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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. ANTONIO CORRÊA DO LAGO
EMBAJADOR DEL BRASIL ANTE DE LA SANTA SEDE*

Jueves 21 de noviembre de 1981

 

Señor Embajador:

Hace algunos meses inició Vuestra Excelencia su misión ante la Santa Sede, después del encuentro con el Cardenal Secretario de Estado. Hoy recibo con mucha satisfacción las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Federativa de Brasil ante la Santa Sede, por el prematuro fallecimiento del Embajador Espedito de Freitas Resende.

Ante todo, deseo dar una cordial bienvenida a Vuestra Excelencia y asegurarle que siempre tendrá aquí las puertas y el corazón abierto para ayudarle en el cumplimiento de su alta y noble misión de cuidar y fomentar las fructuosas relaciones existentes entre la Santa Sede y su País. Se hará todo lo posible para que su misión sea fecunda y su estancia en la Ciudad Eterna feliz.

Agradezco sinceramente los respetuosos saludos y augurios del Señor Presidente, de los que Vuestra Excelencia es portador. Quisiera confesarle que quedé profundamente impresionado ante la actitud de participación en mi sufrimiento por parte de las autoridades y del querido pueblo de Brasil. Ciertamente ya lo podía presentir. En verdad, después de doce días de peregrinar por tierras de Santa Cruz, traje profundamente grabadas en el alma tantas imágenes de vida y de belleza; pero, sobre todo, he guardado inolvidable el recuerdo del hombre concreto e histórico, que en multitudes entusiasmadas vino al encuentro del Sucesor de Pedro, para saludarlo y para testimoniarle su fe viva en Cristo.

Como manifiesta en su discurso, las relaciones amistosas entre la Sede Apostólica y Brasil, que existen ininterrumpidamente desde hace más de un siglo y medio, son reflejo de la vida y de la cultura ancestral de sus gentes. Desde el año 1500, una pléyade de misioneros, entre los cuales se distingue el Beato José de Anchieta, «en peligros ...arrostrados, más de lo que permitía la fuerza humana», ofreciendo lo mejor de sí mismos – la propia vida – llevaron por todas partes el mensaje del Evangelio.

Cuanto Vuestra Excelencia afirma viene a corroborar mi profunda convicción de que el alma brasileña está intrínsecamente marcada por su rico patrimonio religioso. Y la Iglesia, juntamente con el pueblo brasileño, quiere continuar el camino, consciente de su misión esencialmente espiritual, que intenta llevar al conocimiento y al amor de Dios y del prójimo, participando en la misma suerte terrena de los hermanos, fomentando las iniciativas que sirven a los valores integrales del hombre, a su dignidad y promoción, a la consolidación de la familia y al bienestar de la sociedad.

El pasado abrió las sendas del presente que, con el dinamismo y la buena voluntad de sus hombres, iluminados por la fe y guiados por la caridad, construirán una sociedad más fraterna, en la cual todos sus miembros puedan realizarse en plenitud.

Señor Embajador: Estos son los votos que formulo para Brasil, que siempre recuerdo con nostalgia. Le ruego que transmita al Señor Presidente de la República, que hace poco retornó felizmente al ejercicio de sus altas funciones, mis cordiales sentimientos y los mejores deseos de bienestar; a las autoridades y al querido pueblo brasileño mis afectuosos saludos con las bendiciones de Dios.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1982 n.4 p.15.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana

 

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