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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
NUMEROSOS PEREGRINOS DE MILÁN Y ALEJANDRÍA, ITALIA,
Y A UN GRUPO DE JURISTAS CATÓLICOS FRANCESES


Sábado 14 de noviembre de 1981

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Grande es mi alegría hoy, al encontrarme con vosotros en esta audiencia extraordinaria que ve reunidos en la común fe y alegría a tan numerosos peregrinos de dos amadísimas diócesis: Milán y Alejandría.

Saludo cordialmente al arzobispo de Milán, mons. Carlo Maria Martini, dirigiendo un recuerdo especial al querido cardenal Giovanni Colombo, a los obispos auxiliares y a los vicarios episcopales. Saludo también a los sacerdotes, religiosos, seminaristas, representantes de los colegios y de las diversas asociaciones, a los fieles de la gran archidiócesis, que han venido a la Sede de Pedro para comenzar de modo solemne, con la bendición del Papa, los preparativos para una digna y eficaz celebración del Congreso Eucarístico Nacional, en mayo de 1983, y luego, al año siguiente, la del IV centenario de la muerte de San Carlos.

Saludo al obispo de Alejandría, mons. Ferdinando Maggioni, juntamente con las autoridades religiosas y civiles y los fieles de la diócesis, que han venido a Roma para honrar al gran Papa Alejandro III, de quien tomó el nombre la ciudad, al celebrarse el VIII centenario de su muerte.

Al dirigirme a todos los presentes, quiero abrazar con mi afecto también a las comunidades que representáis: llevad el saludo del Papa a vuestros familiares y amigos, a todos los habitantes de vuestras tierras tan industriosas y fecundas, a los pequeños y a los adultos, a los trabajadores de las fábricas y de los campos, a los intelectuales y a los profesionales, a los responsables de la vida civil y social, y particularmente a los enfermos y a los que sufren. Llevadles la seguridad de que el Papa tiene a todos presentes, ora por todos e invoca sobre cada uno la abundancia de los celestiales favores de cristiana y confiada serenidad.

Al saludo que os presento está unida la más viva gratitud por vuestra peregrinación; signo de convencida y apasionada fidelidad a la Iglesia. Efectivamente, si estáis aquí, es porque vuestra fe quiere ser viva y vivida: sois cristianos y católicos; queréis sentiros estrechamente ligados al mensaje de Cristo y al Magisterio indefectible de su Iglesia, "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15). ¡Realmente es una cosa grande creer en Cristo y en la Iglesia! Es una riqueza incomparable, un privilegio estupendo, una vocación maravillosa, que da luz a la vida y significado a toda la historia. Es también un mérito, que encontrará la recompensa eterna y, a la vez, es también una responsabilidad. El cristiano que ha comprendido el valor definitivo de la fe en Cristo y en la Iglesia, siente la preocupación continua y apremiante de ser digno de ella, de vivirla con coherencia y valentía, de testimoniarla con ansia apostólica.

Por esto, mi complacencia por vuestra fe va unida a la exhortación a un compromiso cada vez más ferviente de auténtica vida cristiana, en la gracia de Dios, en la profundización de la doctrina, en el ejercicio generoso de la caridad.

2. Quisiera sugeriros ahora algunas reflexiones que os puedan servir para vuestra conducta práctica, partiendo de los motivos de vuestra peregrinación romana.

