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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A PORTUGAL
(12-15 DE MAYO DE 1982)

ENCUENTRO CON EL GENERAL ANTÓNIO RAMALHO EANES,
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA PORTUGUESA

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II*

 Lisboa
Miércoles 12 de mayo de 1982

 

1. Estoy muy agradecido a V.E. por la delicada hospitalidad con que acaba de recibirme. Y en este momento deseo reiterarle también la expresión de mi gratitud por su deferente presencia en el aeropuerto a mi llegada a Portugal.

Por mediación de V.E., vaya mi agradecimiento para todo el querido pueblo portugués y para sus ilustres representantes, por el esfuerzo y disponibilidad que demostraron para hacer realidad este viaje que ahora realizo a la «Tierra de Santa María». En este delicado interés manifestado, quiero destacar la invitación que V.E. me hizo personalmente; ella vino a sumarse a un deseo del Episcopado de Portugal, que hace mucho me había expresado el Sr. Cardenal Patriarca de Lisboa, Don Antonio Ribeiro, en su calidad, entonces, de Presidente de la Conferencia Episcopal Portuguesa.

Todo el aprecio, sensibilizado en esta invitación y en los gestos de homenaje con que se ha querido distinguir al Sucesor de San Pedro en la Sede de Roma, no se detiene ciertamente en mi persona: el tributo se rinde al Pastor de la Iglesia universal que, en calidad de tal, visita las tierras portuguesas; se rinde, en último término, al Señor y Maestro de la misma Iglesia, Jesucristo, con su ineludible derecho de ciudadanía en la historia del hombre.

Me encuentro en Portugal, por tanto, en visita pastoral; y sobre todo, en peregrinación a Fátima; y me es grato, al mismo tiempo, satisfacer los imperativos – de la amistad, de una amistad antigua, que hay entre este querido país y la Sede Apostólica de Roma.

2. En efecto, datan de lejos las relaciones que ligan a Portugal con la Sede Romana de San Pedro. Se pierde en la bruma de los siglos aquel momento en que, por vez primera, resonó en este suelo patrio de las gentes lusitanas, en tiempo de la presencia romana en la Península Ibérica, el nombre bendito de Cristo. Y desde entonces, con la fe cristiana, los pueblos de Lusitania aceptaron también a la Iglesia, que el mismo Jesucristo quiso afirmar sobre la «roca» de Pedro, al que quiso también confiar la responsabilidad del magisterio y ministerio de todo el Pueblo de Dios, esparcido sobre la faz de la Tierra. Gradualmente se fueron instaurando las relaciones estructurales como expresión y concreción del amor y de la fidelidad a la Iglesia, una y católica, de los fieles de las diócesis de estas regiones, de Braga a Ossónoba, en términos actuales de las tierras que van desde el Miño al Algarbe.

Y creo que puede afirmarse, en una visión retrospectiva, que ese amor de los fieles de estas tierras al Sumo Pontífice Romano, sólo ha sido superado por su conocida devoción a Cristo Redentor – en sus misterios de la Pasión y de la Eucaristía – y a Nuestra Señora que, invocada en una de sus prerrogativas más hermosas – la Inmaculada Concepción-, vendría a ser elegida y aclamada como «Reina» y Patrona de Portugal; estas devociones animaron constantemente el culto a Dios y la firme adhesión a los demás deberes religiosos, que han dejado huellas profundas en la historia y en la vida del querido pueblo portugués.

Como es sabido, la Iglesia, dondequiera que se encuentre, desea poder servir a la vocación personal y social de sus miembros, que son al mismo tiempo miembros de una determinada comunidad política. Efectivamente, en razón de su misión y competencia, de orden espiritual, ella no se confunde con la sociedad, ni está ligada a ningún sistema político; pero intenta ser en todas partes signo de la transcendencia de la persona humana; y lo hace, pregonando la verdad evangélica e iluminando, con su doctrina y con el testimonio de sus fieles, todos los campos de la actividad humana (GS 76).

Así, las relaciones de la nación portuguesa con la Sede de San Pedro que, al correr de los tiempos, tomarían la forma de reconocimientos y compromisos, como es sabido (hace tres años tuve el gusto de participar en la conmemoración del VIII centenario del primero de esos reconocimientos, en la Iglesia de San Antonio de los Portugueses en Roma), se encuadran en esta perspectiva. Consciente del deber que le es dictado por su propia misión – de ayudar a los hombres en la búsqueda de una respuesta a las eternas preguntas que se formulan, acerca del sentido de la vida presente y de la futura y de la relación entre ambas – también aquí la Iglesia ha procurado caminar con el hombre, en el deseo de serle útil.

A esta luz ha de ser visto el avance conjunto de la Iglesia y de Portugal, con relaciones amistosas entre éste y la Sede de Roma, lo que alguna vez le mereció, de mi predecesor Benedicto XIV, el apelativo de nación «fidelísima», en la persona de sus Reyes.

