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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. VIGNIKO A. AMEDEGNATO,
PRIMER EMBAJADOR DE TOGO ANTE LA SANTA SEDE*

Jueves 11 de marzo de 1982

 

Señor Embajador:

1. Sois el Primer Embajador Extraordinario y Plenipotenciario encargado de representar a la República de Togo ante la Santa Sede. Este importante acontecimiento ilustra la significación de las relaciones diplomáticas que de común acuerdo fueron establecidas en abril del pasado año, y les da una plena efectividad.

Expreso, pues, ante todo, mi alegría al recibir aquí a Vuestra Excelencia. Y a través de vuestra persona, todo el Pueblo togolés es acogido junto al Papa, y primeramente el Jefe del Estado, el General del Ejército Gnassingbé Eyadema, a quien os ruego transmitáis mis respetuosos saludos, mi gratitud y mis más cordiales votos por el feliz cumplimiento de su noble tarea al servicio de todos sus compatriotas. A los ojos de la Iglesia tienen todos los pueblos igual dignidad, y la Iglesia siente una preocupación especial por los que han conocido pruebas difíciles y tratan de desarrollar sus medios, por modestos que éstos sean, con laboriosos esfuerzos. En el curso de mis dos viajes a África he pasado cerca de Togo, y si no me ha sido posible todavía detenerme allí, a pesar de las insistentes invitaciones de los obispos togoleses que vinieron a Accra o a Cotonou, he pensado mucho en vuestro País, al que saludé en la persona de estos hermanos.

2. La presencia de Vuestra Excelencia me permite hoy expresar mis fervientes votos para toda la Nación Togolesa: le deseo que continúe viviendo libre, en una paz profunda, facilitada por un espíritu de tolerancia, intentando el establecimiento de relaciones cada vez más justas entre todos los ciudadanos que están llamados a participar activamente en el desarrollo, y con una preocupación especial por los más pobres.

3. En este contexto, la Iglesia Católica asume la parte que le corresponde en el esfuerzo común; reúne a un gran número de togoleses en la misma fe, que es la fe del obispo de Roma y de la Iglesia universal. Es de desear que, como en otras partes, la Iglesia en Togo, reunida en torno a sus Pastores y bajo su autoridad en comunión con el Sucesor de Pedro, goce de toda la libertad que corresponde a su misión espiritual, sobre todo en lo que se refiere a la organización y al gobierno de la comunidad de los católicos, de suerte que resulte posible la educación de su fe y el culto que, según su conciencia, deben rendir a Dios, personalmente y en común. Estoy convencido de que este principio, bien comprendido y respetado, no hará sino facilitar aún más el buen entendimiento existente hoy entre la Iglesia y el Estado, tanto más cuanto que los cristianos sienten profundamente la pasión por la paz y no escatiman su contribución a la prosperidad de la nación en el afán de servirla.

4. Vos mismo, Señor Embajador, habéis evocado entre otras cosas, el trabajo notable de instrucción, de educación y de formación profesional garantizado hoy por instituciones católicas. Sí, la Iglesia quiere contribuir a la preparación de buenos ciudadanos en este sector importante de la enseñanza, pero también en los otros campos. Incluso en las escuelas del Estado, gracias a la benévola comprensión de éste, se esfuerza la Iglesia por dar a sus hijos una formación moral y religiosa adecuada, pues la calidad de la civilización que los togoleses quieren construir dependerá no sólo del desarrollo económico, que deseo vivamente, sino de la calidad de las relaciones de los hombres entre sí y de sus relaciones con Dios; lo mismo se puede decir de la formación de las conciencias, de su progreso ético y espiritual. Ha sido para mí una alegría oíros decir que el Pueblo togolés desea por encima de todo dar públicamente culto a Dios.

5. Finalmente, habéis subrayado la importancia de un orden jurídico internacional que garantice el respeto de la libertad y de los Derechos del hombre, y también de un orden económico internacional que garantice el auténtico desarrollo de todos los pueblos. A este respecto, la Santa Sede ha seguido con interés los trabajos que dieron lugar a la Convención de Lomé. Y no regateará esfuerzo por recordar a los hombres de buena voluntad de los distintos países y de las Organizaciones internacionales, abrumados al ver los medios derrochados en los preparativos bélicos y traumatizados por el temor de la guerra, que la verdadera batalla que hay que librar es la del desarrollo solidario, para que todos los seres humanos se vean libres de las miserias de la ignorancia, del hambre o de las enfermedades que podríamos limitar con el progreso científico y técnico, y mediante unas relaciones más justas, según el designio mismo del Creador: “Llenad la Tierra y sometedla”. Y aquí pienso especialmente en las necesidades humanas de África, que hace poco recordaba en Libreville al dejar el Continente.

En adelante seréis un testigo más cercano de esta acción de la Iglesia. Al garantizaros la mejor acogida, hago votos por vuestra noble misión al servicio de unas relaciones cada vez más fecundas entre la Santa Sede y Togo, y pido a Dios que os asista y os inspire en esta elevada función.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española,  n. 14, p.16.

 

© Copyright 1982 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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