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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN NUMEROSO GRUPO DE JÓVENES MILITARES ITALIANOS


Viernes 8 de mayo de 1981

 

1. Estoy contento de acogeros hoy en audiencia especial, queridísimos jóvenes del VIII Comando militar territorial. Devuelvo a cada uno de vosotros el cordial saludo que me acabáis de dirigir todos juntos. Y con vosotros saludo también al comandante de la Región militar central, el general Salvatore Coniglio, y a los civiles empleados en el Presidio Romano con sus familiares. Saludo, además, al Ordinario militar, mons. Mario Schierano, con un pensamiento particular hacia los capellanes, a quienes quiero expresar mi aprecio por su obra pastoral.

2. Aun en la diversidad de las procedencias, como también de las distintas especializaciones y armas a las que pertenecéis, existe un factor que os une, queridísimos jóvenes: es la experiencia que todos estáis haciendo del servicio militar. ¿Cómo puede y debe ser juzgada esta experiencia? Sin duda se inscribe, como un dato de hecho que no puede ser pasado por alto, en la historia personal de cada uno de vosotros, junto con otras experiencias de la misma importancia, como las de la familia y la escuela. Bajo este punto de vista más concreto está claro que la experiencia deberá ser juzgada en base a lo que de positivo habéis sabido adquirir durante los meses de servicio.

La experiencia en común significa también que todos vosotros, aun en la aludida diversidad de situaciones, sentís muy a menudo la llamada a determinados deberes, como por ejemplo la obediencia, la disciplina, el adiestramiento, la unión con la patria. Y a mí me gusta, de acuerdo con la naturaleza de mi ministerio de Pastor, poner de relieve el elemento moral implícito en estas tareas. Está claro, en efecto, que en la medida en que este elemento se haya desarrollado y afinado, la experiencia global de vuestro servicio será juzgada fructífera y deberá ser apuntada en el activo del balance final. Mi deseo, por tanto, es que en el cotidiano cumplimiento de los respectivos deberes se actúe en vosotros una real elevación, que os permita afrontar mejor las responsabilidades de hoy y de mañana.

3. Pero hay otro factor que os une. Vosotros no sois unos veteranos, no sois como los soldados de las antiguas sociedades que envejecían "bajo las armas" y se retiraban después de muchos años. Vosotros sois jóvenes que, cuando hayáis terminado el servicio militar, volveréis a entrar en la vida ordinaria. Vosotros sois jóvenes en la plenitud de vuestras energías físicas y síquicas. Ante vosotros se abre una larga serie de años, durante los cuales seréis llamados a desempeñar un papel que, en la variedad y multiplicidad de las formas, deberá demostrar quiénes sois y lo que sabéis hacer. Una vez terminado el presente período de aprendizaje, empezará para vosotros esta nueva fase, para la cual yo os dirijo desde ahora mis más fervientes augurios.

Sabéis muy bien cuánto insisto, cada vez que se me ofrece la ocasión, en exhortar a la juventud a cuidar de su propia formación humana y cristiana, porque es hasta demasiado obvio que el destino de la sociedad depende esencialmente de la aportación de las nuevas generaciones. ¿Cómo va la sociedad moderna? ¿Progresa o retrocede? ¿Cuál es la relación entre el desarrollo tecnológico, tan imponente como innegable, y el cuadro de los valores ético-espirituales? Son preguntas que rápidamente formulo ante vosotros, no sólo para atraer vuestra atención, sino también para solicitar a cada uno de vosotros a desempeñar con alto sentido de responsabilidad su parte en el seno de la familia humana y a ofrecerle esa contribución de la que la naturaleza misma, y por tanto Dios creador, le ha hecho capaz.

4. Nombrando a Dios, he aquí que el discurso se eleva a una esfera superior. Nombrando a Dios, he aquí que el discurso se extiende también a esos dones que, si en distinta medida, pero siempre numerosos y grandes, El os ha dado. ¿Cuántos y cuáles son los dones de Dios? La vida ante todo, luego la juventud, la salud, la fuerza, la inteligencia, la voluntad, la libertad; y además, en un plano sobrenatural, la fe, la caridad, la gracia que es amistad y participación de la vida misma de Dios.

¿Recordáis la parábola evangélica de los talentos? Hay un amo —cuenta el Señor Jesús— que parte para un viaje a una tierra lejana y distribuye distintas sumas de dinero a sus sirvientes. Hay quien responde a la entrega y se pone enseguida a trabajar diligentemente con los talentos recibidos, hasta conseguir el doble. Pero hay quien, falto de iniciativa, esconde su talento bajo la tierra. Llega el momento de rendir cuentas: "Pasado mucho tiempo, vuelve el amo de aquellos siervos y les pide cuentas". Los que habían trabajado y ganado recibieron alabanzas y premios por su diligencia y fidelidad, mientras que el "siervo malo y haragán" no sólo fue privado de su talento, sino también castigado con el despido inmediato (cf. Mt 25, 14-30).

Todos vosotros, queridísimos jóvenes, habéis recibido muchos y valiosos dones de la bondad del Padre celestial, y por tanto es vuestro deber hacer que crezcan y produzcan aquellos frutos para los que se os han dado.

Recoged, os ruego, esta mi exhortación, inspirada en el conocimiento de lo que realmente podéis hacer y en la confianza, también, de lo que querréis hacer gracias a vuestra generosidad y al grado de vuestro entusiasmo juvenil. Cuando sea el momento de reanudar vuestras ocupaciones en la vida civil, sin duda más maduros por la experiencia hecha en estos meses, sabed demostrar a quienes encontréis —a vuestros amigos, vuestros padres y familiares— la riqueza de vuestra personalidad ya formada y completa, decididos a ocupar dignamente ese lugar que, por los dones recibidos de Dios y desarrollados por vosotros, os compete y va bien con vosotros. E inscribid también este encuentro de hoy conmigo, humilde Vicario de Cristo Señor, entre los recuerdos más vivos del período militar por la oportunidad que os ha ofrecido de comenzar una saludable reflexión y de profundizar, a la luz de la fe, los problemas más verdaderos y más serios de la vida.

Con mi cordial bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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