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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN COLOQUIO INTERNACIONAL SOBRE
LAS COMUNES RAÍCES CRISTIANAS DE LOS PUEBLOS EUROPEOS


Viernes 6 de noviembre de 1981

 

Ilustres señores:

Con ocasión de estas jornadas de estudio, dedicadas a las "Comunes raíces cristianas de las naciones europeas", habéis deseado esta audiencia para encontraros conmigo.

Al presentaros personalmente a todos vosotros, hombres de cultura de Europa y de todo el mundo reunidos en Roma, mi saludo más sentido, os manifiesto mi agradecimiento, no sólo por esta visita, para mí tan agradable, sino también porque habéis elegido como inspiración y tema de vuestras reflexiones ideas que siento íntimamente arraigadas en mi espíritu y que he tenido oportunidad de manifestar desde el principio de mi pontificado (Discurso del 22 de octubre de 1978), y luego sucesivamente en la homilía en la plaza de la catedral de Gniezno (3 de junio de 1979), en el discurso que tuve en Czestochowa a los obispos polacos (5 de junio de 1979), durante las visitas a Subiaco, a Montecassino, a Nursia con motivo del 1.500 aniversario del nacimiento de San Benito, en el discurso a la Asamblea General de la UNESCO (2 de junio de 1980), y que sobre todo he manifestado abiertamente y sintetizado en la Carta Apostólica "Egregiae virtutis" (31 de diciembre de 1980), con la que he proclamado a los Santos Cirilo y Metodio Patronos de Europa juntamente con San Benito.

Gracias por esta sensibilidad y atención a las ansias apostólicas que caracterizan la vida del Pastor Supremo de la Iglesia, el cual, en nombre de Cristo, se siente también padre afectuoso y responsable de toda la humanidad.

El grito que me salió espontáneo del corazón el día inolvidable en que por vez primera en la historia de la Iglesia un Papa eslavo, hijo de la martirizada y siempre gloriosa Polonia, comenzaba su servicio pontifical, no era sino el eco del anhelo que impulsó a los Santos Cirilo y Metodio a afrontar su misión evangelizadora: "¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad... Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo!... Permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene palabras de vida!".

Vosotros conocéis la vida y las vicisitudes de los dos Santos: bien se puede decir que su existencia se presenta bajo dos aspectos esenciales: un inmenso amor a Cristo y una triple fidelidad.

Su amor apasionado y valeroso a Cristo se manifestó en la fidelidad a la vocación misionera y evangelizados, en la fidelidad a la Sede romana del Pontífice y, finalmente, en la fidelidad a los pueblos eslavos. Ellos anunciaron la verdad, la salvación, la paz, ellos quisieron la paz! Y, por esto, "respetaron las riquezas espirituales y culturales de cada pueblo, bien convencidos de que la gracia traída por Cristo no destruye, sino que eleva y transforma la naturaleza. Por esta fidelidad al Evangelio y a las culturas locales, ellos inventaron un alfabeto particular para hacer posible la transcripción de los libros sagrados a la lengua de los pueblos eslavos, y así, contra las recriminaciones de aquellos que consideraban casi un dogma las tres lenguas sagradas, el hebreo, el griego y el latín (los "pilatiani", como los llamaba San Cirilo), ellos introdujeron la lengua eslava incluso en la liturgia, con autorizada confirmación del Papa, y como primer mensaje tradujeron el "Prólogo" del Evangelio de Juan. "Griegos de origen, eslavos de corazón, confirmados por Roma, son un maravilloso ejemplo de la universalidad cristiana, que derriba fronteras, extingue odios y une a todos en el amor de Cristo, Redentor universal" (Carta del cardenal Secretario de Estado a los fieles participantes en las celebraciones de los Santos Cirilo y Metodio en Velehrad, Checoslovaquia; cf. L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 19 de julio de 1981, pág. 7).

2. La proclamación de los dos Santos Apóstoles de los eslavos como Patronos de Europa juntamente con San Benito quería ante todo recordar el XI centenario de la Carta "Industriae tuae", enviada por el Papa Juan VIII al Príncipe Svatopluk, en junio del año 880, en la cual se alababa y recomendaba el uso de la lengua eslava en la liturgia, y el primer centenario de la publicación de la Carta Encíclica "Grande munus" (30 de septiembre de 1880), con la cual el Pontífice León XIII recordaba a toda la Iglesia las figuras y la actividad apostólica de los dos Santos. Pero con ella, en particular, he querido subrayar que "Europa, considerada geográficamente y en su conjunto, es de algún modo el fruto de la acción de dos corrientes de tradición cristiana, a las que hay que añadir dos formas de culturas diversas, pero, al mismo tiempo, profundamente complementarias" (ib.): Benito abraza la cultura prevalentemente occidental y central de Europa, más lógica y racional, y la expande mediante los varios centros benedictinos en los otros continentes; Cirilo y Metodio ponen de relieve especialmente la antigua cultura griega y la tradición oriental, más mística e intuitiva. Esta proclamación ha querido ser el reconocimiento solemne de sus méritos históricos, culturales, religiosos en la evangelización de los pueblos europeos y en la creación de la unidad espiritual de Europa.

