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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA
ACTO EUROPEO EN SANTIAGO DE COMPOSTELA
DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
Martes 9 de noviembre de 1982
Majestades,
excelentísimos e ilustrísimos señores,
señoras, hermanos,
1. Al final de mi peregrinación por tierras españolas, me detengo en esta
espléndida catedral, tan estrechamente vinculada al Apóstol Santiago y a la fe
de España. Permitidme que ante todo agradezca vivamente a Su Majestad el Rey las
significativas palabras que me ha dirigido al principio de este acto.
Este lugar, tan querido para los gallegos y españoles todos, ha sido en el
pasado un punto de atracción y de convergencia para Europa y para toda la
cristiandad. Por eso he querido encontrar aquí a distinguidos representantes de
Organismos europeos, de los obispos y Organizaciones del continente. A todos
dirijo mi deferente y cordial saludo, y con vosotros quiero reflexionar esta
tarde sobre Europa.
Mi mirada se extiende en estos instantes sobre el continente europeo, sobre la
inmensa red de vías de comunicación que unen entre sí a las ciudades y naciones
que lo componen, y vuelvo a ver aquellos caminos que, ya desde la Edad Media,
han conducido y conducen a Santiago de Compostela —como lo demuestra el Año
Santo que se celebra este año— innumerables masas de peregrinos, atraídas por
ιa devoción al Apóstol.
Desde los siglos XI y XII, bajo el impulso de los monjes de Cluny, los fieles de
todos los rincones de Europa acuden cada vez con mayor frecuencia hacía el
sepulcro de Santiago, alargando hasta el considerado «Fines terrae» de entonces
aquel célebre «Camino de Santiago», por el que los españoles ya habían
peregrinado. Y hallando asistencia y cobijo en figuras ejemplares de caridad,
como Santo Domingo de la Calzada y San Juan Ortega, o en lugares como el
santuario de la Virgen del Camino.
Aquí llegaban de Francia, Italia, Centroeuropa, los Países Nórdicos y las
Naciones Eslavas, cristianos de toda condición social, desde los reyes a los más
humildes habitantes de las aldeas; cristianos de todos los niveles espirituales,
desde santos, como Francisco de Asís y Brígida de Suecia (por no citar tantos
otros españoles), a los pecadores públicos en busca de penitencia.
Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la «memoria» de Santiago,
en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y
unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de
Europa ha nacido peregrinando.
2. La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron
la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los
germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba
y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la
predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y
contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones.
La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su
evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las
de la penetración del Evangelio. Después de veinte siglos de historia, no
obstante los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa,
y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente —
hasta poner a la conciencia de nuestro tiempo graves interrogantes sobre su
suerte futura— se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin
el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de
las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su
actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás
continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria.
Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de
su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de
la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y
libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de
respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son
notas que la caracterizan.
3. Dirijo mí mirada a Europa como al continente que más ha contribuido al
desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo,
en el de las ciencias y las artes. Y mientras bendigo al Señor por haberlo
iluminado con su luz evangélica desde los orígenes de la predicación apostólica,
no puedo silenciar el estado de crisis en el que se encuentra, al asomarse al
tercer milenio de la era cristiana.
Hablo a representantes de Organizaciones nacidas para la cooperación europea, y
a hermanos en el Episcopado de las distintas Iglesias locales de Europa. La
crisis alcanza la vida civil como la religiosa. En el plano civil, Europa se
encuentra dividida. Unas fracturas innaturales privan a sus pueblos del derecho
de encontrarse todos recíprocamente en un clima de amistad; y de aunar
libremente sus esfuerzos y creatividad al servicio de una convivencia pacífica,
o de una contribución solidaria a la solución de problemas que afectan a otros
continentes. La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de
ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios ola limitación de la
libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico
respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el
materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y
unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un
«nihilismo» que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de
e los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los
medios de información, mientras arma las manos del terrorismo.
Europa está además dividida en el aspecto religioso: No tanto ni principalmente
por razón de las divisiones sucedidas a través de los siglos, cuanto por la
defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del
vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que garantiza
equilibrio a las personas y comunidades.
4. Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado
siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales;
eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la
Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su
esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y
Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito
lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes.
Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu
historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad
espiritual, en un clima de pleno respeto a las. otras religiones y a las
genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias
negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo
o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser
todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás
continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio
a Cristo: «lo puedo».
5. Si Europa es una, y puede serlo con el debido respeto a todas sus
diferencias, incluidas las de los diversos sistemas políticos; si Europa vuelve
a pensar en la vida social, con el vigor que tienen algunas afirmaciones de
principio como las contenidas en la Declaración Universal de los Derechos del
Hombre, en la Declaración europea de los Derechos del Hombre, en el Acta
final de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa; sí Europa
vuelve a actuar, en la vida específicamente religiosa, con el debido
conocimiento y respeto a Dios, en el que se basa todo el derecho y toda la
justicia; si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de
abrir a su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos
y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del
desarrollo (Cfr. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978) 35 ss), su
futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá
a un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y
determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra
y por un posible ciclón de holocausto atómico.