Dentro de dos años se celebrará, pues, en Milán el Congreso Eucarístico Nacional: un congreso de estas características es siempre un acontecimiento sacro de gran importancia, mucho más cuando es a nivel nacional. Efectivamente, él debe comprometer a toda la comunidad, y cada uno individualmente debe sentirse responsabilizado por su feliz éxito. Pero, ¿en qué debe consistir este feliz éxito? En el contexto de la sociedad agnóstica en la que vivimos, dolorosamente hedonista y permisiva, es esencial profundizar en la doctrina que se refiere al augusto misterio de la Eucaristía, de manera que se pueda adquirir y mantener íntegra la certeza acerca de la naturaleza y la finalidad del Sacramento que se puede llamar justamente el centro del mensaje cristiano y de la vida de la Iglesia. La Eucaristía es el misterio de los misterios, por esto, su aceptación significa acoger totalmente el mensaje de Cristo y de la Iglesia, desde los preámbulos de la fe, hasta la doctrina de la redención, hasta el concepto de sacrificio y de sacerdocio consagrado, hasta el dogma de la "transubstanciación", hasta el valor de la legislación en materia litúrgica. Hoy es necesaria, ante todo, la certidumbre para volver a situar en su exacto lugar central a la Eucaristía y al sacerdocio, para valorar en su justo sentido la Santa Misa y la comunión, para retornar a la pedagogía eucarística, fuente de vocaciones sacerdotales y religiosas, y fuerza interior para practicar las virtudes cristianas, entre las cuales está especialmente la caridad, la humildad y la castidad. Hoy es tiempo de reflexión, de meditación, de oración para volver a dar a los cristianos el sentido de la adoración y el fervor: sólo de la Eucaristía, profundamente conocida, amada y vivida, se puede esperar esa unidad en la verdad y en la caridad, querida por Cristo y propugnada por el Concilio Vaticano II. Os toca a vosotros, milaneses, actuar de tal manera que el próximo Congreso Eucarístico sea fuente de claridad doctrinal y centro propulsor de fervor litúrgico para toda la querida Italia. ¡El Papa tiene confianza en vosotros! ¡Bendiga el Señor vuestros esfuerzos y propósitos! Que os ayuden y os inspiren vuestros grandes arzobispos: San Ambrosio y San Carlos Borromeo, y los Siervos de Dios Andrea Ferrari e Ildefonso Schuster, cuya acción y cuyo recuerdo todavía están presentes y son eficaces en la tierra milanesa

3. Los peregrinos de Alejandría han venido a Roma para celebrar con particular solemnidad un acontecimiento de naturaleza y de alcance eclesial. El VIII centenario de la muerte de Alejandro III, el Papa en cuyo honor fue construida la ciudad, al haber aceptado presidir la célebre "Liga Lombarda" contra el Emperador Federico Barbarroja, nos hace volver con la memoria a un período bastante difícil y complicado de la historia de la Iglesia. El cardenal Rolando Bandinelli de Siena, docto teólogo e insigne jurista, al llegar a ser Pontífice el 7 de septiembre de 1159, tuvo que llevar una cruz bien pesada: su largo pontificado estuvo marcado por las continuas luchas contra el Emperador para salvaguardar los derechos de la Iglesia, por el cisma que se alargó en el tiempo con la sucesión de nada menos que 4 antipapas, por la corrupción que se infiltraba en todo lugar, por las frecuentes guerras que esparcían miserias, crueldades, persecuciones. Pero finalmente el Emperador se sometió a Alejandro III, se hizo la paz en la Iglesia y el Papa, regresando definitivamente a Roma, pudo convocar el Concilio Lateranense III, que fue el XI Concilio Ecuménico. Este período de historia turbio y dramático, ya tan lejano, nos enseña, sin embargo, a ser siempre y en todas partes portadores de paz. Por muy agitados que sean los acontecimientos de la historia humana, el cristiano sabe que su deber es poseer la paz y llevarla a los hermanos, íntimamente unido al Papa, que en toda la Iglesia es el garante y el animador de la paz. Sea éste el propósito que nazca para todos vosotros de las solemnidades conmemorativas.

4. Queridísimos: He aquí lo que me apremiaba deciros en este encuentro tan lleno de alegría y de afecto. "Por lo demás —concluiré con San Pablo—, alegraos, perfeccionaos, exhortaos, tened un mismo sentir, vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz será con vosotros" (2 Cor 13, 11).

Os acompañe y sostenga la maternal protección de María Santísima, juntamente con mi benévola bendición apostólica, que os imparto de corazón y gustosamente hago extensiva a todos vuestros seres queridos.

Me es grato saludar también a un grupo de juristas católicos de Francia, profesores, magistrados, abogados, notarios, ujieres y estudiantes, que han querido venir a Roma para estudiar, cerca de las instancias responsables, cómo administra la Santa Sede la justicia, y para reflexionar sobre los derechos de los padres en la educación. Como laicos católicos, procuráis abordar estos problemas jurídicos con la competencia que exige vuestra profesión y con las convicciones de la fe y de la ética cristiana en que os inspiráis. Os deseo que vuestro testimonio produzca los mejores frutos, en este tiempo en que se han oscurecido untos valores religiosos y morales, y esto dialogando y colaborando con las otras instancias que persiguen el mismo fin, y en comunión con quienes han sido constituidos Pastores de vuestras comunidades cristianas y que son en ellas los primeros responsables de la manera de formar las conciencias. Desde este lugar, santificado por los Apóstoles Pedro y Pablo, os digo lo mismo que a todos los que me visitan: "Contribuid desde vuestro puesto a edificar la Iglesia", e invoco sobre vuestras personas, vuestras familias y vuestras responsabilidades profesionales y apostólicas la luz y la fuerza de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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