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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER EMBAJADOR DEL REINO DE DINAMARCA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 18 de diciembre de 1982

 

Señor Embajador:

1. En primer lugar quiero agradecerle el hermoso testimonio que acaba de dar sobre su País y sobre la obra de la Santa Sede, al entregarme sus Cartas Credenciales.

Su Majestad la Reina Margarita II, que dio un paso de gran importancia hace cinco años ante mi venerado predecesor, le ha nombrado Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la Santa Sede. Es usted el primero que desempeña esta misión. Le felicito cordialmente y le doy la enhorabuena. Este momento histórico nos llena de emoción a todos pensando que desde hace cuatro siglos no existían relaciones oficiales directas. Bendito sea Dios que nos permite restablecerlas de común acuerdo con serenidad y respeto mutuo con vistas a una colaboración positiva.

2. Este intercambio de diplomáticos tiene lugar hoy entre el Reino de Dinamarca y la Santa Sede. Digo «Santa Sede» pues la razón de ser del Estado Vaticano es asegurar a quien preside, desde la Sede de Pedro, la comunión católica, la independencia y libertad necesarias a su actuación y magisterio. Esta Sede Apostólica no se ocupa sólo del bien espiritual de los que en todo el mundo están vinculados a ella, en cuanto centro donde se realiza y manifiesta la unidad visible de la Iglesia Católica, sino que quiere hacer oír su voz libremente sobre cuanto concierne al bien, la justicia, los Derechos del hombre, la paz y el progreso. Esta voz no es únicamente la de la razón y sentimientos humanos nobles, sino, vosotros lo sabéis, la de las exigencias del Evangelio que ha sido proclamado siempre entre los hombres y debe proclamarse hoy más que nunca.

Asimismo la Santa Sede se siente feliz de que las Iglesias hayan dado grandes pasos, sobre todo tras el Concilio Vaticano II, en el camino que lleva al acuerdo en la profesión de la fe, si bien no desestiman lo que todavía les separa. Pero ahora, el paso de tener un Embajador entra en el campo del Estado, cuya autonomía y responsabilidad propias respeta y aprecia la Iglesia Católica. Por ello, y animada de amor universal al hombre, quiere ser sinceramente acogedora para todos los pueblos y estar pronta a servirles dentro de la línea de sus convicciones.

Así la Santa Sede mira a Dinamarca con afecto al contemplar serenamente la larga historia que ha marcado su destino rico en experiencias fuertes, su población industriosa y valiente, el progreso civil, social y económico que ha sabido alcanzar y su solidaridad ampliamente abierta hoy al Consejo Nórdico en primer término – es muy normal – y también a las Instituciones europeas y Organismos internacionales.

3. Estos lazos de amistad con su pueblo y su Gobierno son aún más fáciles por la estima de la Santa Sede hacia los esfuerzos humanitarios que Dinamarca despliega y quiere hacer progresar en la escena internacional. Los ha citado usted al mencionar la búsqueda de la paz por caminos de persuasión y según los principios morales, la defensa de los Derechos del hombre y la notable ayuda a los países en vías de desarrollo. Ha señalado usted a este respecto la convergencia entre los objetivos de Dinamarca y la inspiración de la Santa Sede. Ésta se goza en estas actitudes y realizaciones tan necesarias para el diálogo por la paz y el progreso de los pueblos que sufren tantas frustraciones y carencias, a la vez que aspiran al reconocimiento de su dignidad. Y en lo concerniente, a las relaciones internas, la Santa Sede tiene en gran aprecio la apertura de espíritu, respeto y buenas relaciones existentes hoy en su País entre las confesiones religiosas, y siente también complacencia por las obras católicas de educación y sanidad.

Pero me atrevo a decir que hay otro terreno de encuentro más hondo todavía, y es que Dinamarca tiene un largo pasado cristiano, un pasado milenario, como usted ha puesto de relieve. Éste ha dejado un patrimonio cultural y artístico. Y la fe cristiana luterana que profesa oficialmente la grandísima mayoría de sus compatriotas desde hace cuatro siglos, comparte una misma fuente con nuestra fe. Entre vosotros, como en muchas otras sociedades modernas, el indiferentismo religioso y el materialismo práctico ciertamente han progresado a la par de la vida fácil y en la medida en que se ha considerado ésta como fin en sí misma, sin resolver a la vez las cuestiones fundamentales del sentido de la vida y los valores morales necesarios para la dignidad de la vida personal, familiar y social. En este punto, y al igual que sus hermanos protestantes, los católicos están prontos a aportar su contribución para que el progreso abarque también estos campos, pues desean servir a su País de origen como ciudadanos entusiastas y leales.

En adelante las relaciones que acabamos de recordar podrán expresarse oficialmente a nivel de Santa Sede y representantes de su País, aquí y en las instancias internacionales. Deseo mucho que este diálogo sea altamente beneficioso para las dos partes y llegue a colaboración fructífera. Usted será precisamente su artífice privilegiado.

Le reitero los votos cordiales que formulo en la oración para su persona y su misión. Y le agradecería transmitiera a Su Majestad la Reina Margarita II mi gratitud y mis deseos de felicidad para ella y prosperidad para su País. Dios bendiga a Dinamarca.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española 1983, n.7, p.7.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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