6. En estos instantes vienen a mí mente los nombres de grandes personalidades:
hombre y mujeres que han dado esplendor y gloria a este continente por su
talento, capacidad y virtudes. La lista es tan numerosa entre los pensadores,
científicos, artistas, exploradores, inventores, jefes de estado, apóstoles y
santos, que no permite abreviaciones. Estos constituyen un estimulante
patrimonio de ejemplo y confianza. Europa tiene todavía en reserva energías
humanas incomparables, capaces de sostenerla en esta histórica labor de
renacimiento continental y de servicio ala humanidad.
Me es grato recordar ahora con sencillez la fuerza de espíritu de Teresa de
Jesús, cuya memoria he querido especialmente honrar durante este viaje, y la
generosidad de Maximiliano Kolbe mártir de la caridad en el campo de
concentración de Auschwitz al que recientemente he proclamado santo. P
ero merecen particular mención los Santos Benito de Nursia y Cirilo y Metodio,
Patronos de Europa. Desde los primeros días de mi pontificado, no he dejado de
subrayar mi solicitud por la vida de Europa, y de indicar cuáles son las
enseñanzas que provienen del espíritu y acción del « patriarca de Occidente » y
de los «dos hermanos griegos», apóstoles de los pueblos eslavos.
Benito supo aunar la romanidad con el Evangelio, el sentido de la universalidad
y del derecho con el valor de Dios y de la persona humana. Con su conocida frase
«ora et labora» — reza y trabaja—, nos ha dejado una regla válida aún hoy para
el equilibrio de la persona y de la sociedad, amenazadas por el prevalecer del
tener sobre el ser.
Los Santos Cirilo y Metodio supieron anticipar algunas cοnquistas, que han sido
asumidas plenamente por la Iglesia en el Con cilio Vaticano II, sobre la
inculturación del mensaje evangélico en j las respectivas civilizaciones,
tomando la lengua, las costumbres y el espíritu de la estirpe con toda plenitud
de su valor. Y esto lo realizaron en el siglo IX, con la aprobación y el apoyo
de la Sede Apostólica, dando lugar así a aquella presencia del cristianismo
entre los pueblos eslavos, que permanece todavía hoy insuprimible, a pesar de
las actuales vicisitudes contingentes. A los tres Patronos de Europa he dedicado
peregrinaciones, discursos, documentos pontificios y culto público, implorando
sobre el continente su protección, y mostrando a la vez su pensamiento y su
ejemplo a las nuevas generaciones.
La Iglesia es además consciente del lugar que le corresponde en la renovación
espiritual y humana de Europa. Sin reivindicar ciertas posiciones que ocupó en
el pasado y que la época actual ve como totalmente superadas, la misma Iglesia
se pone al servicio, como Santa Sede y como Comunidad católica, para contribuir
a la consecución de aquellos fines, que procuren un auténtico bienestar
material, cultural y espiritual a las naciones. Por ello, también a nivel
diplomático, está presente por medio de sus Observadores en los diversos
Organismos comunitarios no políticos; por la misma razón mantiene relaciones
diplomáticas, lo más extensas posibles, con los Estados; por el mismo motivo ha
participado, en calidad de miembro, en la Conferencia de Helsinki y en la firma
de su importante Acta final, así como en las reuniones de Belgrado y de Madrid;
esta última, reanudada hoy; y para la que formulo los mejores votos en momentos
no fáciles para Europa.
Pero es la vida eclesial la que es llamada principalmente en causa, con el fin
de continuar dando un testimonio de servicio y de amor, para contribuir a la
superación de las actuales crisis del continente, como he tenido ocasión de
repetir recientemente en el Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales
Europeas (Cfr. IOANNIS Pauli PP. II Allocutio ad Consilium Conferentiarum
Episcopalium Europae habita, die 5 oct. 1982: vide supra, pp. 689 ss.).
7. La ayuda de Dios está con nosotros. La oración de todos los creyentes nos
acompaña. La buena voluntad de muchas personas desconocidas artífices de paz y
de progreso, está presente en medio de nosotros, como una garantía de que este
Mensaje dirigido a los pueblos de Europa va a caer en un terreno fértil.
Jesucristo, el Señor de la historia, tiene abierto el futuro a las decisiones
generosas y libres de todos aquellos que, acogiendo la gracia de las buenas
inspiraciones, se comprometen a una acción decidida por la justicia y la
caridad, en el marco del pleno respeto a la verdad y la libertad.
Encomiendo estos pensamientos a la Santísima Virgen, para que los bendiga y haga
fecundos; y recordando el culto que se da a la Madre de Dios en los numerosos
santuarios de Europa, desde Fátima a Ostra Brama, de Lourdes y Loreto a Częstochowa,
le pido que acoja las plegarias de tantos corazones: para que el bien continúe
siendo una gozosa realidad en Europa y Cristo tenga siempre unido nuestro
continente a Dios.
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