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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DEL LÍBANO
ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 8 de enero de 1983

 

Señor Embajador:

1. En las palabras que me acaba de dirigir con tanta cortesía y entusiasmo he visto cómo desea usted cumplir la misión que le ha encomendado el Señor Presidente Amine Gemayel, con la fe cristiana que le anima y profundo deseo de contribuir a la paz y prosperidad de su querido País y de los demás países del Próximo Oriente. Le agradezco de corazón los sentimientos expresados con tanta altura y amplitud de miras, y le felicito por haber sido elegido para representar dignamente al Líbano ante esta Sede Apostólica, a la zaga de sus valiosos predecesores.

Es sin duda digno y justo que en este primer encuentro recordara usted los años dolorosos en extremo que acaba de vivir su País. ¡Cuántas pérdidas de vidas humanas, cuántos sufrimientos físicos y morales, cuántas destrucciones materiales han ocurrido! Conceda Dios, cuya misericordia es infinita, la paz en el más allá a las víctimas demasiado numerosas de este drama y otorgue a todos los libaneses la voluntad de entenderse y ayudarse mutuamente.

2. Sin repetir lo dicho en su noble discurso, sí quisiera hacerme eco de algunos puntos importantes destacados por usted. Si mi misión esencialmente espiritual y pastoral me prescribe amar y servir a todas las comunidades católicas del universo, es evidente que la preocupación de mi espíritu y mi corazón se centran especialmente en las que pasan por pruebas dolorosas y prolongadas. Y quiero repetirlo – sin quitar nada a mis hijos de la Iglesia Católica –, que esta preocupación se extiende a los pueblos flagelados por sufrimientos debidos a cataclismos, perturbaciones socio-políticas, guerras, calamidades o epidemias. El corazón del Papa se esfuerza por ser tan grande como las miserias del mundo. Y estoy contento de que usted haya recordado que mis predecesores han amado profundamente al Líbano. La historia podrá decir que Pablo VI y después yo mismo hemos intentado hacer todo lo posible por detener las recientes contiendas y prestar socorro en las calamidades.

3. Líbano, del cual la Biblia evoca a menudo la magnificencia de sus bosques de cedros, tan famosos en la antigüedad, hasta el punto de que este árbol ha sido bordado en vuestra bandera como emblema nacional, ¡está tan cerca de la tierra donde Jesús nació y murió! Y, ¿cómo olvidar que muy pronto crecieron e incluso resistieron hasta el derramamiento de sangre comunidades cristianas numerosas y diferentes, en especial los discípulos de San Marón? A estas comunidades católicas he querido honrar y dar las gracias, al llamar a Su Beatitud Antoine Pierre Khoraiche, Patriarca de los Maronitas, a entrar próximamente en el Colegio de Cardenales. Y, sin poderme comprometer actualmente con precisión, añado que si la Providencia lo permitiera, quisiera visitar y animar en vuestra tierra a todos vuestros compatriotas a que sigan caminos de concordia fraterna y garantía de la independencia nacional. La coexistencia peculiar y armónica entre creyentes monoteístas ha conocido períodos felices, si bien momentos más difíciles hayan hecho dudar de la posibilidad permanente de tal pluralismo. Líbano ha dado y puede seguir dando sin la menor pretensión este ejemplo estupendo a Oriente Medio. Ciertamente, una determinada manera de entender la religión puede ser tal vez pretexto de litigio; pero entran en juego muchos otros elementos de tipo racial, político, económico y cultural. Esto me mueve a aprobar plenamente lo que usted mismo decía en su discurso cuando aspiraba a que todos los libaneses – y cada confesión de creyentes, comenzando por los católicos –, se esfuercen sin tregua por purificar sus espíritus y sus corazones de egoísmos y contiendas que todavía subsisten o podrían renacer. En el fondo, la solución de los problemas internos del Líbano pasa por la reconciliación nacional, aun en el caso de que no resuelva automáticamente las dificultades externas. Esta reconciliación en torno al poder, dará fuerza al pueblo libanés para negociar con lucidez, lealtad y firmeza la cuestión de su independencia soberana damnificada por los sucesos de los últimos años. He advertido con satisfacción en sus palabras que los libaneses, tanto cristianos como musulmanes, desean armonía con el pueblo judío. Espero mucho de las conversaciones en curso para encontrar solución a los delicados problemas que se están tratando, sin olvidar la suerte de las familias palestinas, tan probadas también ellas. En el mundo actual, en el que existen posibilidades destructoras aterradoras, el diálogo es el único camino digno de los responsables de los pueblos, y todo responsable debe enseñarlo a sus súbditos; el 15 de septiembre pasado, y más recientemente con ocasión de la Jornada mundial de la Paz, tuve interés en recordar la necesidad absoluta y las condiciones de este diálogo.

4. En resumen, y al igual que muchas otras regiones del mundo, el Próximo Oriente tiene necesidad urgente de reconciliación. Y, ¿será preciso subrayar ante usted, Señor Embajador, que la reconciliación verdadera no es asunto de poca envergadura que exige sólo la buena voluntad de las partes interesadas? Muchas veces éstas tienen que hacer esfuerzos bien arduos por admitir y examinar los puntos de vista del otro, su historia, intereses vitales, cultura específica y necesidad de seguridad. Por desgracia, la historia reciente o más antigua nos proporciona ejemplos de reconciliaciones falsas dentro o fuera de un país. La reconciliación verdadera jamás se logra a expensas de la justicia y Derechos fundamentales. Me atrevo a añadir que no podrían tampoco identificarse justicia y reconciliación. La superación de conflictos exige que cada parte sepa renunciar a algo de lo que estima justo, aun cuando cada bando piense hallarse «en su derecho». Permítame que aluda ahora al Año Santo excepcional que he decidido inaugurar el 25 de marzo próximo. El Espíritu del Señor me ha hecho sentir cuánta necesidad de misericordia divina tienen el mundo y la propia Iglesia, para reanudar relaciones comprometidas o rotas y volver a encontrar el sentido mismo de toda la historia humana: la construcción de un mundo de verdad y justicia, fraternidad y paz. Expreso mi fuerte anhelo de que este Año Santo dé frutos abundantes en las comunidades cristianas del Líbano y en todos los hombres de buena voluntad.

Y, en fin, su espíritu religioso le ha movido a evocar la piedad mariana de los libaneses en general, y el respeto que profesan a la Madre de Jesús también sus compatriotas musulmanes. Quienes se sorprenden de esto quizá no han comprendido hasta qué punto la madre es fuente de cohesión y unión con toda familia. Yo también suplico a esta Mujer bendita entre todas – a la que llamáis afectuosamente Nuestra Señora del Líbano – que ayude a los libaneses a amarse más que nunca y abandonar definitivamente los errores y contiendas sangrientas de años pasados, sea cual fuere su origen.

Con estos sentimientos de gran esperanza para su Patria y de paz para todo el Próximo Oriente, le recibo como Embaja­dor del Líbano ante la Santa Sede. Formulo votos cordiales por el feliz desempeño de su alta misión. Que contribuya a conseguir el mayor bien a la población cristiana, musulmana o perteneciente a otras religiones, y sea causa de alegría para la Sede Apostólica, cuyo objetivo único, a nivel de relaciones diplomáticas con los Estados que lo desean, es estar al servicio de la paz de los pueblos y velar especialmente por su libertad religiosa. Invoco para su persona, los responsables de su Nación y todos los libaneses, abundantes bendiciones del Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.9, p.6.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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