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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II,
LEÍDO POR EL CARD. AGOSTINO CASAROLI,
A LOS TRABAJADORES PROCEDENTES DE TODA EUROPA

Viernes 15 de mayo de 1981

 

El cardenal Casaroli dijo las siguientes palabras:

El Santo Padre esperaba este encuentro con vosotros con un deseo no menos ardiente que el vuestro. Esta mañana, al expresarme su profundo pesar por no poder saciar vuestra expectativa, me ha encargado que os traiga su especialísima bendición y la seguridad de su presencia espiritual en medio de vosotros. El Santo Padre une a todos vosotros, a vuestras familias, al mundo del trabajo que representáis, en las intenciones por las que ofrece sus sufrimientos de estos días. Ahora pienso que os será grato escuchar, al menos en parte, las palabras que él tenia intención de dirigiros en italiano y en alemán, con un breve saludo a los participantes de lengua portuguesa y francesa.

Queridos hermanos y hermanas:

1. Permitidme, ante todo, expresar mi gran alegría por este encuentro con vosotros, queridísimos trabajadores. Os habéis reunido aquí, de diferentes, países, para testimoniar juntos, en esta plaza de San Pedro, la catolicidad de vuestra fe y vuestra fidelidad a la Iglesia. Por esto os doy las gracias muy afectuosamente. De modo especial os saludo, ante todo, a vosotros, los que provenís de la querida Italia y pertenecéis a diversas Organizaciones y Movimientos de inspiración cristiana. Sabed que me alegra vuestra presencia, porque cada encuentro con los obreros y cada vez que me entretengo con ellos siento siempre una alegría íntima. Ocupáis un puesto especial en mi corazón. Me considero totalmente uno de vosotros. Y muchas veces ya he tenido oportunidad de decir lo que representa para mí la experiencia personal que he tenido como obrero. Por esto, tengo siempre presentes los derechos y las necesidades de quien presta su propio trabajo, como he subrayado en diversas ocasiones aquí en Roma, en otros lugares de Italia y también durante mis peregrinaciones a diversos países y continentes. Que el encuentro de hoy pueda ser también un testimonio del amor y de la esperanza con los que el Papa está unido a los obreros. Este amor y esta esperanza se derivan de la convicción profunda de que hoy los valores cristianos del Evangelio encuentran un puesto nuevo en el mundo del trabajo.

Acabamos de oír la lectura bíblica tomada del Génesis, que alude a la relación estrecha que existe entre la creación del mundo por obra de Dios y el trabajo consiguiente del hombre. Para nosotros, cristianos, hay un vínculo íntimo entre las dos realidades: por una parte, Dios confía el mundo al hombre, a su iniciativa y responsabilidad, para que lo transforme y lo mejore cada vez más, poniéndolo al propio servicio; por otra parte, el hombre, obrando así, debe ser consciente de la propia nobleza de colaborador en los planes mismos de Dios. Y así como Dios no quiere actuar sin una específica aportación humana, así el hombre no puede comportarse como si él fuese el soberano exclusivo de la creación. Esta ruptura sería, como ha sido ya y sigue siendo, el más profundo y lamentable motivo de toda injusticia porque, al desequilibrar las relaciones con Dios, se desequilibran también las relaciones entre los hombres.

2. Queridos obreros: Estamos reunidos aquí para celebrar el 90 aniversario de un documento del Magisterio eclesiástico en el campo social, que fue y sigue siendo de excepcional importancia y actualidad por la lucidez y la valentía con que enseña a mirar los problemas nuevos que el devenir histórico plantea a la Iglesia y a la humanidad. En efecto, exactamente el 15 de mayo de 1891, mi predecesor el Papa León XIII publicó esa Encíclica fundamental titulada Rerum novarum, que debía convertirse en la "carta magna" del pensamiento social cristiano. La voz de León XIII se alzó muy fuerte en defensa de los obreros, de los oprimidos, de los pobres, de los explotados. Su voz era el eco claro y sonoro de la voz del mismo Cristo, que se hacía cargo de los problemas del tiempo.

