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 ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE TANZANIA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Viernes 9 de octubre de 1981

 

Queridos hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

1. Después de un largo período de. convalecencia, es una alegría para mí encontrarme de nuevo con mis hermanos en el Episcopado. Me resultó muy agradable reanudar las audiencias ad Limina al principio de la semana pasada recibiendo al primer grupo de obispos de Tanzania, y en particular al cardenal Rugambwa. Durante mi visita a África tuve ocasión de expresar públicamente mi profunda estima hacia él, evocando su largo y fiel servicio como obispo y sus dos decenios como cardenal. Con profundo afecto en Cristo Jesús Os doy la bienvenida, y dirijo mi palabra de aliento fraternal a vosotros y a toda la jerarquía de vuestro país. Asimismo, aprovecho esta ocasión para enviar mis respetuosos y cordiales saludos a Su Excelencia el Presidente de la República.

2. Como Pastores celosos de la grey habéis venido a Roma para ofrecer vuestras Iglesias locales a Jesucristo —para ofrecérselas en la unidad católica—. Habéis venido para encomendar el destino de vuestro pueblo ante aquel "que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre" (Ap 1, 5). Traéis las alegrías y las penas, las esperanzas y aspiraciones de miles de personas y de numerosas comunidades eclesiales. Estad seguros, queridos hermanos, que vuestro ofrecimiento es agradable al Señor, que permanece siempre con su Esposa, la Iglesia.

3. Al mismo tiempo habéis venido para renovar vuestra propia misión como obispos. Al hacerlo así, quiero que sepáis que yo me uno a vosotros en la oración. Como Obispo de Roma, hermano y compañero vuestro en el servicio al Evangelio, deseo poner de relieve ante todo vuestra importante función pastoral, vuestra gran dignidad como guías y servidores del Pueblo de Dios. Deseo alabaros por los esfuerzos comunes que habéis realizado, pues todo lo hacéis a imitación de Jesús, el Buen Pastor. Asimismo deseo animaros a continuar afrontando tenazmente los problemas pastorales de cada día, buscando juntos las soluciones realistas, en consonancia con la realidad de la Palabra de Dios y su omnipotente poder, con la plena seguridad de que "lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios" (Lc 18, 27). Jesús mismo ha dado las normas para nuestro pueblo; y él da también la gracia. Nos corresponde a nosotros presentar la doctrina del Señor en toda su plenitud, esperando pacientemente que él toque los corazones de los hombres y conceda una buena cosecha. En efecto, debemos estar convencidos que él "es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos" (Ef 3, 20). Nuestro pecado consistiría en dudar del poder infinito de la gracia de Cristo.

4. Está claro que debemos mantener nuestras prioridades evangélicas: aquellos valores esenciales que afectan a la auténtica vida de las comunidades cristianas. En particular, yo os pediría que continuaseis haciendo el máximo esfuerzo en la promoción de la instrucción catequética, la educación religiosa y la formación idónea de vuestros seminaristas. Como obispos mostrad vuestro interés pastoral por los sacerdotes y dadles pruebas de vuestro amor fraternal, para que ellos, a su vez, puedan ser instrumentos eficaces en el ministerio de salvación.

5. En todo lo que hagáis, mantened una visión de la Iglesia como comunidad reunida alrededor de Cristo, una comunión edificada por medio de su santa palabra, nutrida con su Cuerpo y su Sangre, y amada por su Padre del cielo. Las Iglesias locales a las cuales entregáis vuestras vidas son las comunidades de vuestro propio y amado pueblo —el pueblo peregrino de Dios— que forma su Cuerpo místico y se esfuerza por vivir su verdadera vida dentro de las costumbres de sus propias culturas —purificadas y elevadas por el Evangelio salvífico de Jesús— y en medio de los acontecimientos de la vida diaria. Este fue mi pensamiento cuando me dirigí a los obispos reunidos en Nairobi y dije: "Respetando, preservando y fortaleciendo los valores particulares y ricos de herencia cultural de vuestro pueblo, estaréis en disposición de conducirlo hacia una mejor comprensión del misterio de Cristo, que ha de ser vivido en las experiencias nobles, concretas y cotidianas de la vida africana. No se trata de adulterar la Palabra de Dios, o de vaciar de su poder la cruz (cf. 1 Cor 1, 17), sino más bien de llevar a Cristo al centro mismo de la vida africana y de elevar toda la vida africana a Cristo. De este modo no sólo el cristianismo será relevante para África, sino que el mismo Cristo será africano en los miembros de su Cuerpo" (cf. Discurso a la Conferencia episcopal de Kenia, 7 de mayo de 1980; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de mayo de 1980, pág. 13).

Administrar el Cuerpo de Cristo, guiar a su pueblo a la plena madurez cristiana, tal es vuestra vocación como obispos. Sí, éste es vuestro ministerio: elevar toda la vida africana a Cristo, el cual se ha hecho africano en sus miembros, y continúa en su Iglesia proclamando un Evangelio que purifica y eleva, que libera y salva.

6. El criterio de vuestro eficaz ministerio —vuestro eficaz ministerio episcopal— es la absoluta fidelidad a Jesucristo y a su Palabra. Nos corresponde a nosotros plantar y regar; Dios dará el crecimiento y hará que la semilla de su Palabra germine en el tiempo oportuno. El nos pide nuestra confianza, nuestra obediencia al mandato de proclamar su mensaje, nuestra paciencia en la esperanza de una plena cosecha de salvación. En efecto, habéis venido a Roma trayendo en el corazón las esperanzas de vuestras comunidades eclesiales y las aspiraciones de todo vuestro pueblo. Hoy, como Pastores, vosotros y yo ofrecemos todo ello a Jesucristo, por medio del Corazón Inmaculado de María.

7. Estad siempre cercanos a vuestros sacerdotes, sosteniéndoles en la generosidad y en el fervor, y asegurándoles que el Papa los ama y les urge a entregarse plenamente por la grey. A los hermanos y hermanas religiosos les expreso el reconocimiento de mi gratitud por su consagración al Reino y por el servicio que prestan con amor en el nombre de Jesús. Decidles a los seminaristas que Cristo los necesita y cuenta con su colaboración y con su perseverancia. Asegurad a las familias cristianas que Dios bendice su vocación y que su fidelidad da una inmensa gloria a la gracia de Jesucristo. Y ante todo el Pueblo de Dios cumplid el mandamiento de Cristo en toda su plenitud: "Sed,, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). Tal es, en verdad, vuestro ministerio como obispos, servidores del Evangelio de Cristo, elegidos para pastorear la Iglesia "que El adquirió con su sangre" (Act 20, 28).

Queridos hermanos en el Episcopado, alabemos juntos a Jesucristo, que nos ha llamado a entregar nuestras vidas por nuestros hermanos y hermanas, "para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10, 10). A El renovamos la oblación de nuestras vidas; a El le ofrecemos y consagramos la santa Iglesia de Dios. ¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana 

 

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