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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL
PRESIDENTE DE COSTA DE MARFIL*

Viernes 18 de junio de 1982

 

Señor Presidente,
señoras, señores
:

En un gesto de especial cortesía que aprecio sinceramente, os habéis dignado devolverme la visita que yo tuve la gran dicha de poder realizar, hace ahora algo más de dos años, entre los católicos y las poblaciones de Costa de Marfil. Mis más cordiales gracias a todos vosotros. Bienvenidos a esta casa. Me dais la dulce alegría – comenzando por usted, Señor Presidente – de revivir las horas inolvidables de Abidján y de Nuestra Señora de Treichville, de Yamoussoukro y de Adzopé. Gracias, de nuevo, por vuestra maravillosa hospitalidad en mayo de 1980, y gracias por vuestra presencia de hoy aquí.

La casa del Papa, como la de los Pastores de la Iglesia, que estén a la cabeza de una diócesis o de una comunidad parroquial, debe ser una morada muy abierta. Cristo, el único Pastor, ¿no estaba totalmente disponible para las personas y para las muchedumbres? Y vuestro propio País da un magnífico ejemplo de acogida. ¡Que siga siendo siempre un lugar de verdaderos encuentros, de escucha recíproca, de diálogo constructivo, de concordia perseverante, para el bien de la Humanidad siempre ansiosa de justicia, de fraternidad y de paz!

En este breve encuentro, no puedo menos de renovaros los llamamientos de aliento y los votos formulados en el curso de mi viaje pastoral por vuestra tierra de Costa de Marfil. Señor Presidente, así como todos los que le acompañan: espero que todos los ciudadanos de Costa de Marfil, jóvenes y adultos, habitantes de la ciudad y del campo, estén dispuestos a apoyarse mutuamente cada vez más con el fin de construir su vida personal y la del país entero sobre principios éticos sólidos, generadores de comportamientos que sean testimonio de un verdadero civismo y una solidaridad efectiva y –añado – para los cristianos, una luminosa fidelidad al Evangelio de Cristo. Todos lo sabemos: ningún pueblo del mundo puede avanzar por el camino de una civilización que respete todas las dimensiones del hombre, sin que se someta libremente a las normas dictadas por la conciencia y a los imperativos de la vida en sociedad.

¡Qué el querido pueblo de Costa de Marfil continúe desarrollando lo mejor de sus tradiciones y de su cultura – pienso en particular en su acción moderadora entre las jóvenes naciones africanas –, y que conserve al mismo tiempo el ánimo unánime y perseverante para remediar a todo aquello que pueda debilitarlo moral y socialmente! De este modo puede y podrá aportar una contribución positiva y apreciada, con un espíritu de conciliación y de paz, en el concierto de los países de África que han tomado en sus manos su propio destino en un pasado todavía reciente. Y siento la obligación de decirlo, que las comunidades cristianas de Costa de Marfil contentas de poder gozar de la benevolencia de las autoridades civiles a las que rindo homenaje por lo que han hecho y por lo que continuarán haciendo en el terreno de la libertad religiosa aporten lealmente su ayuda específica para que todo el pueblo avance por el camino, siempre arduo pero tan favorable, de la verdad, la solidaridad, la concordia; el camino, en fin, de una verdadera prosperidad. Como lo hice en el curso de mi visita apostólica y muchas otras veces después de ella, pido al Señor, fuente de sabiduría y de fuerza, que inspire y sostenga al pueblo de Costa de Marfil y a sus dirigentes, así como a todas las poblaciones del vasto continente africano.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 32, p.7

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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