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VISITA PASTORAL A COLLEVALENZA, ORVIETO Y TODI

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS REUNIDOS EN EL INTERIOR DEL TEMPLO

Santuario del Amor Misericordioso
Domingo 22 de noviembre de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Con emoción particular os dirijo la palabra en este momento que precede a la celebración de la Santa Misa en este santuario del Amor Misericordioso. Deseo expresaros ante todo mi afecto, testimoniaros mi aprecio y exhortaros a perseverar con coraje en el difícil camino en que os ha puesto la Providencia de Dios que, si con frecuencia resulta misteriosa en su designios, siempre está movida por un amor infinitamente sabio y solícito.

En el Evangelio son frecuentes los encuentros de Jesús con personas enfermas. No permaneció indiferente ante ninguna situación de sufrimiento humano, sino que tuvo para todos un gesto de ayuda y una palabra de consuelo. Esta actitud suya se transmitió a la Iglesia que de El ha aprendido a amar a los enfermos y a preocuparse de proporcionarles la ayuda concreta que las circunstancias permitían, junto con la palabra iluminadora de la fe.

2. Comprenderéis, pues, por qué el Papa desea encontrarse con quien sufre, y siente que es deber particular suyo dar a cada uno el testimonio renovado del amor de Dios y la invitación urgente de reavivar la esperanza. Desde que Cristo tomó sobre sí el sufrimiento, éste asumió un valor inestimable, se transformó en fuente de energía salvadora para la persona que lo padece y para todo el género humano.

Consentidme, pues, que os diga también a vosotros lo mucho que espero de la contribución que podéis prestar vosotros a la causa del Reino de Cristo en el mundo. La liturgia nos invita hoy a meditar en la naturaleza y suerte de este Reino. Ya que, como sabéis, Jesús no lo ha conquistado con la fuerza ni ha confiado su porvenir a la violencia de las armas. Regnavit a ligno Deus! Dios reinó desde la cruz.

Precisamente con el sufrimiento y la muerte venció Jesús las fuerzas del mal, trastocando la situación desesperada en que se encontraba la humanidad y conquistando para cada hijo de Adán el derecho a ser ciudadano de ese Reino de amor y de libertad que, preanunciado aquí abajo en la Iglesia, tendrá actuación plena en el cielo.

3. La muerte de Cristo en cruz ha marcado para siempre la historia humana; pues ya en el encuentro dramático entre el bien y el mal del que ésta es escenario y testigo, la aportación más valiosa a la consolidación de las fuerzas del bien, sólo podrá prestarse mediante el sufrimiento aceptado y ofrecido en comunión amorosa con el Hijo de Dios que renueva sobre el altar la suprema inmolación actuada "una vez por todas" en el Gólgota.

¿Cómo no reflexionar sobre esta dimensión misteriosa y fascinante de la participación humana en la redención, ahora que vamos a dar comienzo a la celebración de la Eucaristía, en la que Jesús estará una vez más entre nosotros en la realidad de su Pascua de muerte y resurrección?

¡Dadme vuestros sufrimientos, hermanos y hermanas! Los llevaré al altar para ofrecerlos a Dios Padre en unión con los de su Hijo unigénito, y para implorar en nombre de aquéllos paz para toda la Iglesia, comprensión mutua entre las naciones, humildad de arrepentimiento para quien ha pecado, generosidad de perdón en quien ha sido ofendido y, para todos, el gozo de una nueva experiencia del amor misericordioso de Dios. La Virgen Santísima, que "estaba al pie de la cruz de Jesús" (cf. Jn 19, 25) mientras El moría, suscite en vuestros corazones los sentimientos que cuadran a esta hora de luz y gracia. Amén.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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