También vosotros, Ilustres señores, venidos de tantas partes del mundo, os habéis detenido a reflexionar sobre este innegable fenómeno de unidad ideal del continente. Los responsables de la Universidad Lateranense. de Roma y de la Universidad Católica de Lublín han querido convocar aquí, en la Ciudad Eterna, junto a la Sede de Pedro, durante cuatro días de intensa actividad, a más de 200 intelectuales de 23 naciones europeas y extraeuropeas, con un esquema de estudio articulado en 12 grupos de trabajo con centenares de relaciones. Dos instituciones de prestigio internacional han invitado a hombres reflexivos y responsables para entablar un diálogo fraterno y constructivo en el espíritu y en el área de la solicitud no sólo de la Iglesia católica, sino también de las supremas Organizaciones mundiales. Se ha seguido apropiadamente una línea de absoluta convergencia: la búsqueda de las raíces cristianas de los pueblos europeos para ofrecer una indicación a la vida de cada uno de los ciudadanos y dar un significado completo y directivo a la historia que estamos viviendo, a veces con alarmante angustia.

Efectivamente, tenemos una Europa de la cultura con los grandes movimientos filosóficos, artísticos y religiosos que la distinguen y la hacen maestra de todos los continentes; tenemos la Europa del trabajo que, mediante la investigación científica y tecnológica, se ha desarrollado en las diversas civilizaciones, hasta llegar a la actual época de la industria y de la cibernética; pero está también la Europa de las tragedias de los pueblos y de las naciones, la Europa de la sangre, de las lágrimas, de las luchas, de las rupturas, de las crueldades más espantosas. También en Europa, a pesar del mensaje de los grandes espíritus, se ha hecho sentir pesado y terrible el drama del pecado, del mal que, según la parábola evangélica, siembra en el campo de la historia la funesta cizaña. Y hoy, el problema que nos angustia es precisamente salvar a Europa y al mundo de catástrofes ulteriores.

3. No cabe duda de que el Congreso en el que participáis tiene directamente un programa y un valor científico. Pero no basta quedarse en el plano académico. Es preciso buscar también los fundamentos espirituales de Europa y de cada nación, para hallar una plataforma de encuentro entre las varias tensiones y las diversas corrientes de pensamiento, a fin de evitar ulteriores tragedias y, sobre todo, para dar al hombre, a "cada uno" de los que caminan por varios senderos hacia la Casa del Padre, el significado y la dirección de su existencia.

He aquí, pues, el mensaje de Benito, de Cirilo y Metodio, de todos los místicos y santos cristianos, el mensaje del Evangelio, que es luz, vida, verdad, salvación del hombre y de los pueblos. Efectivamente, ¿a quién dirigirse para conocer el "por qué" de la vida y de la historia sino a Dios, que se ha hecho hombre para revelar la verdad salvífica y para redimir al hombre del vacío y del abismo de la angustia inútil o desesperada? "Cristo Redentor —he escrito en la Encíclica Redemptor hominis— revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es... la dimensión humana del misterio de la redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad... El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo... debe con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en El con todo su ser..." (núm. 10).

¡Europa tiene necesidad de Cristo! ¡Es preciso entrar en contacto con El, apropiarse su mensaje, su amor, su vida, su perdón, sus certezas eternas y exaltantes! Es necesario comprender que la Iglesia querida y fundada por El, tiene como finalidad única transmitir y garantizar la verdad que El ha revelado, y mantener vivos y actuales los medios de salvación que ha instituido, es decir, los sacramentos y la oración. Esto lo comprendieron espíritus selectos y reflexivos, como Pascal, Newman, Rosmini, Soloviev, Norwid.

Nos encontramos en una Europa en la que se hace cada vez más fuerte la tentación del ateísmo y del escepticismo; en la que arraiga una penosa incertidumbre moral, con la disgregación de la familia y la degeneración de las costumbres; en la que domina un peligroso conflicto de ideas y de movimientos. La crisis de la civilización (Huizinga) y el ocaso de Occidente (Spengler) sólo significan la extrema actualidad y necesidad de Cristo y del Evangelio. El sentido cristiano del hombre, imagen de Dios, según la teología griega tan amada por Cirilo y Metodio y profundizada por San Agustín, es la raíz de los pueblos de Europa y es necesario remitirse a ello con amor y buena voluntad para dar paz y serenidad a nuestra época: sólo así se descubre el sentido humano de la historia, que en realidad es "Historia de la salvación".

4. Ilustres y queridos señores:

Quiero concluir recordando el último gesto y las últimas palabras de un gran eslavo, vinculado por un profundo amor a Europa, Fedor Mijailovich Dostoievski, que murió hace 100 años, la tarde del 28 de enero de 1881 en Petersburgo. Gran enamorado de Cristo, había escrito: «...La ciencia sola no completará nunca todo el ideal humano y la paz para el hombre: la fuente de la vida y de la salvación de la desesperación para todos los hombres, la condición sine qua non y la garantía para todo el universo se encierran en las palabras "El Verbo se hizo carne" y "la fe en estas palabras"» (F. M. Dostoievski, Los Demonios. Apuntes para "Los Demonios", Sansoni, Florencia, 1958). Antes de morir se hizo traer y leer aún el Evangelio que le había acompañado en los dolorosos años de la prisión en Siberia y se lo entregó a los hijos.

Europa tiene necesidad de Cristo y del Evangelio, porque aquí están las raíces de todos los pueblos. ¡Escuchad también vosotros este mensaje!

Os acompañe mi bendición, que con gran efusión os imparto en el nombre del Señor.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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