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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER EMBAJADOR DEL PRINCIPADO DE MÓNACO
ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 10 de diciembre de 1982

 

Señor Embajador:

1. Es la primera vez que se le da este título aquí. En efecto, al presentar hoy las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario Plenipotenciario, inaugura usted, Excelentísimo Señor, una fase nueva en la representación del Principado de Mónaco ante la Santa Sede.

Pero este lugar ya le es familiar, incluso más que a los otros Embajadores, puesto que desde hace un cuarto de siglo ha sido usted responsable de la Legación de su país en calidad de Ministro Plenipotenciario. La Santa Sede encuentra en usted a un viejo amigo, me atrevo a decir; además, acaba de evocar usted la experiencia en asuntos de la Iglesia adquirida aquí, antes, durante y después del Concilio Vaticano II. Le agradezco las delicadas palabras que ha pronunciado sobre mí y le deseo que siga siendo, junto a la Santa Sede, observador atento de su acción y de sus propósitos al servicio de Dios y de los hombres, para hacerse eco de ello en su Patria, a la vez que intérprete del Soberano y del Gobierno de Mónaco, sobre todo en lo que respecta a la vida de la Iglesia en el Principado.

2. Aparte de esta relación bilateral, la cercanía de la Santa Sede y el diálogo con ésta ofrece a los Embajadores la oportunidad de adquirir una visión cada vez más universal de las cuestiones espirituales, éticas, culturales y sociales que interesan al conjunto de los pueblos y condicionan sus relaciones de paz, sus derechos, su felicidad y su progreso en los varios campos. Ello se lleva a cabo gracias a los contactos amistosos que tienen ocasión de entablar aquí con sus compañeros del Cuerpo Diplomático del mundo entero –como usted mismo lo ha experimentado ya – y, sobre todo, gracias a las relaciones mantenidas con la Santa Sede, dándose cuenta de los esfuerzos que ésta trata de desplegar cada día para conseguir la fraternidad entre los hombres y la elevación de sus sentimientos y propósitos de paz y desarrollo, esfuerzos de los que los diplomáticos son, en efecto, testigos privilegiados.

3. Esta atención del Papa hacia cada uno de los pueblos vale también evidentemente para la población monegasca, muy unida en la estima del Soberano y en la adhesión a la Iglesia en la persona de su arzobispo. Hace poco un suceso bien doloroso lo ha puesto de manifiesto a los ojos de todos, cuando la Princesa Gracia, tan amada de todos, fue arrebatada al afecto de los suyos. Por su parte, la Santa Sede se unió estrechamente con la oración a esta prueba, recordando la nobleza de alma y los sentimientos cristianos de la ilustre finada. Le agradecería reiterara a Su Alteza Serenísima, el Príncipe Raniero, la expresión de mi profunda unión de sentimientos y los ardientes votos que formulo para su persona y el desempeño de su alto cargo, para sus hijos y para todos los súbditos del Principado. Las relaciones diplomáticas que se renuevan hoy a más alto nivel, reforzarán, si fuera necesario, y harán cada vez más fructuosos los lazos de estima recíproca y honda amistad. Con este espíritu le deseo a usted, Excmo. Señor, feliz misión de Embajador ante la Santa Sede. Bendiga Dios a usted y a los suyos, y vele sobre los destinos del Principado.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española 1983, n.7, p.7.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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