de María, Madre de los sacerdotes y de los religiosos, tan venerada en Terni como Madre de la Misericordia, continuad vuestro camino con nuevo entusiasmo, y os acompañe mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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