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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA «COMISIÓN TRILATERAL»*

Lunes 18 de abril de 1983

 

Queridos amigos:

1. Me es grato tener este encuentro con los miembros de la Comisión Trilateral, que es al mismo tiempo, tal vez, de un modo especial, una ocasión oportuna para reflexionar. Estoy consciente de que representáis una concentración singular de técnica, de saber práctico y de experiencia. Esa gran acumulación de conocimientos en el ámbito político, económico, financiero y sociológico pone en vuestras manos los medios de un poder considerable. Y, ¿cómo puede ejercerse el poder moralmente, si no va acompañado de un agudo sentido de responsabilidad?

No es mi propósito interferir en vuestras investigaciones técnicas. Sin embargo, el campo de vuestro trabajo está tan estrechamente relacionado con los seres humanos que os halláis constantemente en la frontera entre la tecnología y la ética. En este aspecto es donde tengo el mayor interés por vuestra labor referente a las relaciones Este-Oeste, a la cooperación internacional, a la búsqueda de la paz en Oriente Medio, a la limitación de armas y de otros asuntos.

Esa dimensión ética de vuestra actividad queda realzada por vuestros orígenes geográficos. Todos vosotros procedéis de los lugares prósperos del mundo y por este motivo tenéis la responsabilidad de alentar a los hombres para que afronten su deber de solidaridad humana internacional, pues, como dijo mi predecesor Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, “Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos” (n. 44).

Por otra parte, al hablar de solidaridad humana y de política, y de solidaridad internacional y de política en particu1ar, no se pueden olvidar las palabras de Juan XXIII: “La misma ley natural que rige las relaciones de convivencia entre los ciudadanos debe regular también las relaciones mutuas entre las comunidades políticas” (Pacem in terris, III n. 80). La solidaridad internacional no mira únicamente a las relaciones entre naciones, sino también a todos los instrumentos de relaciones entre las naciones, incluso los que se hallan a nivel de gobierno y de compañías multinacionales. En todo ámbito existen exigencias éticas y morales. Dichas exigencias éticas y morales abarcan los diversos factores de la tecnología y guardan relación directa con la productividad y el beneficio de las empresas, como aludí en la Laborem exercens (cf. n. 17). En una palabra, toda actividad tiene que estar al servicio de la vida —la vida de los individuos y de las comunidades dondequiera que estén—, y esta actividad no puede violar las leyes de la vida, la generación de la vida, dignidad de la vida, especialmente la vida de los pobres.

2, Me alegra saber que estáis empleando estos días en la discusión de un estudio de estrategias del desarrollo, un estudio que debe acentuar el doble esfuerzo que ha de realizarse: de un lado, por los países más pobres, asegurando su autodesarrollo; de otro, por los países más ricos, creando condiciones económicas y comerciales que ayuden a afrontar las necesidades esenciales de los que viven en regiones de desarrollo, lo cual favorecerá también una distribución más justa de los recursos.

Pero aquí me hago yo mismo una pregunta, pregunta que os planteo también a vosotros: ¿Por qué al final del primer tercio de la tercera década de desarrollo la situación global de las relaciones Norte-Sur es más alarmante de lo que era al comienzo de los años sesenta? ¿Por qué aumenta constantemente el desnivel entre ricos y pobres? Como respuesta, se puede apuntar a la crisis energética de los años setenta que enfrentó al mismo mundo desarrollado con una cantidad sorprendente de desafíos sociales. Permitidme mencionar, como complemento que se añade a esto, la inadecuada atención que se ha prestado a uno de los temas principales de la Populorum progressio: “El desarrollo integral del hombre”.

Es una ilusión perseguir únicamente el desarrollo material. Todo, incluso el dinamismo de la producción y de los beneficios mismos, tiene sus raíces en la conciencia de la dignidad humana. Si se impugna esa dignidad, sufren menoscabo todos los esfuerzos que se hagan en el desarrollo. Al contrario, crear condiciones sociales, culturales y espirituales que protejan a la persona de todas las situaciones de opresión, de explotación y de dependencia degradante constituye una garantía de éxito para los proyectos de desarrollo. “En una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más» (Populorum progressio, 6).

3. Por otra parte, las relaciones de paz entre las naciones es algo que forma parte igualmente de vuestras preocupaciones. Este aspecto está mucho más íntimamente relacionado con el desarrollo de lo que aparece a primera vista, puesto que la verdad ética a la que acabo de referirme se halla en la raíz misma de la auténtica paz. Es cierto que no se pueden despreciar los esfuerzos pacientes de los negociadores ni los trabajos llenos de soluciones técnicas, que pueden ser capaces de fijar el equilibrio de poder a un nivel cada vez más bajo. Yo mismo los he alentado en numerosas ocasiones. Al comienzo de este año dirigí un mensaje sobre la importancia del diálogo como medio para garantizar la seguridad. Esto presupone, naturalmente, que dicho diálogo sea sincero, sin falsedad y libre de toda intención de engañar a la otra parte.

Quisiera repetir ahora en vuestra presencia lo que fue proclamado otra vez ante las Naciones Unidas: “La producción y la posesión de armamentos son la consecuencia de una crisis ética que corroe a la sociedad en todas sus dimensiones: política, social y económica. La paz, lo he repetido muchas veces, es el resultado del respeto a los principios éticos. El verdadero desarme, aquel que garantizará la paz entre los pueblos, no se realizará sino con la solución de esta crisis ética. De modo que si los esfuerzos de reducción de los armamentos y el posterior desarme total no van acompañados de forma paralela por un enderezamiento ético, están destinados de antemano al fracaso.

“Intentar volver a poner nuestro mundo en su sitio, eliminar de é1 la confusión de los espíritus engendrada por la mera búsqueda de intereses y de privilegios o por la defensa de pretensiones ideológicas: ésta es la tarea absolutamente prioritaria si se desea llegar a progresar en la lucha por el desarme. Si no, nos quedaremos en falsas apariencias” (Mensaje a las Naciones Unidas, II sesión especial sobre el Desarme, n. 12; L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de julio de 1982, pág. 8).

Como veis, en el campo que constituye el objeto de vuestro interés y competencia, es imposible separar tecnología y ética. Sin la ayuda de la ética, la actividad política no asegura el bien común, sino que se convierte en una insoportable y detestable explotación del hombre por el hombre.

Así, pues, quisiera apremiaros a continuar con buena voluntad vuestros esfuerzos e investigaciones sin olvidar nunca ni quebrantar la dimensión moral de las relaciones internacionales y a hacer todo en servicio del hombre.

Que Dios, creador del hombre y señor de la vida, haga efectiva vuestra contribución a la humanidad y arraigue la paz en vuestros corazones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 19 p.10.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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