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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A PORTUGAL
(12-15 DE MAYO DE 1982)

ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II*

Lisboa
Miércoles, 12 de mayo de 1982

 

Señor Primer Ministro,
Señor Presidente de la Asamblea de la República,
Señores Ministros,
Señoras y Señores,
Excelencias:

1. Me siento honrado y agradecido, por la oportunidad de saludar, en las personas de Vuestras Excelencias, a los gestores del poder ejecutivo y deliberativo de esta noble Nación, que acaba de acogerme, con gran entusiasmo e hidalguía, en esta mi peregrinación a Fátima y visita pastoral a tierras portuguesas.

Con el interés demostrado por esta mi visita, con vuestra deferente presencia, a mi llegada, y ahora en este encuentro, estoy persuadido de que, más allá de mi persona, se quiere homenajear lo que aquí me es dado representar como Pastor de la Iglesia universal; impresionado, quiero agradecer todas las atenciones y buena acogida en la que pude comenzar a darme cuenta de la conocida religiosidad y arraigada fe cristiana de los queridos portugueses. ¡Bendito sea Dios! Y, al expresar aquí mi gratitud, veo en Vuestras Excelencias a todas y cada una de las personas y entidades a las cuales, por motivos diversos, es debida.

2. Al encontrarme con tan selecta representación de Portugal, en este momento feliz, quisiera aseguraros, antes de nada, la mayor estima por la alta misión de que estáis revestidos, al servicio del bien común de toda la Nación. Ojalá os guíe siempre, en el cumplimiento de vuestro mandato, una concepción del hombre, con todos sus valores y dignidad, y un deseo de servir concretamente a todos y cada uno de los portugueses, que os escogieron para tan honrosa misión, que es al mismo tiempo un compromiso.

En vosotros descansan las aspiraciones y esperanzas del querido pueblo portugués, legítimamente ufano de una gloriosa historia vivida y sufrida, en la que se expresa su identidad como pueblo, y en la que se encierran promesas y se vislumbra el potencial para construir un futuro cada vez más dignificante, fiel a la propia «alma» y sin quiebra de continuidad histórica.

3. Mis viajes, como es sabido, tienen siempre un carácter prevalentemente pastoral, orientados a finalidades apostólicas; con ellos me propongo proseguir una iniciativa que viene de mis predecesores, sobre todo del Papa Pablo VI, a quien Portugal tuvo, en otra ocasión, la alegría de recibir. Por ser parte importante de mi misión como Sucesor del Apóstol San Pedro, mi deseo de presencia estimulante en la Iglesia esparcida por el mundo, me ha traído hoy al encuentro de la Iglesia que está en Portugal, donde la comunidad católica representa la gran mayoría de la población. Peregrinando en nombre y por amor de Cristo, Redentor del hombre y centro del cosmos y de la historia, en estos viajes me siento siempre portador de un mensaje sobre el hombre, con toda su verdad.

Al desempeñar la propia misión de orden espiritual, y siempre deseosa de mantener el mayor respeto por las necesarias y legítimas instituciones de orden temporal, la Iglesia nunca deja de apreciar y alegrarse con todo aquello que favorece la vivencia de la verdad integral del hombre; no puede por menos de congratularse con los esfuerzos que se encaminan a tutelar y defender los derechos y libertades fundamentales de cada persona humana; y se llena de júbilo y agradece al Señor de la vida y de la historia cuando planificaciones y programas —de carácter político, económico, social y cultural— están inspirados en el respeto y amor de la dignidad del hombre en busca de la “civilización del amor”.

Con esta posición suya, cuando es el caso, me alegro, por la lograda comunión de esfuerzos, para hacer desaparecer del seno de las sociedades y de la familia entera, perturbaciones del orden que crean la angustia en los espíritus y carencias de varias clases que deprimen y, no raramente, envilecen y rebajan a quienes las sufren, la Iglesia sabe dar valor a la tarea de quien tiene que suscitar, promover o estimular los procesos para superar esas situaciones. Junto con la competencia y la buena voluntad, no es menos de apreciar la destreza en llevar a buen puerto, entre presiones de “signo contrario”, esos procesos resolutorios.

