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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA ORGANIZADA
POR LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA
SOBRE EL TEMA «DE LA RERUM NOVARUM A HOY»


Sábado
31 de octubre de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Me siento feliz al presentaros mi saludo cordial a todos vosotros, delegados de las diócesis italianas y de las asociaciones cristianas, que os habéis reunido en Roma bajo el signo del 90 aniversario de la Encíclica Rerum novarum de mi predecesor León XIII, recientemente recordada también con mi Carta Laborem exercens.

La iniciativa, planeada por la comisión de la Conferencia Episcopal Italiana para los problemas sociales y el trabajo, es digna de complacencia, porque intenta ayudar a las comunidades cristianas y a cada uno de los cristianos para una presencia cada vez más coherente en la realidad social italiana. Efectivamente, como ha enseñado el Concilio Vaticano II, "la disociación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época... No se creen, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una parte, y la vida religiosa, por otra." (Gaudium et spes, 43). Según el Concilio, la disociación entre la fe, por una parte, y el propio compromiso social, por otra, es un error, puesto que implica y presupone una concepción de la fe no conforme con la Tradición de la Iglesia, y una visión del hombre que no es unitaria ni completa. Por esto, con razón los padres conciliares han hablado de una "oposición artificial", esto es, que no se funda en la verdad total de la persona humana.

Esta enseñanza conciliar es muy rica de consecuencias que deben orientar al cristiano en su compromiso social. Sólo cuando el cristiano conserva fielmente la propia identidad, estará en disposición de dar su aportación específica a la construcción de una sociedad que esté realmente conforme con toda la medida de la verdad y de la dignidad de la persona humana; el cristiano, así, fuerte por esta identidad suya, podrá confrontarse más eficazmente con todos los demás que están comprometidos a concurrir en la edificación de la sociedad misma y en el auténtico progreso del hombre. De otro modo, el cristiano se convierte en la sal sosa, de la que habla el Evangelio, que sólo vale para ser arrojada fuera y pisoteada por los hombres (cf. Mt 5, 13; y Lumen gentium, 33).

La coherencia con la propia fe no sólo no impide al cristiano estar presente y comprometido en la construcción de la sociedad, sino que esta coherencia, vivida sin compromisos, asegura dentro de la ciudad de los hombres la presencia de una luz, de una verdad, de una vida en la que las relaciones sociales nacen y se construyen sobre el reconocimiento de la dignidad del hombre. En esto está la responsabilidad de la comunidad cristiana; si ésta no es ella misma, si no realiza una presencia auténtica, viene a faltar a la sociedad, por parte de los cristianos, lo que le permite ser una verdadera comunión de personas.

La unidad más importante que hoy se debe reconstruir continuamente es la unidad entre fe y compromiso social, para evitar aquella "disociación" u "oposición artificial", de las que habla el Concilio.

2. Si tratamos de descubrir las raíces de esta disociación, no se encuentra entre las últimas la idea de que la fe no ofrece orientaciones reales para guiar el compromiso del cristiano en la sociedad, no da criterios objetivos de valoración para la conciencia.

Pero, como enseña también el Concilio Vaticano II, "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo... en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre ai propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (Gaudium et spes, 22). La fe, pues, lleva a cumplimiento, purificándolo de eventuales errores, lo que también la razón humana puede conocer sobre el hombre. Y precisamente la verdad total del hombre, con las exigencias morales, sin condiciones y absolutas, que brotan de ella, constituyen la orientación primera y fundamental de las opciones concretas del cristiano comprometido en la sociedad. "Si la solución, o mejor; la solución gradual de la cuestión social, que se presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de hacer la vida humana más humana" (Laborem exercens, 3), entonces es fácil comprender que toda incertidumbre, ambigüedad, compromiso en el campo de la visión del hombre tiene efectos muy negativos en cada uno de los aspectos de la vida social. Y no se debe pensar que referirse a la verdad sobre el hombre y a las exigencias incondicionales que se siguen de ella, tenga escasa incidencia en la solución de los problemas cotidianos y concretos que hay en la sociedad. Al contrario, toda relación social, en su sustancia ética, consiste precisamente en el reconocimiento de la dignidad de cada uno de los hombres, en reconocer a cada uno —realmente— su ser persona. Si el cristiano, pues, no se deja guiar en su actividad social por esta visión del hombre, podrá incluso elaborar soluciones parciales y técnicas de cada uno de los problemas. Pero, en último análisis, no habrá hecho más humana a la sociedad, sino sólo, a lo máximo, técnicamente más eficiente la organización social.