Anunciar el Evangelio al mundo del trabajo: éste fue el estímulo del Papa León XIII cuando emanó su profética Encíclica para formular los principios sociales de la Iglesia. Quiso remarcar la aportación de la fe a la solución de las cuestiones sociales. Analizó los difíciles problemas que habían suscitado los cambios de la sociedad. Y así pudo ofrecer también propuestas concretas para remediar los males que surgían, poniendo de relieve, además, los elementos positivos que se estaban delineando.

La Iglesia del siglo XIX se hallaba frente a un desafío decisivo. Durante siglos ella había permanecido arraigada en una sociedad de tipo agrícola. Pero entonces se descubrió anunciadora del Evangelio a una nueva forma de sociedad, la industrial. Le tocó la tarea de desenmascarar los nuevos caminos del egoísmo, de la codicia y de la ambición de poder. Se trataba de defender de la explotación el trabajo y a los trabajadores. Los grandes beneficios debían ser puestos al servicio del bienestar común. Era preciso resolver, mediante el amor y la justicia, los conflictos que surgían. Había que oponerse a ideologías que no podían satisfacer la dimensión global del hombre y de sus necesidades. Había que exigir el salario justo, la seguridad para el sostenimiento de la familia, el derecho de asociación, la protección de los más débiles y una legislación social.

3. Tampoco hoy han sido superados estos varios imperativos; se recuerdan siempre, aun cuando la situación social de entonces no se puede comparar con la presente. La historia ha hecho progresos enormes. Y así también la doctrina social de la Iglesia debía continuar escribiéndose: el Papa Pío XI compuso la Encíclica Quadragesimo anno (1931); Pío XII lanzó el mensaje radiofónico del 1 de junio de 1941; Juan XXIII publicó las Encíclicas Mater et Magistra (1961) y Pacem in terris (1963); Pablo VI la Populorum progressio (1968), y la Carta Apostólica Octogesima adveniens (1971).

Pero es importante que estos documentos sean conocidos y, sobre todo, que su inquietud pastoral os penetre a cada uno de vosotros, más aún, a cada uno de los cristianos. Es necesario comprobar la fecundidad de la doctrina social cristiana mediante la vida; y es necesario irradiar sobre los otros la benéfica luz del Evangelio mediante el compromiso concreto, el testimonio en el trabajo, la actividad de promoción. En nuestros días la cuestión social ha adquirido una dimensión compleja y universal que tiene necesidad siempre de una norma ética. Así, no es posible buscar la justicia sólo a mero nivel económico, cuando se la conculca después en el plano de las libertades individuales o asociativas o de las necesidades espirituales de cada uno. Si se quiere promover al hombre, hay que hacerlo de manera integral, sin perder nunca de vista la plenitud de su dignidad y toda su verdad histórica. Es necesario no perder nunca de vista a Cristo, que ha querido ser conocido como el "Hijo del carpintero", y ser El mismo hombre del trabajo. Es necesario tener siempre presente esto, comprometerse por esto: para que el hombre nunca sea humillado en ninguno de sus componentes, entre los cuales es fundamental el religioso, porque condiciona otros muchos.

El trabajo debe convertirse en un medio eficaz para realizar la propia personalidad fuerte y generosa. Al mismo tiempo, le permite también establecer vínculos más sólidos con la propia familia, que forma la finalidad amorosa de sus fatigas; efectivamente, por ella se gasta: para su sostenimiento y para su pleno éxito material y espiritual. Por esto, si es verdad que el trabajo, con la inspiración del Evangelio, ayuda al hombre a ser más hombre, entonces "no es un bien tratar de poner a la Iglesia y al Evangelio del trabajo 'al margen'. Con ello sufre la causa del hombre" (Discurso a los obreros de Terni, Italia, 19 de marzo de 1981, núm. 6). Al contrario, debéis insertar profundamente en el mundo del trabajo vuestra viva fe cristiana, y humanizarlo también mediante una referencia constante a vuestros seres queridos.

Puesto que están presentes numerosos trabajadores de idioma alemán, permitidme que ahora me dirija a ellos en su lengua.

