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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA 

SALUDO DEL PAPA JUAN PABLO II 
A LOS
UNIVERSITARIOS

Madrid, miércoles 3 de noviembre de 1982

 

Queridos universitarios y universitarias:

1. Al terminar mi precedente encuentro, que en gran parte era el vuestro, me dais la agradable sorpresa de acudir en tan gran número para saludarme. Os lo agradezco muy de veras. Por parte mía correspondo con un cordial saludo a vosotros y a todos los universitarios de España.

Conozco por experiencia personal vuestra vida, la aprecio profundamente y la comprendo. Y os aliento a seguir cultivando el espíritu universitario, ese espíritu que es apertura y sobre todo itinerario de búsqueda. Porque decir “universidad” es decir búsqueda, investigación, futuro de la sociedad.

2. Sé que en vuestra generosidad de jóvenes no os satisfacen tantas cosas de nuestra sociedad actual, que desearíais más justa y solidaria. Sé también que buscáis algo que pueda dar razón, de verdad, a lo más profundo de vosotros mismos, a esa hondura del espíritu humano que sentís, o al menos presentís. Sé que no os bastan —para fundar vuestras vidas— los datos secos de la cultura técnica o de la informática. No os basta disponer de noticias y conocimientos dispersos y fragmentarios. Vislumbráis que es preciso dar con una realidad que comunique a las realidades disgregadas un sentido decisivo y final.

Yo siento sobre mí el deber de proclamar ante vosotros que ese algo, el “Dios desconocido” que los hombres buscan a tientas, existe y es el fundamento de todo y “el que hace nuevas todas las cosas” (cfr. Act. 17, 23 s.; Apoc. 21, 5).  Como Pablo en el areópago de Atenas, os anuncio hoy al Dios vivo y a su Hijo, Jesucristo, el que estuvo muerto y ahora, dueño de la clave de la vida y la muerte, es el Viviente por los siglos de los siglos (cfr. Act. 17, 31; Apoc. 1, 18). 

3. La sociedad actual tiene bastante afinidad con aquella en la que se abrió paso la primera predicación del Evangelio. Nos sentimos, como muchos hombres de aquella época, aprisionados en nuestra impotencia, sumergidos en múltiples ofertas de salvación que vemos como no definitivas y engañosas. Pero, como sucedió a los hombres de aquella antigua generación, desde la experiencia de nuestra limitación tenemos hoy la vivencia de que un don que nos desborda, una misericordia sumamente acogedora, puede salvarnos en plenitud, ofreciéndonos la gratuidad de su amor.

Yo, servidor de Jesucristo, tengo la misión de afirmaros que esa salvación es cierta para quienes creen y confían en el nombre de Jesús. Sí, Cristo —el Hijo de Dios vivo— confiere toda su grandeza a nuestro ser personal, es el garante de lo que pensamos y queremos ser, es quien posibilita vivir la vida con dignidad y ponerla a disposición de los otros, para ayudarles a dignificarse más; quien avala las genuinas aportaciones de las ciencias y los saberes humanos, y los proyecta a horizontes más amplios; quien nos hace capaces de enfrentarnos sin temor ante el futuro, empeñados en construir la “utopía” de un mundo nuevo, más justo y humano.

4. Acoged a Cristo con ánimo abierto. Acoged a Cristo en su Iglesia que es su presencia permanente en la historia. Porque “Cristo más la Iglesia no es más que Cristo solo” (S. THOMAE Commentarium in Ephesios). 

La Iglesia es la transparencia de Cristo entre los hombres, oscurecida a veces por la conducta de los cristianos, pecadores “como los demás hombres” (Lc 18, 11).  La Iglesia, cuando se ve con mirada de fe, no es una pantalla que intercepta la comunión de los hombres con Cristo, el Salvador. Quienes perseveran junto al viajero misterioso; como los discípulos de Emaús, acaban por reconocerlo y dirán quizá como ellos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?” (Ibíd.. 24, 32). 

Permitidme terminar estas palabras con las estrofas de uno de los himnos de la liturgia: “Quédate con nosotros, / la tarde está cayendo. ¿Cómo te encontraremos / al declinar el día, / si tu camino no es nuestro camino?” (Hymnus ad Vesperas). 

Que Cristo acompañe siempre vuestro camino y os bendiga, queridos universitarios y universitarias.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

         

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