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VISITA A LA CASA CENTRAL DE LOS HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS JÓVENES


Sábado 21 de noviembre de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas,
queridísimos estudiantes:

1. Me siento particularmente feliz de encontrarme hoy con vosotros, que habéis venido aquí tan numerosos de varias partes de Italia en representación de las escuelas católicas de La Salle.

A vosotros, superiores y, en primer lugar, al superior general, a vosotros, profesores, alumnos, familiares y ex-alumnos, va mi saludo más cordial, que se inspira en sentimientos de sincera estima y afecto.

2. Al encontrarnos ahora aquí, tan cerca y casi a la sombra del santuario de San Juan Bautista de La Salle, donde se conservan sus veneradas reliquias, brota espontáneamente del espíritu el pensamiento agradecido a Dios, dador de todo bien, por haber inspirado al fundador la institución de las Escuelas Cristianas.

La preocupación primaria de formar buenos maestros; la inserción de los alumnos y de los padres en la acción educativa; el clima fraterno de las relaciones entre los profesores y los alumnos, fundado en el respeto, la confianza y el amor; la válida formación religiosa alimentada por la catequesis y la vida litúrgica: la fundación de escuelas diversificadas según las necesidades de la juventud de su tiempo: para los niños pobres, para los hijos de los artesanos, para los obreros, para los maestros..., e incluso el uso de la lengua materna, son la demostración evidente y concreta de la gran atención que San Juan Bautista de La Salle tuvo por el hombre y por los signos de los tiempos, y representan felices intuiciones pedagógicas, proféticas y anticipadoras.

En esta circunstancia, me place señalar ahora, en su rica espiritualidad, el amor profundo a la oración y a la meditación de la Palabra, la filial devoción a María, por la que era conocido como "el sacerdote del Rosario", y finalmente la inquebrantable fidelidad al Romano Pontífice: precisamente por esto, desde los orígenes del instituto, envió a Roma dos Hermanos, para ponerlos a disposición del Papa.

"Debéis manifestar a la Iglesia el amor que tenéis por ella. Debéis darle prueba de vuestro celo, puesto que trabajáis para la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo. Sois ministros de la Iglesia para la misión que Dios os ha dado como dispensadores de su Palabra" (M. P., 201, 2). Esto ha dejado escrito para vosotros el fundador, queridos hermanos, y también yo os exhorto a esto.

3. La Iglesia tiene mucho interés por vuestras escuelas católicas. Efectivamente, "la escuela católica forma una comunidad auténtica y verdadera que, cumpliendo su tarea específica de transmisión cultural, ayuda a cada uno de sus miembros a comprometerse en un estilo de vida típicamente cristiano. De hecho, en una comunidad semejante, el respeto al prójimo es servicio a la persona de Cristo, la colaboración se realiza bajo el signo de la fraternidad, el compromiso político por el bien común es asumido con plena responsabilidad, como una misión para la construcción del reino de Dios", se lee en la Declaración publicada el 19 de marzo de 1977 por la Sagrada Congregación para la Educación Católica (núm. 60).

Sed fieles al carisma de vuestro instituto, sed fieles a vuestra original vocación de "apóstoles de la escuela". Vocación realmente ardua, que comporta renuncias y sacrificio, entrega total a la misión educativa, confianza inagotable en los jóvenes y un amor grande por el Señor, alimentado en la oración asidua, ya que "es Dios quien da el crecimiento" (1 Cor 3, 7).

Que os sirva de consuelo y de estímulo en vuestro precioso apostolado por la Iglesia mi viva complacencia.

A vosotros y a vuestros colaboradores laicos, que cooperan válidamente al logro de los fines particulares de las escuelas católicas de La Salle, se dirige el documento conciliar Gravissimum educationis, cuando afirma: "Recuerden los maestros que de ellos depende, sobre todo, el que las escuelas católicas puedan realizar sus propósitos e iniciativas... Unidos entre sí y con los alumnos por la caridad e imbuidos de espíritu apostólico, den testimonio, tanto con su vida como con su doctrina, del único Maestro, Cristo" (núm. 8).

4. A vosotros, estudiantes que, con vuestra numerosa y alegre presencia, mientras expresáis el afecto al Papa, tratáis de manifestar también la gratitud y el afecto a vuestros educadores, deseo deciros: estad agradecidos a estos estupendos Hermanos, que con amor y sacrificio cuidan de vuestra formación humana y cristiana.

Sabed apreciar el don y el privilegio de frecuentar las escuelas católicas; sabed hacer fructificar este "talento" que os ha sido dado.

La primera actitud que debéis tener es la de la escucha atenta y la acogida del mensaje evangélico que la escuela os propone. ¡"Abrid a Cristo vuestro corazón joven, no tengáis miedo a Cristo"! El es quien os salva, El es quien puede saciar todas vuestras aspiraciones. El es quien puede entretejer de alegría vuestra vida.

La segunda actitud que se os pide es la de un empeño diligente para conseguir una esmerada preparación cultural, moral y social. La Iglesia os mira con confianza, porque de vosotros depende un futuro mejor para la sociedad y para la civilización.

Por esto, el alumno cristiano está gozosamente abierto a todos los valores humanos de la verdad, del bien y de la belleza, para realizar en sí mismo la fecunda síntesis de fe, cultura y vida, y tiende a transmitir a los otros el mensaje recibido.

5. A vosotros, padres, a quienes por derecho natural corresponde en primera instancia la función educadora de los hijos, os dirijo la exhortación apremiante a que seáis conscientes de esa responsabilidad. "Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos" (Gravissimum educationis, 3).

La elección de las escuelas católicas presupone, pues, una elección educativa y la adhesión leal al proyecto educativo inspirado en los valores eternos del cristianismo.

Comporta, además, sintonía y cooperación entre escuela y familia en la propuesta coherente de valores, de modelos y de comportamientos; por tanto, es preciso favorecer las ocasiones y los instrumentos para construir juntos una vital "comunidad educadora"

Queridos hermanos y hermanas: Como conclusión de este encuentro quiero renovar la expresión de mi aprecio por la meritoria acción educativa de las escuelas católicas de La Salle, que han adquirido innumerables méritos en los 300 años de su historia.

Hago extensivo este aprecio a todas las escuelas católicas, animando el esfuerzo sincero de todos los que trabajan en ellas, para ofrecer al mundo una imagen límpida y legible de testimonio cristiano, en comunión profunda con la Iglesia local.

Mis más cordiales deseos de todo bien para todos vosotros, y acompaño estos deseos con mi bendición apostólica, para ayuda de vuestras aspiraciones y propósitos.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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