4. Continuando ahora, queridos hermanos y hermanas, mi discurso en vuestra lengua materna, os doy la más cordial bienvenida por vuestra peregrinación, con ocasión del aniversario del "Movimiento de los Trabajadores Católicos", a la Ciudad Eterna. Esta celebración de acción de gracias no representa sólo un grato recuerdo por la publicación de la gran Encíclica social Rerum novarum por parte del Papa León XIII, hace exactamente 90 años, sino que representa al mismo tiempo una conversión común a las afirmaciones directrices que contiene. Las recordamos, en conexión con las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, con mayor fuerza aún, a fin de hacerlas fructuosas para el mundo del trabajo en nuestro tiempo. Precisamente en nuestros días la cuestión social ha adquirido una dimensión compleja y universal. Sin duda el esfuerzo de la Iglesia en este siglo ha dado sus frutos: se ha despertado la conciencia social; la legislación de los Estados ha sufrido cambios; los programas del trabajo industrial han estimulado la solidaridad entre los hombres y la promoción humana.

A pesar de esto, no se puede sostener ciertamente que en el mundo se haya establecido una justicia social. Sólo quisiera subrayar brevemente hoy algunos errores, algunas deficiencias y algunas necesidades que se registran todavía en el mundo del trabajo.

Aún hay regiones en la tierra donde lo superfluo y el lujo viven al lado de una pobreza humillante, de una pobreza que a veces pone en peligro incluso la supervivencia. Semejante contrasentido se encuentra, quizá menos visible pero igualmente escandaloso, también en el campo internacional: un limitado número de naciones ha acumulado las riquezas y, en otros lugares, poblaciones enteras luchan por el mínimo necesario para la supervivencia. La injusticia individual, mediante una explotación concreta del hombre, es palpable; falta una protección suficiente para las futuras madres; las condiciones de trabajo y de vida hieren el principio de igualdad y cambian según el sexo o la convicción política y religiosa de los trabajadores. Aparentemente ya nos hemos habituado a condiciones de vida indignas del hombre en la periferia de las grandes ciudades, a la manipulación y a la marginación de enteros grupos étnicos.

La asociación sindical representa uno de los derechos del hombre. A pesar de esto, frecuentemente en política, se abusa de este derecho; el poder de representación de los trabajadores por medio de los sindicatos, deja que desear en muchos casos. No se tiene en cuenta seriamente aquí y allá la protección en el puesto de trabajo y, por lo tanto, ocurren accidentes y las tragedias humanas siguen su curso. La desocupación tiende a aumentar, en vez de disminuir, y provoca, precisamente entre los jóvenes, reflejos sicológicos y de carácter irresponsables. El problema de la automatización hace temer por su puesto de trabajo a los obreros de enteras ramas industriales; los obreros especializados y los no especializados están frecuentemente a merced de una gran inseguridad económica. Trabajadores extranjeros, obligados por la necesidad, deben romper los lazos con la familia, con las tradiciones y con la patria; en muchos casos se registra también un proceso de falta de compenetración con el relativo cónyuge; tienen que renunciar a una instrucción adecuada para sus hijos y a un futuro mejor. Frecuentemente son aceptados según la necesidad, echados de una a otra parte y, finalmente, despedidos.

Existen, sin duda, problemas complejos de fondo de naturaleza técnica y de economía mundial que condicionan este desarrollo. No puede ser tarea nuestra —como Pastores— proponer soluciones a estos problemas. Pero, a causa de la misión ética y religiosa de la Iglesia, no podemos dejar de prestar atención a los grandes movimientos del desarrollo de nuestra sociedad. Tenemos que fijar la atención en sus manifestaciones negativas. Hay que analizar y denunciar lo que contienen de error y de desviación ideológica. Hay que desenmascarar la utopía de un mesianismo terreno, con la que se dejan engañar los que sostienen el materialismo dialéctico y práctico. La Iglesia no puede sustraerse a esta misión.

Entra sin duda alguna en nuestras tareas afrontar con un empeño realista la cuestión social. Porque la Iglesia debe salvaguardar la dignidad del hombre. Si la Iglesia faltase a esta tarea, faltaría a su deber y perdería su credibilidad en el anuncio del Evangelio y en su preocupación por la salvación eterna. Desde que tomó para sí el Antiguo Testamento y a través de los siglos, la cristiandad ha manifestado siempre su gran estima por toda forma de trabajo físico y mental.

