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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL SR. PETER IPU PEIPUL
PRIMER EMBAJADOR DE PAPUA NUEVA GUINEA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 1 de julio de 1982

 

Señor Embajador:

Con mucho gusto recibo hoy a Vuestra Excelencia como primer Embajador Plenipotenciario de su País ante la Santa Sede. A través de su persona hay ahora una presencia de Papua Nueva Guinea en el centro de la Iglesia Católica, y estoy seguro de que esto reforzará en el futuro las buenas relaciones a las que usted se ha referido y que han ido desarrollándose constantemente en estos años desde que su Nación logró la independencia.

Mi relación personal con Papua Nueva Guinea comenzó antes de ser elegido para la Sede de Roma y recibir con ello la especial responsabilidad que esta misión comporta de cara a toda la Iglesia en cualquier parte del mundo. Tuve el gusto de visitar su País, como arzobispo de Cracovia, encontrándome con su población y pudiendo conocer directamente algunas de sus características, de sus necesidades y de sus aspectos de pujanza. Aprendí a estimar al pueblo de Papua Nueva Guinea y continúo teniendo un vivo interés por su prosperidad. Espero mantener un contacto fructífero no sólo con la Iglesia en su País, sino también con toda la Nación como tal, a través de las relaciones diplomáticas que existen entre Papua Nueva Guinea y la Santa Sede y con la ayuda de Vuestra Excelencia y de mi propio representante en Port Moresby.

Papua Nueva Guinea ha comenzado su historia recientemente como país independiente en el conjunto de la comunidad de las naciones. Lo ha realizado con ayuda de excelentes principios, ampliamente inspirados en la fe cristiana, que Vuestro pueblo ha aceptado de forma abrumadora en el curso de sólo un siglo.

Ustedes han forjado una preciosa herencia para transmitir a las generaciones futuras: una herencia de respeto a la libertad, a la dignidad y a los Derechos de cada persona humana y de preocupación por los que sufren o pasan cualquier tipo de necesidad. Estos valores servirán de guía, fuerza e inspiración para su Nación en el futuro. Rezo para que Papua Nueva Guinea los conserve siempre íntegros, y pueda disfrutar continuamente de sus beneficios.

Como usted ha observado, la Iglesia Católica está cooperando de buen grado al desarrollo de su Nación: un desarrollo integral tanto para los individuos como para todo el País, con atención a la salud y a las demás necesidades corporales, al progreso intelectual y técnico y al crecimiento espiritual. El personal de la Iglesia, legado de otros países para ayudar en este proceso, tiene como único motivo el responder, con amor fraternal, a una necesidad existente, y tiene como objetivo acelerar el día en que esta necesidad desaparezca, de forma que dicho personal pueda ser remplazado por otro del lugar con la misma, o incluso mejor, preparación y espíritu de servicio. Estoy seguro de que las autoridades civiles continuarán apreciando su gran contribución a la sociedad y que les asegurarán el poder disfrutar de las condiciones necesarias para un satisfactorio cumplimiento de su misión.

Le aseguro de corazón mis mejores deseos para todo el pueblo de la joven nación de Papua Nueva Guinea. Que Dios les conceda a todos armonía y espíritu de cooperación, un progreso completo y la habilidad para combinar lo mejor posible lo viejo y lo nuevo. Que Él guíe y proteja a sus dirigentes ahora y en el futuro. Y otorgue su bendición abundante a cada uno de ustedes.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 35, p.11.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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