3. La trayectoria histórica de Portugal, como sucede por lo demás con los otros pueblos en general, no se presenta libre de alternativas de luz y sombra, en los diversos aspectos de la vida de su población, pero por debajo de eso permanecieron como coordenadas muchas cosas que no han cambiado, ni pueden cambiar. La Iglesia – como es sabido – certifica efectivamente que «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en Jesucristo, quien existe ayer, hoy y para siempre» (GS, 10). Y Portugal globalmente, en la mayoría de su población, en sus decisiones históricas fundamentales, ha optado por Cristo, Cristo Redentor del hombre, como parece testimoniar la bandera patria y la cruz en sus carabelas de la epopeya de los descubrimientos.

Cristo es siempre la propuesta de la Iglesia, situada en el tiempo y en el espacio, y por eso real e íntimamente ligada al género humano, en el deseo de servir al hombre con su dignidad y con la apertura de su espíritu, en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y, al mismo tiempo, de su ser comunitario y social (RH, 14).

Entre las vicisitudes que destacan en la historia y en la vida de Portugal, aparece en primer plano el fenómeno de las migraciones, que viene de muy lejos: muchos de sus hijos dejan su propia tierra, en el pasado lo mismo que ahora, con dolorosas separaciones y momentos de incertidumbre, para procurarse en otros lugares posibilidades de mejorar su propia vida. La pérdida de estos hijos, que constituye sin duda una pérdida para este País, de donde parten, normalmente representa ventajas para las tierras en que van a establecerse.

Entre los que partieron de aquí, junto a quienes lo hicieron por motivos de sobrevivencia u otros, hubo también pléyades de enamorados de un ideal y de apasionados por Cristo – los misioneros portugueses – que partieron de aquí navegando, para ir a «hacer cristiandad» en los diversos continentes. Y, como monumento histórico de ello, aún hoy subsiste -según me informaron- con el «papiar cristiano», sinónimo de hablar portugués, en algunas regiones del sudeste de Asia, una riquísima antroponimia, que fácilmente nos hace identificar como católicos o de ascendencia católica, cristianizados por los portugueses, a muchos hombres y mujeres en todas las latitudes del Globo.

Estos valerosos misioneros, servidores de Cristo y de su Iglesia y gloria de Portugal, que, con su ardor, su entrega desinteresada y generosa, llevaron asistencia espiritual a tantos hermanos esparcidos por el mundo, no han dejado tampoco de contribuir a su desarrollo, ayudándoles a progresar en la satisfacción de las necesidades fundamentales y a cultivar la dignidad de la persona humana. Así, al evangelizar la Buena Nueva de la salvación, les han prestado un servicio humano; y también por eso son acreedores a nuestra admiración y reconocimiento.

4. Y los portugueses que se han quedado no han vivido sin dificultades su marcha histórica. Pero a lo largo de ella han sabido dar prueba de cualidades nada comunes de valor, de capacidad para resistir y soportar dificultades y riesgos, y de perseverancia, que denotan una fibra moral y una fuerza espiritual que, hoy como ayer, deben sostener y animar a los hijos de esta nación en las luchas del presente, con su frente erguida, mirando con pundonor y esperanza hacia el futuro. En una participación responsable y con la generosa contribución de todos al bien común, la eliminación de la pobreza, la ayuda a los marginados o a quienes se sienten desarraigados, la perspectiva de empleo para todos -especialmente para los generosos jóvenes de esta tierra-, la estructuración de la condiciones de vida, asistencia y seguridad en los campos económico y social, pasando por la salud, educación, trabajo, familia y tercera edad, deben mantenerse decididamente como empeño colectivo de un pueblo consciente de los valores característicos de su comunidad y ufano de acreditarlos en su vida política y social.

La conciencia histórica y la fe cristiana de los portugueses, unida a la exigencia de una relación honrada para con la verdad, como condición de la auténtica libertad, deben continuar convenciéndoles también hoy, ciertamente, de que, sin excluir el legítimo pluralismo sano y responsable, sólo el amor construye; de que la clave para la solución de sus problemas y de su prosperidad también está constituida por el sentido humano y cristiano de los valores, caldeada en la justicia y temperada por la solidaridad, la fraternidad y el amor entre los hombres-hermanos.

Hago votos para que, prosiguiendo en su rumbo histórico, Portugal, con su carisma de universalidad y de fácil integración, continúe siendo fuerza para la comprensión entre todos los pueblos, principalmente entre los que tienen con él afinidades culturales. Los emigrantes y misioneros portugueses fueron a todas las partes del mundo y, a dondequiera que llegaron, consiguieron que el nombre de su País fuese querido y honrado. Que esto continúe siendo fuente de inspiración humana y espiritual para su estar-en-el-mundo, y mantenga a Portugal en la alta estima de sus días más luminosos.

Misión noble sigue teniendo la «Casa Lusitana». Y ojalá su herencia de fe cristiana, conservada y cultivada a lo largo de los siglos, en las actuales expresiones de su identidad, que hizo de ella la «patria bella, a orillas del mar, de un pueblo heroico, por la gracia de Dios, a cantar...» – como diría un poeta vuestro –, continúe siendo impulso constante para llevar a este noble País a conseguir un bienestar que refleje la felicidad de todos los portugueses, en un clima de armonía laboriosa, de prosperidad y de paz.

Agradezco, una vez más, la amable y delicada acogida de V.E., y sobre todo el querido pueblo portugués, que le ha escogido como su Representante, invoco las más copiosas bendiciones de Dios omnipotente y misericordioso.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 20, p.8.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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