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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL
CONSEJO INTERNACIONAL PARA LA CATEQUESIS

15 de abril de 1983

Señor cardenal,
venerables hermanos en el Episcopado,
amados hermanos y hermanas:

1. Agradezco ante todo al cardenal Oddi las corteses y apreciables palabras pronunciadas. Doy mi bienvenida y mi saludo cordial a él y a todos los que habéis venido hasta aquí. Junto a él, me es grato mencionar a los superiores y a los oficiales de la Sagrada Congregación para el Clero, a los miembros de la oficina pastoral-catequística y a todos los que pertenecen al Consejo internacional para la Catequesis, que han venido a Roma desde lejanos países y desde diversos ambientes. Me alegra recordar inmediatamente una bella afirmación del Santo Obispo Ambrosio, que proclama ángel es a aquellos que se comprometen a transmitir la Palabra de Dios y a evangelizar a los hombres: “No se puede callar, no se puede negar: es un ángel el que anuncia el reino de Dios y la vida eterna”: Non est fallere, non est negare: angelus est qui regnum Dei te vitam aeternan anmuniat (De Mysteriis, 1, 6). En realidad vosotros habéis venido aquí, al centro de la Iglesia visible, para traer vuestra cualificada contribución a la solución de problemas tan importantes y graves, que afectan a la evangelización y a la catequesis, según esta en la finalidad de los estatutos del mismo Consejo.

Por mi parte, estoy muy contento de vuestra presencia doy muchas gracias al Señor, que me da la oportunidad de expresar algunas consideraciones referentes a la naturaleza, responsabilidad y finalidad de la catequesis

2. Los trabajos de esta sesión del consejo internacional para la Catequesis en los diversos temas tratados: La reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia” y “Schema doctrinae christianae”, han puesto sin duda de relieve que, sin una instrucción y formación religiosa precisa y profunda, no es posible esperar de los fieles una práctica sincera y generosa de la vida cristiana. Esto debe decirse ante todo para una familiar y saludable frecuencia del sacramento de la reconciliación. En efecto, si es necesaria la catequesis en general para los sacramentos, es mucho más necesaria para el sacramento de la reconciliación, cuyo elemento sensible, es decir, la materia del sacramento, es constituida propiamente por los actos del penitente. La evangelización del divino mensaje de la salvación. A este propósito, las tareas y las competencias de cada uno de los Ordinarios, de las Conferencias Episcopales y de la misma Santa Sede, están claramente establecidas en el libro tercero del nuevo Código de Derecho Canónico, y, por lo que se refiere a la preparación y a la publicación de los catecismos, particularmente en los cánones 775 y 827.

La catequesis es sin duda la primera y más comprometida tarea de los presbíteros, que deben ser los agentes más inmediatos y generosos de la evangelización; me agrada recordar aquí también la responsabilidad propia e insustituible de los padres en la instrucción y formación religiosa de los hijos, porque, como ya he dicho en otra ocasión: “La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de Catequesis (Catechesi tradandae, 68).

4. Vuestra reflexión se ha detenido también en otro aspecto fundamental para la catequesis, el de sus contenidos, que a veces puede ser fuente de dificultades y tensiones, si se tienen en cuenta las múltiples implicaciones del problema.

La catequesis es un acto de la Iglesia, que nace de la fe y está al servicio de la fe; ella guía y sostiene al hombre en la nueva existencia en Cristo resucitado. Pero la fe lleva consigo realidades, vive de contenidos vitales que son expresados en las diferentes profesiones de fe. La catequesis, por tanto, debe tener una unión vital con estos contenidos. Transmitir, explicar y hacer vivir integralmente las realidades expresadas en el Símbolo de la Fe es tarea de la catequesis, que es auténtica y cristiana cuando transmite la fe vivida por la Iglesia, en continuidad y fidelidad, cuando es palabra viva y no una idea abstracta, cuando se esfuerza por dar a los fieles certezas sencillas y sólidas, capaces de iluminar y transformar la vida individual y colectiva.

Esta característica de la catequesis cristiana —ser palabra viva— es lo que permite resolver el problema de la relación entre contenido y vida. En efecto, las ideologías y los grandes mitos modernos logran a menudo movilizar y exaltar grandes masas, pero su éxito es inevitablemente la manipulación, y no pocas veces la destrucción de la dignidad, de la libertad, de la vida misma, porque se trata de doctrinas y de fórmulas al servicio de una voluntad de dominio, mientras la Palabra de Dios es comunicación de vida, es relación personal con El, es fundamento de la dignidad del hombre. Esta admirable y única dignidad del hombre se convierte, en un mundo dominado por el anonimato, en una ocasión de vocación personal y única que inserta el hombre, con su plena creatividad y responsabilidad, en el designio de Dios. La catequesis ayuda a descubrir y a alimentar esta vocación de todo hombre y funda así la identidad del creyente en su servicio a la sociedad, que es testimoniar la vida y la verdad y mostrar la vía. La fe, en efecto, es un acto, de libertad humana suprema que se abre a la gratuita iniciativa de Dios Revelante y se da definitivamente a Cristo Redentor con amoroso conocimiento, asumiendo así la verdadera identidad cristiana.

5. Amadísimos: Sabed que llevo muy en el corazón vuestro trabajo. De vosotros, en efecto, depende en gran parte la eficacia del anuncio cristiano, que está destinado a dar frutos en la vida diaria de los bautizados. Por esto, es mi deber recordaros a todos vosotros ante el Señor en la oración, con el fin de que El ilumine vuestras mentes, robustezca vuestras voluntades, fecunde vuestros esfuerzos. La renovación de la catequesis debe ser considerada verdaderamente como un don del Espíritu Santo a la Iglesia (Catechesi tradandae, 3). Al dirigiros mi palabra de ánimo, quiero hablar a cuantos comparten con vosotros la responsabilidad de la búsqueda y de la experimentación, así como también a todos los padres, catequistas y profesores, que humildemente y con alegría ejercen el apostolado catequístico en las casas, en las parroquias, en los grupos.

Que el Señor os bendiga ampliamente, mientras con alegría os imparto mi bendición apostólica a todos vosotros, a vuestros colaboradores y a cuantos de diferentes maneras se beneficiarse de vuestros preciosos trabajos.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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