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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER EMBAJADOR DE NORUEGA ANTE LA SANTA SEDE


Jueves 17 de febrero de 1983

 

Señor Embajador:

1. Con alegría le recibo en esta casa y le agradezco vivamente los delicados sentimientos y nobles propósitos que acaba de expresar al presentar las Cartas Credenciales. Todos captamos con emoción la importancia de este momento histórico en el que el Reino de Noruega comienza a estar representado por vez primera ante la Santa Sede mediante un Embajador Extraordinario y Plenipotenciario para las relaciones diplomáticas permanentes.

Le agradecería se hiciera intérprete de mi gratitud ante Su Majestad Olav V de quien acaba de transmitirme el testimonio de su afecto y buenos deseos. Como mi predecesor Pablo VI, que le recibió aquí hace quince años, le envío un saludo deferente y le manifiesto mis deseos cordiales para su persona, familia y todo el Pueblo noruego.

2. El primer sentimiento de que quiero darle fe, Excmo. Señor, es la simpatía con que mira la Santa Sede a su País. Sin olvidar los rigores del clima, sobre todo en el corazón de las largas noches de invierno ¿quién no ha sentido admiración y soñado ante la belleza de sus montañas y bosques y de los calas que marcan todo el litoral? Y sin remontarnos a la epopeya de los vikingos y de sus marinos ávidos de aventuras, es conocido el carácter valiente y hábil de sus compatriotas que han dotado al País de un gran progreso moderno y después de muchas vicisitudes, han asegurado la independencia plena a la vez que mantienen relaciones de estrecha solidaridad dentro del Consejo Nórdico, Consejo de Europa y Organización de las Naciones Unidas. Sí, la Santa Sede pondera atentamente estos datos pues, por ser la universalidad vocación de la Iglesia Católica, ésta se mantiene abierta y respetuosa a la vez hacia las riquezas humanas específicas de cada uno de los países que forman el concierto de las naciones.

3. Señor Embajador: ha señalado usted mismo con fuerza los elementos que conducían casi naturalmente a tejer vínculos profundos entre la Santa Sede y Noruega. En efecto, hay una fuente común de tradiciones, pensamiento, ideal humano y comportamientos: la fe cristiana que han recibido todos los países de Europa en el primer milenio de la Iglesia, cual don a hacer fructificar. Pronto podrá celebrar su País el milenio de su bautismo con los primeros reyes cristianos Haakon el Bueno, Olaf Tryggvesson y, sobre todo, Olaf Hataldsson, tan empeñado en iniciar a su Pueblo en el Cristianismo y tan justamente venerado. Ha hecho usted alusión a las íntimas relaciones existentes entonces entre los obispos de Noruega y el de Roma. En sus compatriotas que hoy se adhieren compactamente a la Confesión Luterana, la Iglesia Católica se complace en ver a hermanos en busca también ellos de la unidad querida por Nuestro Señor común, y llenos de entusiasmo porque brille el Evangelio en el corazón de los hombres y de la sociedad.

Además si, como es natural en esta audiencia, nos situamos en el plan de la Santa Sede y de los responsables políticos de Noruega, hay ideales de la vida social e internacional y también medios que tratan de alcanzarlos, en los que están interesados unos y otros: promoción de la justicia para todos, la búsqueda de la seguridad y la paz a través de un diálogo incesante, lúcido y leal y también respetuosos de los Derechos, tradiciones e intereses legítimos de cada uno, solidaridad entre los pueblos en la lucha contra el hambre y el analfabetismo, respeto de los Derechos fundamentales del hombre en toda circunstancia, ejercicio de una libertad bien entendida que permita la expresión y participación de todos los ciudadanos, y sensibilidad hacia el bien común de la Nación y de la comunidad internacional.

4. Todo ello pone en evidencia el provecho de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y su noble País inauguradas hoy, y de las que usted, Excmo. Señor, será el responsable privilegiado en nombre de su Soberano y su Gobierno, como lo es el Pro-Nuncio Apostólico ante estos últimos. Como usted ha recordado, se verificaban ya encuentros y cooperación entre representantes u Observadores de la Santa Sede y sus diplomáticos en las reuniones de Conferencias internacionales. Pero las nuevas relaciones bilaterales se proponen también otros objetivos.

Espontáneamente me viene el recuerdo de la presencia de comunidades católicas muy reducidas en número y muy diseminadas, sobre todo fuera de la diócesis de Oslo. Gracias a la libertad religiosa de que gozan pueden mantener su fe, dar testimonio dentro del respeto a todos, prestar servicio en el sector cultural y en el sanitario y compartir con sus otros hermanos cristianos los esfuerzos requeridos por el bien común. Dados sus vínculos orgánicos con la Sede de Pedro, comprenderá usted que muestre interés particular y lleno de afecto hacia ellos.

Pero al apoyar el testimonio de estos católicos, por el mismo hecho la Santa Sede se interesa al mismo tiempo por el desarrollo de los valores espirituales en todos sus compatriotas, sobre todo porque hoy se presta atención privilegiada a los bienes materiales a través del progreso económico y porque la evolución general de las corrientes de pensamiento y costumbres inclinan a muchos a ocuparse menos de la relación esencial con Dios y de las virtudes que enseña el Evangelio.

5. En fin, estoy convencido de que a nivel de relaciones internacionales, los esfuerzos de la Santa Sede y de Noruega coincidirán cada vez más para bien de las personas necesitadas y progreso de los pueblos, de acuerdo con los principios a que hemos aludido. Aquí no encuentra Usted un Estado como los otros. En este siglo XX es sólo soporte de una institución espiritual: no tiene intereses propios que defender, sino los que son comunes a los hombres y a los creyentes en cualquier lugar en que se hallen.

Espero que su misión le permita ser testigo de excepción de ello y favorecer relaciones que resulten de provecho. Formulo los mejores votos para esta misión y pido a Dios que bendiga a su persona y a su querido País.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 16 p.18.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

   

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