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VIAJE APOSTÓLICO A GINEBRA
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS FUNCIONARIOS DE LA OFICINA INTERNACIONAL DEL
TRABAJO*
Martes 15 de
junio de 1982
Señoras, señores:
1. He aceptado con mucho gusto el proyecto de este encuentro
particular con vosotros, porque me ofrece la posibilidad de entablar un diálogo
más personal sobre el sentido y el valor de vuestro trabajo al servicio de la
gran causa de la justicia social.
Yo quisiera ante todo deciros cuánto aprecio vuestra profesión
de funcionarios internacionales que trabajan para esta prestigiosa institución
que es la Oficina Internacional del Trabajo. A través de vuestras personas,
saludo y rindo homenaje a todos los especialistas de la actividad en favor de la
justicia social internacional. El ejercicio de vuestra profesión requiere una
síntesis armoniosa de cualidades humanas, de preparación especifica, de
competencia profesional, de experiencia, de colaboración constructiva y
desinteresada, todo ello orientado hacia un ideal de justicia y de paz.
Si toda función recibe su sentido y su valor de la finalidad hacia la que se
proyecta, la vuestra es sin duda alguna muy noble. Deseo que la austeridad
inherente a este trabajo de oficina, bastante complejo y del que no conocéis a
veces más que aspectos parciales, no embote jamás en vosotros ese ideal de
justicia social que ha presidido la fundación de la Organización Internacional
del Trabajo y que ha sido el de generaciones de personas apasionadas por la
equidad, la paz, la entrega al hombre. ¿Cómo no evocar aquí la figura de Albert
Thomas, el primer Director general de la OIT, de cuya muerte se conmemora este
año el 50 aniversario?
2. En cuanto funcionarios internacionales, la justicia que os
toca promover es un bien común Internacional, que no es la suma de los
bienes particulares, sino un conjunto de condiciones esenciales para el
desarrollo de todo hombre y para la vida ordenada y pacífica de los pueblos.
Cualesquiera que sean los problemas de vuestros países de origen, se os pide que
cultivéis el espíritu de apertura, de síntesis universal, que os elevéis
a un nivel superior que busca la justicia para todos y toda la justicia.
Necesitáis tener en cuenta la realidad compleja y el bien real de las personas y
de los grupos afectados, por encima de los intereses de este o de aquel grupo,
por encima de los meros objetivos económicos y políticos, por encima igualmente
de las concepciones unilaterales o fragmentarias de la ideología o de
determinadas ciencias. He ahí la razón, entre otras, por la que es bueno que
forméis un cuerpo permanente de funcionarios internacionales que tengan un
profundo sentido de ese bien común internacional y que lo comuniquen a quienes
tienen limitada su visión a un horizonte menos amplio. Vosotros ampliáis las
perspectivas. En el estudio de las cuestiones, hacéis resaltar aspectos que
corren el riesgo de pasar inadvertidos o minimizados. Con discreción, os
dedicáis a armonizar intereses divergentes y a desbloquear oposiciones
paralizantes. ¿No es ésta una labor de importancia primordial?
3. En vuestra profesión, os enfrentáis constantemente con
concepciones, sistemas, agrupaciones que tienen sin duda aspectos
complementarios, pero también a veces opuestos. Esa situación os obliga a
aplicar el método de la concertación y de la colaboración entre diversos
factores, que responde, por lo demás, al mecanismo complejo de nuestra sociedad.
La búsquedas de una plataforma de entendimiento y de un denominador común no
debería, sin embargo, proceder de una especie de agnosticismo neutro, sino más
bien de la voluntad de alcanzar una verdad objetiva superior, por encima de las
ideologías reductoras que sirven a bloques egoístas. La lucha por la justicia
social es digna de este nombre cuando es una lucha por la verdad del hombre,
inspirada por el amor al hombre sin discriminaciones.
4. El cristianismo se inserta en este contexto con su
aportación histórica y su contribución original. Albert Thomas lo había
comprendido bien, ya que, aun perteneciendo a un movimiento social diferente,
apeló, desde el principio, a las fuerzas de inspiración cristiana para realizar
su gran proyecto de justicia internacional.
La Iglesia y los cristianos consideran que es deber suyo
aportar, con toda lealtad y con espíritu de colaboración fraterna, su visión de
las cosas y su entusiasmo por la construcción de un orden económico
internacional fundado sobre la justicia y animado por el amor. Según su
concepción, sitúan al hombre en el primer puesto, como yo decía esta mañana: sí,
al hombre considerado como sujeto, centro y fin de toda la actividad económica.
En su testimonio y en sus compromisos intenta, a imitación de su Maestro, dar la
preferencia a los pobres y a los países en vías de desarrollo. Por ello mismo
deseo que la colaboración entre la OIT y la Iglesia, que tiene ya
su tradición, se intensifique cada vez más y consiga los mejores frutos para el
bien de la sociedad internacional.
5. A todos los que han querido acogerme aquí y escucharme, les
expreso mi sincera gratitud y mis mejores deseos: ante todo para que consigan la
serenidad en su labor y la eficacia de sus esfuerzos en la Oficina Internacional
del Trabajo; también para que se mantenga el espíritu de coordinación, y —me
atrevo a decir— de fraternidad, entre todos los que trabajan en esta casa; y
para todos vuestros seres queridos. Pienso aquí en vuestras familias, en
vuestros queridos hijos, que me complazco en saludar ahora. A estos jóvenes les
deseo que crezcan en la alegría y espíritu de servicio, con el enriquecimiento y
la apertura que puede suponer el acceso a estos medios internacionales de
Ginebra, y yo diría también, en la amistad de Dios, que no está nunca lejos de
cada uno de nosotros.
¡Que Dios os colme de todas sus bendiciones!
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 26 p.13.
© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana
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