En su fidelidad a la visión del hombre que le fue legada por su Señor y Maestro, Jesucristo, la Iglesia no deja de preconizar lo que pueda servir a la gran causa del hombre. Prescindiendo de aspectos técnicos de reformas o transformaciones, ella vive la persuasión e insiste en que es en la mente, en el corazón y en la voluntad libre de los hombres donde, ante todo, se ha de dar un cambio para la aceptación de la novedad a introducir en favor del bien común, que sólo podrá ser una mejoría que afecte a todos.

Por eso es imprescindible una formación continua de los hombres, en humanidad y en el sentido de corresponsabilidad, en la conducta de los propios destinos desde la instrucción y la información a todos los niveles —pasando por la llamada “calidad» de vida, por la cultura y por la existencia cotidiana—, hasta la participación, en espacios de legítima libertad y pluralismo, iluminados siempre por la indispensable comprensión recíproca, para enriquecer la búsqueda en común del mayor bien para todos.

Sé que sois conscientes de que, aun subsistiendo e incrementándose constantemente en la sociedad, la corresponsabilidad de todos, las iniciativas y la dirección humana racional de los procesos vitales, dependen en buena parte de los que están investidos de funciones de autoridad; sé que sois conscientes de que independencia y discernimiento han de ir de la mano para desterrar, en el ejercicio de esa misión de servicio, perniciosas confusiones: de la verdad del hombre, con visiones parciales, decepcionantes o desviadas de su realidad total; de la auténtica solidaridad humana con manipulaciones de la misma, que se autodenuncia por los intereses que apuntan o esconden, con menosprecio del hombre.

Señores: Será siempre grato al corazón de todos los hombres de buena voluntad todo lo que se hiciere por la nobilísima causa del hombre:

— para facultar a cada hombre el ser cada vez más hombre, en el esfuerzo de superar la división que sufre en sí mismo, dado que se siente, por un lado, ilimitado en sus deseos y aspiraciones a una vida superior, y, por otro lado, coartado por las múltiples necesidades de su existencia temporal;
- para ayudar a los más pobres, a los marginados y a los afligidos por miserias y frustraciones de diversa índole, que a veces son inmerecidas y no les permiten ser protagonistas de la propia historia personal;

— para asistir a aquellos que se ven forzados a escoger el “mal necesario” de la emigración, a fin de conseguir una mejora en la vida personal, familiar y social, sin sufrir daños mayores en el sentido moral;

— para permitir a cada uno abrazar la propia vocación y, si opta por la familia, poder respetar la sacralidad de todos sus valores y todas sus funciones, en la procreación y educación de la prole;

— para evitar en los jóvenes, sobre todo en los desheredados y menos favorecidos, la pérdida de la dignidad personal y del sentido de los valores morales, desviándose por caminos al margen de la sociedad, donde se unen la pobreza e indigencia con la degradación y el crimen, cuando no llegan a los extremos de la revolución y de la violencia deletérea;

— para proporcionar a todos trabajo y disminuir los inconvenientes de la urbanización que, cuando se da en crecimiento desproporcionado, por motivos diversos, deja de estar a la medida del hombre;

— para, finalmente, hacer posible a cada persona humana el respeto de los Derechos de Dios, Creador de todas las cosas y Señor de la historia, el cual -séame permitido proclamarlo en este momento- vio en Cristo la “clave” del «misterio” que el hombre representa para el hombre.

Por todo esto es inmensa, pero maravillosa, vuestra tarea; es noble vuestra misión y merece todo el empeño, brío y entusiasmo. Se trata del bien común; se trata de hacer que una Nación sea cada vez mayor y de hacer de la Patria una morada agradable para sus habitantes. El éxito de los jefes y de los gestores del poder – es una idea que repito – es el bienestar, la felicidad, la paz y la alegría de los que son servidos por el poder.

Hago votos de todo bien para Vuestras Excelencias; y reiterando mi agradecimiento, deseo que veáis los frutos de vuestra misión y de vuestro compromiso de servir, en un Portugal cada vez más animado por un ideal de relaciones auténticamente humanas y fraternas y más próspero, con la protección de Nuestra Señora de Fátima y las Bendiciones de Dios Omnipotente y Misericordioso.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 20, p.9.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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