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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE PORTUGAL ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 23 de diciembre de 1983

 

Señor Embajador:

Merecen sumo aprecio, y son motivo de esperanza, la delicadeza de sentimientos y nobleza de los propósitos que usted manifiesta personalmente y en nombre del Excelentísimo Señor Presidente de la República Portuguesa, en este día de presentación de las Cartas Credenciales como Embajador de Portugal ante la Santa Sede. Se lo agradezco con reconocimiento y le ruego se haga intérprete de mi agradecimiento al Señor Presidente de la República, también por haberle encomendado la alta misión de representar aquí a una noble nación aureolada por una historia gloriosa, a la que tengo en gran estima.

Antes de enunciar los principios que orientarán su actuación, Su Excelencia ha recordado la visita pastoral que tuve la alegría de hacer a su País; en ella usted intervino personalmente en el desempeño de altas funciones. Sigue viva en mí aquella experiencia humana y religiosa; ésta me hizo calibrar el acierto de un predecesor mío al calificar a Portugal de «Nación fidelísima” a la Sede de Roma. Recuerdo complacido las jornadas de esta peregrinación apostólica bajo los auspicios de la Virgen Santa María, que culminó en los solemnes actos religiosos que celebré en el Santuario de Nuestra Señora de Fátima junto con Portugal y el mundo cristiano.

Siguiendo sus deferentes palabras, he ido reviviendo las imágenes de aquel encuentro con Portugal y su arraigada tradición religiosa –de Portugal simbólicamente orante y hermanado con el mundo, arrodillado en torno al Romano Pontífice–.

He captado en sus palabras que Su Excelencia comparte la idea de que la diplomacia es acto de confianza en los hombres, confianza en su capacidad de buscar en comunión la verdad que ha de iluminar el esfuerzo de todos por salvaguardar y promover la dignidad de las personas y pueblos de la gran familia humana, con vistas a la tarea siempre inacabada de construir justicia, paz y fraternidad.

De hecho, sin estima y amor al hombre, la diplomacia, al igual que los demás servicios a la noble causa del hombre, quedaría sin alma para encarnar su papel, que consiste en ser un posible medio para favorecer la convivencia armoniosa y la prosperidad de los pueblos sobre las firmes bases del Derecho natural e internacional; y será un medio, en efecto, si contribuye y anima a procurar el bien común y la solidaridad universal que reclaman situaciones y tensiones concretas, exigiendo a la vez jerarquización de intereses.

Precisamente en esta perspectiva, tengo el gusto de acoger al representante de un pueblo a cuyo modo peculiar de ser en el mundo, se sienten vinculados, por lazos culturales, hombres y pueblos de la vasta área geográfica que se comunican entre sí y glorifican a Dios por medio de la Lengua portuguesa. En su modo de ser y estar en el mundo figuran huellas profundas de adhesión multisecular al Cristianismo y de pertenencia a la Iglesia Católica de la mayoría de los portugueses, y esto tiene incidencia patente en buena parte de su patrimonio cultural.

Se trata de algo valioso que envuelve como un ropaje el nombre de la Nación Lusa, le exige gravedad coherente y le marca rumbos para el futuro. Esta nobleza sin artificio, encuadrada en el presente y vivida por las gentes pacientes, trabajadoras y honradas, por hidalgas tradiciones de Portugal, parece encontrarse en un momento de búsqueda no exento de interrogantes, como suele suceder en todos los virajes históricos. Mientras tanto hay que confiar en que los portugueses sean capaces de aunar esfuerzos y dedicarse, con dignidad y libertad responsable, a la construcción del futuro próspero a que todos aspiran.

Objeto de presiones de toda especie y pretexto a veces para rechazar la sumisión a la orden objetiva establecida, esta libertad responsable no prescinde de juzgar las cosas a la luz de la verdad, ver las exigencias del bien común y tener en consideración a los demás y colaborar con ellos, con apertura solidaria a los destinos de la entera familia humana. Sobre todo, no prescinde del respeto a los bienes y valores intangibles pertenecientes al patrimonio espiritual universal; destaco entre éstos el don de la vida, derecho inviolable en todos los momentos de la existencia personal, acompañado del derecho a acceder a cuanto es necesario para una vida verdaderamente humana.

Señor Embajador: renovando mi aprecio con la afirmación de que su País, quiere seguir sintonizando con los llamamientos de la Iglesia a respetar los Derechos de los hombres y los pueblos y volver a examinar rigurosamente los intercambios y ayuda mutua de las naciones, deseo reiterar mi admiración por lo que fue y es Portugal y por el ideal que se fijó de ser nación moderna inserta en Europa y en el mundo actual.

Y deseo que el feliz desempeño de su alta misión le proporcione alegrías y consuelos al consolidar las buenas relaciones tradicionales de Portugal con la Santa Sede y darles eficacia. Para ello aquí encontrará Su Excelencia la acogida, respeto, comprensión y apoyo que tiene derecho a esperar. Y, en fin, le ruego transmita mis mejores saludos al Señor Presidente de la República, y formulo votos de gran prosperidad para Portugal e imploro para ella abundantes bendiciones de Dios.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1984, n.3 p.6.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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