VIAJE APOSTÓLICO A GINEBRA
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS REPRESENTANTES DE LOS GOBIERNOS Y AL PERSONAL
DE LOS ORGANISMO DE LA ONU*
Martes 15 de
junio de 1982
Señoras, señores:
El grupo que ustedes constituyen tiene una función delicada en
el seno de la Organización Internacional del Trabajo, pues representan ustedes a
los Gobiernos, y éstos tienen una responsabilidad decisiva en la aplicación de
las medidas que aquí se adoptan. Me complace reunirme con ustedes y a través de
ustedes saludar a cada una de sus naciones.
En último término, lo que ustedes intentan hacer progresar es,
en el sentido noble del término, la “política” del trabajo: cómo garantizar a
cada hombre un empleo y unas condiciones de trabajo que le permitan vivir
decentemente, desarrollar sus capacidades, a la vez que el bienestar y la
prosperidad de su país; y contribuir de este modo a solucionar los graves
problemas del desempleo, de la pobreza, del hambre.
Vuestros Gobiernos, en vuestros países respectivos, se afanan
ciertamente en ello, mediante un conjunto de medidas y de leyes adaptadas a la
situación, que dependen también de los sistemas políticos o económicos vigentes.
No es una tarea cómoda por otra parte, pues resulta difícil conocer bien y
dominar los problemas económicos, sociales y culturales.
Pero todos estos problemas van adquiriendo, como decía esta
mañana, una dimensión internacional cada vez mayor, y ustedes, junto con los
patronos y los trabajadores de todos los países, han de encontrar los mecanismos
jurídicos que superen vuestras preocupaciones personales o nacionales y que
permitan el avance de todos los pueblos hacia una efectiva solidaridad y una
mayor justicia. Deseo sinceramente que se encuentren los medios para hacer
respetar con autoridad este nuevo orden social internacional. Esto sería,
además, lógico, pues ¿qué Gobierno no pone una parte esencial de su programa
bajo el signo de la justicia? Sepan una vez más que cuentan ciertamente con mi
apoyo y mi aliento.
Sé que entre vosotros están presentes también los representantes
de los Organismos especializados de las Naciones Unidas, que se esfuerzan
permanentemente por hacer progresar en el mundo entero las condiciones de
seguridad, de libertad, de paz, de salud. También cuentan éstos con mi aliento y
mi estímulo.
¡Que Dios les ilumine y les fortalezca a todos en este servicio!
A El le encomiendo de todo corazón sus personas, la familia y la patria de cada
uno de ustedes. Trataré ahora de saludar personalmente a cada uno.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 26 p.13.
© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana
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