5. Por esto la fe cristiana y la Iglesia se consideran particularmente autorizadas a poner en guardia a la sociedad: la cultura, el progreso y el bienestar del hombre se llaman así con razón solamente cuando van precedidos de una profunda reflexión ética. No es suficiente plantear la cuestión de la justicia social en su sentido más estricto. Nadie puede ignorar que esta cuestión está íntimamente ligada con problemas que tienen una raíz mucho más profunda. La lucha por la justicia social ha hecho bien al insertar la perspectiva del "tener" poniéndola en conexión con el "ser". Y hoy se trata precisamente de elegir la visual de este problema. La hora en que vivimos nos obliga más que nunca a ocuparnos de la totalidad del hombre, de la atención total de la persona. No hay que ver ya al hombre sólo como un ser que necesita de bienes materiales, sino como imagen de Dios, llamado a continuar la obra de la creación de Dios mediante el trabajo; elegido para ponerse al servicio de forjar el nuevo cielo y la nueva tierra hasta el retorno de Cristo.

Por lo que se refiere a la profunda reflexión ética, hay que tener presente lo que sigue: La industria, la producción y el desarrollo económico son, sin duda, el primer resultado del trabajo y de la inteligencia del hombre. Pero ningún hombre puede obtener por sí solo estos resultados. Depende de algo que ya existe. Utiliza en beneficio propio las leyes de la naturaleza que están vigentes en la creación. Se sirve de la materia prima que le ofrece la naturaleza. Por lo tanto, el hombre no parte del vacío, no hace su obra de la nada, sino que utiliza cuanto ya había sido creado.

El cristiano debería tener siempre presente esto, a pesar de todas las corrientes contrarias: y debería recordarlo a todos los hombres, no para denigrar el progreso humano, sino para hacer manifiesto a todos lo que es verdaderamente importante; así, pues, el cristiano debe decir a los demás: el puente de tu éxito se apoya en dos pilares, de los cuales sólo uno tiene los fundamentos en tu potencia; el otro nace de una tierra de la que tú no eres el señor sino que tú sencillamente has encontrado. Y por esto tienes reverencia ante esta realidad, si eres hombre reflexivo. Sabes que la realidad de la creación, llamada universo, ha sido puesta en tus manos; pero no tienes el derecho ilimitado de disponer de ella. Sólo el Señor del universo tiene poder absoluto sobre ella, porque la vida y el universo han venido de su mano.

Realmente hemos aprendido mucho. Hemos estudiado con pasión la tierra y nos hemos servido de ella con perfección sorprendente. Pero, ¿no debemos abrir todavía los ojos, los unos a los otros, para darnos cuenta de la genialidad del orden descubierto? ¿Pueden los hombres que viven en este orden continuar ignorando todavía a Aquel que ha creado este orden? Y si verdaderamente los ojos de muchos de ellos estuviesen ciegos, nosotros, creyentes, debemos dirigirlos a El para que su nombre no sea silenciado por un mundo que cada vez aparece menos como una creación y lleva cada vez más sólo los rasgos del hombre.

6. Me parece que ha llegado el tiempo de hablar de Dios como Creador. Quizá encontremos abiertos los oídos de aquellos que se rebelan contra la irresponsable explotación de la naturaleza, contra la destrucción de nuestra madre tierra. Quizá otros comprenderán que la alegría por la obra realizada es participación en la alegría del mismo Creador, como se subraya en el relato de la creación del mundo antes del pecado original del hombre: "Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno" (Gén 1, 31),