A la luz de estas llamadas esenciales comprendemos el deber-derecho del Magisterio con relación al problema social. Los Pastores de la Iglesia, llamados como están, a dar testimonio de la verdad, han recibido de Cristo mismo la misión y la autoridad de decir al hombre toda la verdad sobre el hombre y sobre las exigencias de esta verdad (cf. Discurso de apertura de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, núm 9). Estas exigencias, en cuanto que brotan de la perenne identidad de la persona humana, trascienden toda situación histórica y precisamente por esto son capaces de guiar el compromiso del cristiano en todo lugar y tiempo, al estar éstos llamados a "grabar la ley divina en la ciudad terrena" (Gaudium et spes, 43).

Por tanto, la doctrina social propuesta por la Iglesia, debe seguirse fielmente, y no podrá haber razones de orden histórico que puedan justificar la infidelidad a la misma. Equivaldría a construir sobre las arenas movedizas de las ideologías y no sobre la roca de una verdad que está antes y por encima de todas las ideologías y de todos los sistemas y es criterio de juicio de los mismos. Sólo esta unidad con el Magisterio, que enseña por mandato de Cristo la verdad sobre el hombre, puede hacer brotar un compromiso del laico verdaderamente eficaz, esto es, capaz de promover realmente la dignidad de la persona.

3. Sobre la base de esta enseñanza del Magisterio se crea la verdadera unidad entre todos los cristianos comprometidos en la sociedad y con todos los hombres de buena voluntad.

Existe, debe existir, una unidad fundamental, que está antes que todo pluralismo y que es la única que permite al pluralismo no sólo ser legítimo, sino deseable y fructuoso. Esta unidad consiste en la fidelidad a esa verdad total sobre el hombre, de la que he hablado, y a las exigencias y normas morales que brotan de ella. En relación con ellas y con la enseñanza del Magisterio que las propone, el pluralismo no es legítimo, cuando de un modo u otro nos divide en lo que constituye el fundamento mismo del compromiso del cristiano en la sociedad. Por tanto, se ve el vínculo tan profundo que existe entre la unidad que debe haber en cada cristiano, de la que he hablado al comienzo, y la unidad de la que estoy hablando ahora. La "disociación" o la "oposición artificial", de que habla el Concilio, entre la fe y el compromiso social está frecuentemente en el origen de una disociación incluso en las comunidades cristianas. Efectivamente, el pluralismo debe, en todo caso, respetar sus límites intrínsecos y no puede menos de tener en cuenta el contexto histórico en el que el cristiano está llamado a actuar.

Ese contexto histórico, en particular, no puede hacer legítimas para el cristiano opciones incompatibles con la fe cristiana o con los valores irrenunciables del hombre y que, por tanto, en la práctica, significarían y constituirían una renuncia al carácter específico propio del cristiano, favoreciendo en la teoría y en la práctica la afirmación de una visión de sociedad que contradice las exigencias más profundas de la persona humana.

La coherencia con los propios principios y la consiguiente concordia en la acción inspirada en ellos, son condiciones indispensables para la incidencia del compromiso de los cristianos en la construcción de una sociedad a medida del hombre y según el plan de Dios.

La recuperación de la propia identidad de los cristianos, la convicción de que en Cristo todo hombre y todo el hombre es salvado, no sólo profesada, sino testimoniada con una auténtica presencia cristiana en la sociedad, constituyen la base de todo compromiso del cristiano en el mundo.

La celebración del 90 aniversario de la Rerum novarum sea ocasión y estímulo para esta presencia y este compromiso, que deseo sean cada vez más incisivos y fructuosos con el auxilio de la fecunda .gracia de Dios.

De estos deseos es prenda la bendición apostólica que de corazón os doy a todos vosotros y hago extensiva a cuantos comparten vuestra generosa solicitud.

 

© Copyright 1981 Libreria Editrice Vaticana   

 

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