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DISCURSO DE JUAN PABLO II 
AL ARZOBISPO DE BARCELONA 
Y A LOS OBISPOS DE TARRAGONA 
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"

Lunes 8 de febrero de 1982

  

Señor Cardenal Arzobispo de Barcelona 
y amadísimos Hermanos de la provincia eclesiástica tarraconense:

1. Con gran placer os doy el más cordial saludo al iniciar este encuentro con vosotros, que habéis venido a Roma, para venerar los sepulcros de los Apóstoles y ver al Sucesor de Pedro “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles”.

En este espíritu de comunión fraterna, del que me habéis dado elocuente testimonio durante el coloquio privado que he tenido previamente con cada uno de vosotros, he podido apreciar la solicitud eclesial que informa vuestra vida de Obispos de la Iglesia y de guías en la fe de vuestras Iglesias particulares.

Por esa vivencia sincera de la unidad, que es conciencia de fidelidad al deseo del Señor, y por vuestro generoso esfuerzo en inculcarlo en vuestros fieles, para hacer de ellos cristianos crecientemente sólidos y conscientes, os manifiesto mi profundo reconocimiento en nombre de Cristo. En El “se alza toda la edificación para templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

2. Venís a verme, Pastores del Pueblo de Dios, y me traéis con vuestra visita la presencia de las queridas comunidades cristianas de Cataluña, que con gozo y esperanza van caminando hacia el Padre.

Permitidme que al recibiros conjuntamente salude también en vosotros, con profundo afecto, a todos y cada uno de vuestros fieles. Y desde ahora os encargo que transmitáis mi recuerdo cordial a los sacerdotes, que con su preciosa ayuda os hacen posible la evangelización extensa de la comunidad cristiana; a los religiosos, religiosas y almas consagradas, que con su testimonio de vida y su inserción en las tareas eclesiales prestan un valioso servicio a la educación en la fe de los hermanos; a los cristianos comprometidos en el apostolado, que, conscientes de su plena pertenencia a la Iglesia, ponen responsablemente sus fuerzas en la causa de la verdad y del bien; a los jóvenes, que no saben recortar horizontes ni se repliegan en actitudes de crítica o evasión, sino que se sienten responsables de la fe propia y ajena; a los padres y madres de familia, acogedora Iglesia doméstica, abierta a los demás y a la Iglesia total; a todos los fieles, que desde su propia debilidad, saben recurrir a la fuerza de Cristo, para hallar nuevas razones de vida, de esperanza y de disponibilidad cristiana.

Al pensar en estas fuerzas vivas eclesiales, viene a mi corazón un gran motivo de alegría, que se hace aliento a no desfallecer en la empresa; antes bien, a renovarse en el propósito de fidelidad a la llamada de Cristo y de la Iglesia, que hoy como ayer necesita ser testigo creíble de la Verdad revelada e instrumento de salvación para el hombre de nuestro tiempo. Es la misión esencial de la Iglesia, es su cometido propio y específico, es una necesidad imperiosa que requiere la contribución de todas las energías eclesiales disponibles.

3. Soy bien consciente de que la tarea a realizar es inmensa. Vuestra zona eclesial tiene una larga historia de rica tradición cristiana, que ha dejado inequívocas y valiosas huellas en tantas esferas de la vida cultural y humana, como en las Artes, en la literatura, en la historia, en la toponimia, en las costumbres de las diversas comarcas y en la intimidad de los hogares.

En las raíces profundas de esa tradición de fe hallaron un terreno fértil tantas figuras eclesiales, hombres y mujeres, que vivieron su vida con gran sentido de universalidad y tanto aportaron a la Iglesia.

Es cierto que en el momento actual Cataluña, no menos que otras partes, experimenta un fenómeno de marcada secularización. Ello puede plantear problemas no indiferentes a la vida cristiana de vuestros fieles, inmersos en un sistema de convivencia pluralista, en el que ha de imperar el mutuo respeto, el diálogo y la libertad debida a la conciencia ajena.

Pero por parte de ellos ha de quedar clara la conciencia de su propia identidad como cristianos y miembros de la Iglesia, la cual, aunque como recuerda el último Concilio, tiene una finalidad escatológica, está presente en el mundo “para formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor”.

Es evidente que la problemática compleja creada por tal situación, requiere análisis serios y respuestas que puedan favorecer el crecimiento en la fe del pueblo fiel.

No seáis, sin embargo, fáciles en dar por supuesta la descristianización de vuestras comunidades, que cuentan con reservas morales vivas, las cuales requieren, sí, cultivo intenso, pero que son siempre susceptibles de nueva floración de vida cristiana.

No ignoro las dificultades que se interponen en vuestro camino eclesial, pero seguid trabajando con esperanza e infundidla en todos los agentes de la pastoral, para que vuestro pueblo fiel reciba la formación religioso-catequética que necesita y sepa inspirarse en las raíces más hondas de su ser.

