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VISITA A LA CASA CENTRAL DE LOS HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 21 de noviembre de 1981

 

Después de haber estado con vuestros alumnos procedentes de todo el mundo, después de habernos encontrado nuevamente todos alrededor del altar, en oración unánime y ferviente, no quiero terminar esta jornada sin dirigiros una palabra especial de aprecio y de estímulo a vosotros, queridos Hermanos de las Escuelas Cristianas, que representáis a los miles de Hermanos esparcidos por todas las partes del mundo.

1. La carta que os dirigí el 13 de mayo de 1980, con ocasión de la apertura del año conmemorativo del III centenario de la fundación de vuestro instituto, expresaba lo esencial de mi pensamiento. Durante más de un año habéis celebrado este jubileo en distintos lugares, meditando sobre la fidelidad al carisma de vuestro fundador. Dicho carisma —conviene recordarlo— es el de haber concebido la escuela a disposición de todos, y especialmente de los pobres, como una comunidad educadora, según la visión cristiana, es decir, fundada sobre el amor, capaz de formar la mente al mismo tiempo que el espíritu de los niños y de los adolescentes, gracias a maestros debidamente preparados y competentes, consagrados también ellos a Dios, habituados a la oración y viviendo como hermanos en la escuela del único Maestro, Jesucristo. Las escuelas católicas encuentran aquí su inspiración y su modelo.

2. Como en los orígenes de vuestro instituto, este apostolado sigue siendo de una importancia primordial, incluso de viva actualidad, sobre todo cuando la insuficiencia de educadores abnegados, competentes y desinteresados que se hace sentir por todas partes, cuando el estatuto de la escuela católica necesita ser reafirmado, asumiendo modalidades diversas, según los países, y cuando su ideal educativo necesita ser revalorizado.

Conozco muy bien los esfuerzos que hacéis, en el ámbito de vuestra acción educadora, para estar a la escucha de las necesidades reales de los jóvenes, mediante una pedagogía centrada sobre las personas; recibid por ello mi felicitación y agradecimiento. Estoy seguro también de que tenéis vivo interés en trabajar con los padres y con sus asociaciones.

La obra que desempeñáis, en unión con las demás congregaciones de hombres y mujeres consagrados a la formación de los jóvenes y en colaboración con tantos maestros seglares, forma parte del conjunto de una pastoral, cuyo responsable primero y principal son cada obispo y las Conferencias Episcopales. Como decía ayer, hablando a los miembros de la asamblea plenaria de la Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, es necesario que se intensifiquen mutuamente entre obispos y religiosos y entre los mismos institutos religiosos lazos de confianza, de comprensión y de colaboración, para hacer frente a las necesidades actuales, sobre todo cuando surgen problemas de reestructuración, respetando, por supuesto, vuestro carisma y vuestra vida religiosa.

3. Por lo que se refiere al camino espiritual que invitáis a recorrer con vosotros mismos a los jóvenes, podéis recordar aquella hermosísima exhortación de vuestro santo fundador: "Los jóvenes que Dios os confía son hijos de Dios; lo mismo que vosotros están consagrados a la Trinidad desde su bautismo". Vuestra misión consiste, por tanto, en desarrollar las consecuencias de su origen espiritual, en un clima de confianza, de paciencia y de libertad bien entendida; lo cual supone: despertar su fe, fortalecerla o hacer que la descubran de nuevo con una catequesis viva y renovada, siguiendo las orientaciones de la jerarquía; formarlos en la oración, si es necesario, mediante retiros apropiados: ayudarles a aceptar las exigencias evangélicas como caminos de liberación, de vida y de entrega; enseñarles a amar a la Iglesia y a ocupar en ella un puesto activo, a asumir sus responsabilidades propias de hombres y de cristianos en medio de su ambiente, con espíritu de servicio; fomentar en ellos el deseo de colaborar con los países menos favorecidos; cultivar convenientemente su preocupación misionera. Y para con los alumnos que no comparten la fe católica es igualmente de máxima importancia el testimonio de vuestra abnegación sincera, de vuestro respeto de las conciencias, el testimonio de los valores espirituales y morales que enseñáis: todo esto forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia.

4. Para vosotros, el servicio de educación que prestáis a la sociedad y a la Iglesia es obra propia de religiosos. Esto quiere decir que tenéis que cultivar en la oración y en la fidelidad diaria a vuestros votos el alma de vuestro apostolado. En mi carta insistía sobre la vida de oración, que es capital. Quisiera subrayar otro elemento fundamental dé Vuestra vida religiosa, del que San Juan Bautista de La Salle no sólo es maestro, sino también modelo: me refiero a la vida comunitaria.

La celebración del III centenario ha puesto ante vuestros ojos los comienzos laboriosos de vuestro instituto, llenos de dificultades exteriores y también interiores: los primeros discípulos, contestados por todas partes, sin ninguna seguridad del mañana, se veían asaltados por violentas tentaciones de desánimo y de abandono. Fue entonces cuando el de La Salle, renunciando a sus privilegios de canónigo, decidió compartir su estilo de vida en medio de ellos; se despojó de su comodidad para hacer suya la inseguridad material de aquellos primeros discípulos. Puesto todo en común a partir de entonces, los "Maestros de la escuela", convertidos en "Hermanos de las Escuelas Cristianas", no tuvieron ya sino un solo corazón y un espíritu, a imagen de la primera comunidad cristiana.

¡Qué inapreciable manantial de meditación para vosotros, queridos Hermanos, metidos en un mundo que va descubriendo el sentido comunitario! Os invito de todo corazón a vivir intensamente esa vida fraterna. Los jóvenes de nuestro tiempo son especialmente sensibles al testimonio de una comunidad unida en la caridad y en la entrega de sí a los demás; en ella descubren a Cristo y esta presencia suya es algo que los atrae.

5. ¡Qué campo tan maravilloso de apostolado se os ha confiado! El mismo requiere que cada Hermano se sienta consolidado en su interior en el trato con Jesucristo, que constantemente le pregunta, como a Pedro: "¿Me amas de verdad"; lo haces por amor?

Sí, que Cristo, a quien mañana celebraremos como Rey del universo, reine en vuestros corazones, y que su reino de amor y de santidad se extienda gracias a todos los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Que El sea vuestra alegría y vuestra fuerza. Que llame a trabajar con vosotros a nuevos obreros del Evangelio. Que la Virgen María os conserve en la escuela de Cristo. Que San Juan Bautista de La Salle os guíe con seguridad por caminos viejos y nuevos a la vez. Bendigo de todo corazón a los responsables de vuestra congregación y, con ellos, a todos sus Hermanos que cumplen humildemente su tarea en todas las partes del mundo.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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