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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UNA REUNIÓN
DEL CONSEJO PONTIFICIO "COR UNUM"

Jueves
5 de noviembre de 1981

 

Agradezco cordialmente al señor cardenal Bernardin Gantin, que preside los trabajos de vuestra reunión, los sentimientos que, en nombre vuestro, acaba de expresar. ¡Bienvenidos seáis todos, hombres de Iglesia o miembros de organismos civiles! Realmente sois, en vuestra diversidad y en vuestra complementariedad, un signo tangible de que mi solemne llamamiento en favor del Sahel —lanzado el 10 de mayo de 1980 desde la catedral de Uagadugú— ha sido escuchado y está dando frutos. Permitidme que salude ahora al cardenal Paul Zoungrana, quien, al recibirme el año pasado en su diócesis, brindó la ocasión de sensibilizar a la opinión pública sobre el drama de la sequía que afecta a trece países de África y a millones de africanos.

Desde que mi querido predecesor Pablo VI encargó al Pontificio Consejo Cor Unum que se interesara activamente por este doloroso y persistente problema que tratáis de evaluar en vuestra reunión, se puede hablar legítimamente de un avance de la solidaridad eclesial. ¡Cuántas Iglesias locales en África —lo recuerdo con emoción— han sido las primeras que han abierto su corazón y sus menguados recursos a sus hermanos y hermanas diezmados por la sequía! ¡Cómo no subrayar igualmente el trabajo realizado por la Oficina de Estudios y Relaciones de Alto Volta! Y estos ejemplos africanos han contribuido a que las organizaciones católicas de caridad y de desarrollo —en los países ricos e incluso en los que no lo son tanto— se sientan estimuladas a emprender acciones diversas y convergentes para erradicar esta plaga de África. Es una alegría y un consuelo para mí el ver aquí a los representantes de estos organismos caritativos. Merecen que les felicitemos y les sigamos animando, yo y toda la Iglesia.

Debo mencionar también la generosidad de los fieles que han contribuido en las colectas organizadas a través de todo el mundo católico con el espíritu ciertamente del buen samaritano del Evangelio. Quiero reiterar mi profundo agradecimiento especialmente a los católicos de Alemania Federal que, con ocasión de mi visita pastoral en el último noviembre, hicieron una colecta absolutamente excepcional en favor del Sahel. Todas estas respuestas por parte del pueblo cristiano me mueven a repetir mi solemne llamamiento de Uagadugú, pues ¡queda tanto por hacer! Y os exhorto a darle de nuevo la máxima difusión posible.

Querría aún reavivar en vosotros el espíritu que debe impregnar vuestra acción evangélica de solidaridad. Es evidente, sobre todo, que los donativos recogidos hasta ahora y los que se recogerán en el futuro, han de ser escrupulosamente utilizados en conjurar las terribles catástrofes de las regiones africanas sin agua, y que estas inversiones han de hacerse según el verdadero espíritu de los discípulos de Cristo, es decir, desde el sentido profundo del hombre, que es siempre y en todas partes nuestro hermano en humanidad y que lleva impresa en él la huella de Dios. Al realizar este servicio a las poblaciones en peligro, no se trata de ninguna manera de hacer la competencia ni de ocupar el puesto de los poderes públicos. Muy al contrario. Es indispensable, incluso, actuar en estrecha colaboración con ellos y con otras instancias regionales y mundiales. A este respecto, me satisface saber que representantes del Comité Inter-Estados para la Lucha contra la Sequía en el Sahel (C.I.L.S.S.) de la FAO y del Programa Alimentario Mundial (P.A.M.), tomarán parte en vuestra reunión y no dejarán de aportar sus conocimientos y sus experiencias. En una palabra, cuando se trata de ayudar al hombre la Iglesia desea colaborar, en la medida de sus posibilidades y según el espíritu del Evangelio, con todos los organismos de la sociedad civil. Por otra parte, lo menguado de sus propios recursos materiales hace que deba la iglesia insertarse en un plan de acción acordado y programado, para poder conseguir resultados positivos.

Dicho esto, hay que añadir aún que esta obra eclesial de caridad y de promoción —siempre con este aspecto de integración al que acabo de referirme—, es reivindicada por la Iglesia como un derecho y un deber propios. El Decreto sobre el Apostolado de los laicos (núm. 8) lo recuerda inequívocamente. La Iglesia se esfuerza y se esforzará siempre por sacar adelante este derecho y este deber dejándose impregnar por el Espíritu mismo de Cristo, pero procediendo al mismo tiempo del modo más racional y metódico posible. Todos nosotros pensamos, en efecto, que los organismos caritativos deben superar la simple función de calmantes para que, sin dejar de tener en cuenta las necesidades urgentes, afronten las causas mismas de los males y, en este caso, de la persistente sequía. Es prueba de realismo por su parte el ingeniarse para que las poblaciones locales se interesen por la realización de los objetivos previstos. Una integración así exige un verdadero conocimiento de los lugares y de las personas, un respeto de los factores culturales, una paciencia cuya rentabilidad se comprobará a su debido tiempo. Es importante, pues, que las Iglesias locales afectadas por el drama de la sequía puedan contribuir a formar animadores, capaces de asumir la responsabilidad de los proyectos y de su ejecución.

La Santa Sede, en lo que le atañe, está completamente de acuerdo en insertarse en este plan general de acción, no sólo interpelando y estimulando a las comunidades eclesiales y a los poderes públicos, sino dando ejemplo ella misma y haciendo de este modo actual su peculiar tarea de "presidir en la caridad".

Para que mi solemne llamamiento de Uagadugú tenga un resultado, deseo que, con los donativos que me han sido remitidos y con los que recibiré aún, se lleve a cabo en la región del Sahel una realización concreta, como signo eficaz de mi amor hacia mis hermanos africanos más afectados, y que me son más queridos aún desde mi inolvidable viaje de 1980.

A Dios, fuente de toda caridad, le pido ardientemente que os bendiga a cada uno de vosotros y que fecunde vuestra evangélica labor de solidaridad.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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