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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA PRIMERA ASAMBLEA CONJUNTA
DE SUPERIORES Y SUPERIORAS MAYORES DE ITALIA


Castelgandolfo
Jueves 15 de octubre de 1981

 

Queridísimos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Ante todo quiero manifestaros mi gozo sincero por este encuentro con vosotros, cualificados exponentes de las órdenes y congregaciones masculinas y femeninas de Italia que, acompañados aquí por el Secretario de la Sagrada Congregación para los Religiosos, representáis a 120 institutos masculinos con 37.000 religiosos, y a 650 institutos femeninos con 145.000 religiosas.

A la legítima alegría por este encuentro, deseo añadir también la complacencia suma por esta asamblea nacional conjunta que en Italia tiene lugar por vez primera y que ha sido preparada por los organismos competentes con empeño admirable tanto en lo concerniente a la parte litúrgica —oración comunitaria y celebraciones eucarísticas— como en lo que se refiere al número, amplitud y profundidad de los temas meditados y estudiados conjuntamente, los cuales versan sobre la presencia y el valor de la vida religiosa en la Iglesia y en el mundo, sobre la eficacia y aportación de la vida religiosa en la edificación de la Iglesia, y también sobre el tema específico de la vida religiosa ante los cambios culturales y estructurales de la sociedad italiana, donde todos vosotros, hermanos y hermanas, estáis llamados a actuar apostólicamente y a dar testimonio ejemplar y eficaz de la fecundidad de vuestra donación total a Dios.

2. Estos temas de fondo y los numerosos puntos de estudio tratados conjuntamente estos días en .el trabajo por grupos, como por ejemplo, espiritualidad de la acción, pastoral vocacional. comunicaciones sociales y vida religiosa, coordinación con vistas a un mejor servicio eclesial, etc., van encaminados a subrayar el hecho de que si bien son diferentes la organización, vida y actividad apostólica de los religiosos y las religiosas, sin embargo una misma es la formación religiosa en esa fundamental e imprescindible "dimensión contemplativa", que constituye la base de la consagración religiosa, la cual es una respuesta generosa y totalizante al llamamiento de Jesús "sígueme" (cf. Mc 2, 14; Lc 5, 27).

Esta dimensión originaria de la vida religiosa ha sido recalcada por el Concilio Vaticano II, que ha recomendado a los religiosos y religiosas la prioridad de la vida espiritual y, por tanto, del amor a Dios que nos amó primero, la vida escondida con Cristo en Dios, el espíritu de oración y el amor al prójimo para la salvación y para la edificación de la Iglesia (cf. Perfectae caritatis, 6); volvió a afirmarla mi predecesor Pablo VI en la Exhortación Apostólica sobre la renovación de la vida religiosa según las enseñanzas del Concilio, cuando decía: "Una atracción irresistible os arrastra hacia el Señor. Asidos fuertemente por Dios, os abandonáis a su acción soberana que os levanta hacia El y os transforma en El, mientras os prepara para la contemplación eterna que constituye nuestra vocación común" (Evangélica testificatio, 6); después ha sido ampliamente expuesta en el reciente documento emanado por la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares en marzo del año pasado, sobre "la dimensión contemplativa de la vida religiosa", uno de los textos que estáis analizando y meditando estos días en la reflexión conjunta.

Es uno mismo el empeño por la promoción de la persona a través de la inserción en los múltiples aspectos de la vida social y a través de la diversidad de obras y actividades en favor del hombre desempeñados por los religiosos y las religiosas en el conjunto de la comunión eclesial con fidelidad dinámica a la propia consagración según el carisma del fundador, como recuerda la Instrucción "Los religiosos y la promoción humana", promulgada por la plenaria del citado dicasterio en abril de 1978. "El cumplimiento de la misión de evangelizar —se lee en dicho documento— requiere de la Iglesia que escrute los signos de los tiempos y los interprete a la luz del Evangelio, respondiendo así a los perennes interrogantes que se plantea el hombre. De esta dimensión profética los religiosos están llamados a dar un testimonio especial. La conversión continua del corazón y la libertad espiritual que los consejos del Señor estimulan y favorecen, les ayudan a recordar a sus contemporáneos que la edificación de la ciudad terrena no puede hacerse sin fundamentarse en el Señor y dirigirse a El" (Introducción; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 14 de diciembre de 1980, pág. 13).

Y en fin, una misma es la inserción con la oración y la acción en la Iglesia local en la que han nacido los religiosos y religiosas y a la que prestan su servicio unitariamente en el testimonio y anuncio del Evangelio, con su colaboración recíproca dentro de la coordinación de la pastoral diocesana bajo la guía del obispo, cuyo ministerio representa el de Cristo, Cabeza de la Iglesia, como está descrito con gran lucidez en el documento "Criterios para las relaciones entre los obispos y los religiosos en la Iglesia", emanado en mayo de 1978 por la Sagrada Congregación para los Obispos y por la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, para la aplicación de los documentos conciliares Christus Dominus y Perfectae caritatis.

3. Queridísimos hermanos y hermanas: Vuestra consagración religiosa es un signo espiritual y privilegiado para la Iglesia y el mundo. Seguís a Cristo virgen y pobre que redimió y santificó a los hombres con su obediencia llevada hasta la muerte en cruz. La castidad, pobreza y obediencia consagradas, vividas con alegría total, son testimonios que prefiguran la dimensión es-catológica de la Iglesia y del cristiano. La fe nos da la certeza de que la entrega a Dios en las formas varias de vida consagrada, aun cuando se desarrolle entre dificultades, desilusiones y peligros, no podrá menos de influir en la promoción auténtica y en la evolución cultural y social de la humanidad, como el grano de trigo lanzado a pudrirse en la tierra (cf. /« 12, 24) y el puñado de levadura mezclado en la masa de harina (cf. Mt 13, 33). Dan plena prueba de esto los tres nuevos Beatos —Alain de Solminihac, Luis Scrosoppi y Ricardo Pampuri— y las dos nuevas Beatas —Claudina Thévenet y María Repetto— que he tenido el gozo de elevar al honor de los altares estos días.

Que Jesucristo os dé la abundancia de su gracia continuamente para que le sigáis con generosidad y alegría, e infunda también en el corazón de muchos jóvenes el germen de la vocación religiosa, dándoles fuerzas para hacerla germinar en respuesta generosa.

Confío estos deseos a la intercesión maternal de la Virgen Santísima.

A todos vosotros, mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana

 

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