4. Para avanzar por ese camino, hay que prestar una diligente atención, por parte vuestra y de los miembros de vuestras Iglesias, al campo de la cultura y de la enseñanza.

Gracias a Dios contáis con la disponibilidad de sacerdotes, almas consagradas y fieles bien formados y de buen espíritu. Con su capacidad y esfuerzo hay que lograr una presencia multiforme de la Iglesia en esos sectores sensibles de la vida social, sin olvidar las posibilidades que ofrece la educación religiosa de la juventud a través de la escuela, pública o privada, o del papel que juega la escuela católica. Un campo que puede seguir dando excelentes frutos y que hay que seguir cultivando, como recientemente indiqué a Hermanos vuestros en el Episcopado de otra zona de España.

5. Sé que estáis prestando una atención prevalente a la pastoral de la familia, convencidos de la trascendencia que tiene en el ámbito social y también en el religioso.

Seguid cuidando ese importante sector del apostolado. Y dadle el mayor impulso posible, de acuerdo con las directrices de la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”.

Promoved el conocimiento de esas enseñanzas a través de todos los canales, ante todo de las parroquias y del mismo ambiente familiar. Que los hogares cristianos de Cataluña se conviertan en evangelizadores y sientan que el Espíritu del Señor, pese a todas las dificultades actuales, está con ellos y les ayuda. Que no teman vivir con toda generosidad los valores cristianos propios y que la proclamación de esos valores humanos y religiosos, ante los hijos y la sociedad, provenga de la experiencia existencial de los mismos.

Sé también que una preocupación vuestra está celosamente dirigida a la realidad de las numerosas familias inmigrantes. Os alabo en ese propósito, para que todas vuestras parroquias sean, en lo litúrgico y en lo pastoral, centros de acogida cristiana, de ayuda a la promoción de tales familias, de ofrecimiento de posibilidades de inserción en el nuevo ambiente, respetando siempre las peculiaridades de su condición y de sus expresiones en lo religioso o social.

6. Otro campo que ocupa frecuentemente vuestros desvelos de Pastores es el de las nuevas vocaciones. Sentís este problema con tanta mayor urgencia cuanto que muchos hijos e hijas de vuestras diócesis están sirviendo, con loable empeño y amplio sentido eclesial, en otras partes de la Iglesia.

Comparto vuestra preocupación, renuevo vuestra llamada a cuantos pueden contribuir eficazmente a la solución de este problema, con vosotros pido al Señor que mande nuevos obreros a su mies y encomiendo esta intención a la especial plegaria de las almas consagradas en el claustro y a las de todos vuestros diocesanos.

Que el vocacional sea un horizonte siempre abierto en la pastoral juvenil y que ningún miembro de vuestra comunidad eclesial se sienta exento del deber de colaborar en este terreno.

7. Para poder responder a los múltiples desafíos y proceder al estudio o planteamiento más adecuado de la problemática que la pastoral conlleva en nuestros días, no ignoro que en vuestras reuniones conjuntas tratáis de analizar, en un espíritu fraterno, temas de interés común.

De esa preocupación han surgido servicios interdiocesanos para el mayor bien del Pueblo de Dios.
Me complazco de esta manifestación de fraternidad y colaboración mutua, en la que los dones de una Iglesia particular ayudan a los de la otra, ofrecidos en actitud de servicio eficaz y sin menoscabo alguno de la justa libertad de cada diócesis ni de la debida colaboración concorde con los demás miembros del Episcopado.

8. Al concluir estas reflexiones que he querido compartir con vosotros, amadísimos Hermanos, mi pensamiento vuelve con el vuestro a la geografía de cada una de vuestras comunidades eclesiales.
No ignoro que ellas viven momentos de dificultades en la fe, que pueden sembrar la tentación del desaliento. Pero no hay motivo para ello. En la lucha y angustia de cada día, no están solas, sino que la presencia del Espíritu de Cristo las acompaña. El con su poder sigue obrando maravillas, a veces desconocidas, de gracia y santidad. Las quiere obrar también con ellas, con todos nosotros que, pese a nuestra debilidad, con El podremos ser testigos fieles de Cristo en el mundo de hoy.

Decid por ello a vuestros sacerdotes, almas consagradas por título especial a Dios y fieles, que el Papa espera y tiene confianza en su fidelidad. Que vivan abiertos a la plena dimensión eclesial, ofreciendo su aportación generosa.

Sea la dulce Madre común, la Virgen Santísima de Montserrat, la que obtenga a todos gracias abundantes de su Hijo, que guarden la fidelidad de cata uno a Cristo y a su Iglesia. Y sea prenda de la constante protección divina y prueba de mi benevolencia la Bendición Apostólica que a vosotros y a vuestros fieles cordialmente imparto.

  

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