O bien nos escucharán aquellos que han perdido la confianza en el poder del hombre. Si no hubiese existido la ruina del pecado humano, la creación misma habría sido el reflejo de la bondad divina. Después de la caída, esta creación, e incluso el nuevo mundo del progreso y de la técnica creado por el hombre, no posee ya su clara y sencilla bondad. La creación "gime y sufre dolores" (Rom 8, 22). Cada uno de los países invadido por las epidemias, flagelado por la guerra o devastado por la técnica, sabe darse cuenta de ello: la creación espera todavía la redención. Así, también los descubrimientos de la ciencia no son siempre para la salvación del hombre. La obra del hombre y el progreso son como las cabezas de Jano: mejoran nuestras posibilidades de vida, pero pueden también volverse contra el hombre con brutalidad inesperada, pueden manifestarse enemigos del hombre, pueden incluso destruirlo. ¡Y esto incluso cuando el ataque a la humanidad no se manifiesta con la violencia enorme de una explosión! Pueden registrarse también ataques ocultos, incluso pequeños progresos provocan desastres; cuando la ola del progreso, por, ejemplo, se manifiesta como arma contra la familia y cuando nos atenaza bajo forma de avidez. Entonces anula todo el esfuerzo de un hombre, su tiempo, su interés, su energía, y sufren por ello las relaciones con los que nos están cercanos. Pero la unión con el marido, el amoroso cuidado de la madre hacia los hijos no deben ser suprimidos.

Nadie puede condenar el progreso y el bienestar. Todos debemos mucho a estos dos factores. Pero cuando se convierten en ídolos, entonces muestran su rostro demoníaco. Entonces sus ofertas no liberan, sino que hacen esclavos; entonces no redimen, sino que destruyen. Quizá satisfacen por breve tiempo, pero un día el hombre descubre que el esfuerzo y la fatiga no han dado el resultado que se esperaba. Su lugar ha sido ocupado por un triste vacío.

Así, pues, se debe hablar de Dios si se quiere lograr la verdadera salvación del hombre: la salvación de Dios debe ser celebrada en Jesucristo; deben anunciarse sus derechos sobre nosotros, los hombres; El y su voluntad deben ser siempre honrados con la palabra y, sobre todo, con el testimonio de la vida. Este es el servicio sacerdotal que los cristianos debemos tributar a Dios.

7. Tened, pues, la valentía de dar testimonio de la doble dimensión de vuestra existencia como trabajadores y como cristianos. Contribuid a enriquecer toda forma de solidaridad con el espíritu de la comunidad cristiana. Anunciad el nombre de Cristo, del carpintero (cf. Me 6), del Hijo de Dios, del verdadero liberador de todos los males que tienen prisionero al hombre y lo amenazan. Anunciadlo en vuestras familias, en vuestras fábricas, en vuestros puestos de trabajo y en vuestros talleres. Haced participar a todos los cristianos en las necesidades y en las alegrías, en los problemas y en las esperanzas del mundo del trabajo. Tomad partido, aun cuando no siempre hallaréis consensos; comprometeos por las enseñanzas de la fe y de la Iglesia, aunque se desencadenen resistencias y obliguen a tomar decisiones. Sed la levadura y la semilla de una presencia cristiana en todo lugar donde vivan trabajadores. Así el dominio de Dios se amplía y crecen la acción cristiana, la fraternidad y la solidaridad entre los hombres. La Iglesia tiene confianza en vosotros y os apoya si os comprometéis a llevar el Evangelio entre los trabajadores y, por lo mismo, los liberáis completamente.

8. Y ahora, a los hermanos y hermanas de lengua portuguesa. También para vosotros, junto con un saludo cordial, una palabra afectuosa de aprecio de vuestra presencia, y de estímulo; estímulo a ser fieles a vosotros mismos, a lo bueno que os da la identidad de hombres y trabajadores cristianos, con sentido de Dios y respeto del prójimo siempre y en todas partes; fieles a vuestras raíces patrias y a sus tradiciones humanas, familiares y cristianas, pero con apertura al bien común y visión justa de la dignidad sagrada de todos y cada uno de los miembros de la gran familia humana.

Como recuerdo de este encuentro con el Papa, llevaos en el corazón la certeza de que el Papa os estima, os comprende bien y comparte vuestras preocupaciones y ansiedades, esperanzas y alegrías; la certeza de que Cristo, si os dais cuenta de su presencia y lo acogéis, está a vuestro lado; El, que quiso ser obrero, os comprende mejor que nadie y quiere ser siempre verdad y vida también para vosotros, si camináis con El por los caminos del amor en busca de un mundo cada vez más justo, humano y fraterno; y, en fin, la certeza de que Dios os ama en Cristo; El es nuestro Padre y quiere bendeciros siempre de todo corazón, como os bendice hoy el Papa a vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros amigos.

