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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA «JUVENTUD FRANCISCANA» DE SICILIA


Jueves
29 de octubre de 1981

 

Queridísimos jóvenes:

-Me da alegría acogeros a todos vosotros, miembros de la "Juventud franciscana" de Sicilia, y daros mi bienvenida cordial, y también a los frailes menores conventuales que os han acompañado a este encuentro la víspera de la concentración nacional de Asís.

Sé que en los varios lugares sicilianos donde trabajáis, estáis realizando un interesante camino de fe y formación franciscana, inspirándoos sobre todo en la espiritualidad del Beato Maximiliano Kolbe, en ocasión de dos aniversarios suyos, el cuadragésimo de su muerte y el décimo de su elevación al honor de los altares. Sé que os estáis ocupando de la enseñanza catequética y de varias obras de promoción social.

Me complazco sinceramente con vosotros no sólo porque abrigáis estos ideales y tratáis de ponerlos en práctica, sino también porque al hacerlo sois una fuerza para la Iglesia y dais garantías seguras para el porvenir del mundo. Vuestro prodigarse por los hermanos es señal de que a pesar de las muchas sombras, resplandece la luz en el mundo, prevalece la buena voluntad sobre la apatía y se refuerzan las premisas de un humanismo nuevo que lleve a encontrar otra vez los valores del amor, la amistad, la oración y la contemplación, notas éstas que fueron distintivas del Pobrecillo de Asís y de cuantos, como vosotros, siguen hoy las huellas de su aventura entusiasmante a ocho siglos de distancia de su nacimiento.

Los que os inspiráis en la figura seráfica de Francisco, no tengáis miedo de testimoniar siempre y en todas partes el estilo de vida propio del Santo y que ha seguido siendo característico a lo largo de los siglos, con su extraordinario sentido de pobreza evangélica, humildad y anticonformismo, y que se distingue también por su sencillez personal digna, atención al hermano y comunión fiel con la Iglesia.

Desde el día en que el crucifijo de la capilla de San Damián dijo al joven Francisco: "Ve y repara mi Iglesia", éste se convirtió en defensor y restaurador intrépido de la Iglesia de su tiempo. Haced vosotros lo mismo también siguiendo el camino trazado por él. Durante vuestra estancia en Asís renovad los buenos propósitos; y una vez templados en las fuentes de la inspiración franciscana, llevad a vuestras casas y asociaciones, ejemplos de bondad y testimonios de vuestras certezas cristianas.

Os acompañe siempre mi bendición apostólica especial que imparto gustoso a vosotros y a vuestros seres queridos.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana

 

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