Saludos cordiales a la Federación cristiana de obreros de Flandes con sus organizaciones varias de adultos y jóvenes.

Este año conmemora el sesenta aniversario de fundación de la "Algemeen Christelijk Werkersbond", sesenta años al servicio de la emancipación cristiana y social del mundo del trabajo de vuestro país.

Vaya a los jóvenes del Movimiento "van Cardijn" de Flandes un saludo especial. Seguid siendo siempre fieles a las enseñanzas del Evangelio consideradas y realizadas según el espíritu del fundador, para luego ser capaces de poner este espíritu al servicio de los Movimientos de vuestro país.

Me complazco en saludar a todos los representantes del mundo del trabajo aquí presentes para celebrar juntos el 90 aniversario de la Encíclica "Rerum novarum" y deseo con vosotros que el trabajo se desarrolle en el mundo entero en condiciones justas y dignas, de modo que queden garantizados el desarrollo humano y la santificación de las personas, la seguridad de sus familias y el progreso y la paz de la sociedad.

Queridos trabajadores italianos: Me dirijo otra vez a vosotros para exhortaros a enriquecer toda forma de solidaridad con el espíritu de la comunión cristiana. Anunciad el nombre de Cristo en vuestras familias, en vuestras fábricas, en vuestros puestos de trabajo. Tomad postura, aun cuando no siempre encontréis aprobación. Sed levadura y semilla de una presencia cristiana dondequiera que vivan trabajadores. La Iglesia tiene confianza en vosotros, os acompaña y apoya, si tenéis interés en llevar el Evangelio a los obreros y les ofrecéis así una liberación integral.

Vuestra obra de obreros cristianos se inserta profundamente en esa misión típica que el Concilio Vaticano II ha reconocido y pedido a los laicos. En efecto, "a los laicos corresponde aceptar como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana" (Apostolicam actuositatem, 7). El mundo del trabajo forma plenamente parte de estas responsabilidades laicales y corresponde ai cristiano hacer lo posible para rescataros de toda consecuencia del pecado, esto es, de las varias formas de egoísmo que se traducen en injusticias, atropellos, violencias o también desinterés y falta de compromiso. Efectivamente, el trabajo manual es una condición importante, determinante de nuestra sociedad; y me atrevería a decir que el buen funcionamiento de este ambiente es espejo fiel y condición necesaria para la paz y el progreso de toda la sociedad humana. Pues bien, en esta tarea los obreros cristianos tienen un papel primario.

Sabed, pues, asumir vuestras responsabilidades y ser coherentes con vuestros principios, de manera que podáis transformar luminosamente la realidad en la que trabajáis cada día con fatiga y dedicación.

Amigos y hermanos: Si, os llamo intencionadamente hermanos porque compartimos el mismo pan. Os llamo hermanos porque todos queremos que el pan, convertido en tal por el trabajo y el esfuerzo espiritual de los hombres, sea un pan justamente repartido, juntos tendemos a que sean satisfechas las necesidades de todos los hombres, de todos los pueblos y naciones.

Pero nosotros somos hermanos también de un modo más profundo y radical: porque compartimos el Pan eucarístico, el Pan y el Vino que se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor. Sólo este Pan es el verdadero garante de una paz y de una justicia fundadas en un amor infinito. Este Pan es prenda de "los cielos nuevos y de la tierra nueva" (2 Pe 3, 13). Este Pan salva la configuración humana del mundo y completa el sentido que el mundo tiene en el cuadro del ordenamiento divino.

Queridísimos: Os encomiendo a todos a la intercesión de María, la mujer fuerte del Evangelio, la bienaventurada del Magníficat. En Ella Dios ha hecho cosas grandes, rechazando a los soberbios y poderosos, a los ricos y a los obstinados, pero ha ensalzado a los humildes y a los pobres.

A todos los trabajadores reunidos aquí, a sus familias, a todos los que escuchan estas palabras y están unidos a nosotros, a todos los trabajadores del mundo, imparto de corazón mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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