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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LOS PAÍSES BAJOS
ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 22 de enero de 1983

 

Señor Embajador:

Este mismo día – mera coincidencia o circunstancia providencial – tengo la alegría de recibir a usted, Excelentísimo Señor, como nuevo Embajador ante la Santa Sede de Su Majestad la Reina de los Países Bajos, y recibir también a los obispos que están al frente de las diócesis católicas, venidos a la tradicional visita ad Limina. Estos dos acontecimientos de diferente índole, claro está, convergen sin embargo porque estas autoridades cualificadas hacen presente en esta casa, por así decir, al pueblo neerlandés con su vida, problemas y esperanzas.

Le agradezco sinceramente, Señor Embajador, las palabras que acaba de dirigirme. Atestiguan la concordancia ya existente entre los esfuerzos de la Sede Apostólica y los de su Gobierno en la defensa y promoción de la paz mundial por los caminos del diálogo, y en el intento de que se respeten en todos los sitios la dignidad sagrada de los individuos y la libertad de los pueblos, o también cuando se trata de socorrer a regiones víctimas de catástrofes imprevisib1es o calamidades endémicas. La misión que inicia usted hoy y la visita del Episcopado neerlandés me dan motivo de aliento y esperanza.

Es usted hijo de una nación de rica y apasionante historia por muchos títulos. La célebre divisa «Luctor et emergo» bien merece figurar en el escudo de armas de su País. Desde siempre tuvieron que luchar sus antepasados con los elementos desencadenados del Mar del Norte y soportar los fuertes vendavales de la costa. Aún conservamos en la memoria las catastróficas inundaciones de 1953. Es decir que la historia del pueblo holandés se ha formado rechazando continuamente al mar y también recorriéndolo incansablemente. Esta dominante realidad ha hecho de sus compatriotas, marinos, viajeros, comerciantes, gente abierta al mundo y capaz de apreciar la relatividad de las cosas, mientras que los habitantes de tierra adentro, siempre presentes en sus campos, han mantenido más la tradición. En la actualidad estas diferencias se han atenuado, sin duda, por el desarrollo de las redes de carreteras modernas. Comprendo el atractivo de los turistas hacia los Países Bajos. Pueden contemplar sus triunfos sobre el mar, admirar la situación de sus explotaciones rurales y el esplendor de sus plantaciones de flores y sus huertas, y también la industrialización sumamente avanzada de numerosas centros urbanos. ¿Acaso no figura Ámsterdam entre los puertos más grandes del mundo? Y, ¿cómo olvidar sus célebres museos construidos para gloria de sus hombres ilustres, como por ejemplo, los grandes pintores Rembrandt y Rubens? Entre ustedes existen, además, diversidad de Confesiones religiosas que llevan decenios procurando coexistir en paz, dialogar y colaborar en obras sociales y caritativas, muchas veces con objetivos internacionales.

Me gusta evocar brevemente este panorama al recibirle esta mañana. Esto me permite participar de la historia y cultura de su País. Y quiero esperar que 1os Países Bajos, tan ricos en bienes materiales y recursos humanos, optarán siempre por los caminos de «ser» más que por 1os de «poseer», y así darán a Europa y al mundo su aportación peculiar en el progreso verdadero de la sociedad contemporánea.

Deseo de corazón que su alta misión diplomática se desarrolle de suerte que las excelentes relaciones ya existentes entre la Santa Sede, instancia de orden esencialmente cultural, y su Gobierno resulten cada vez más provechosas. Al igual que sus compañeros del Cuerpo Diplomático, a quienes tuve la alegría de recibir el 15 de enero, usted será aquí observador atento que sabrá transmitir a su Gobierno las actividades, preocupaciones y anhelos de la Sede Apostólica, e igualmente dará a conocer a ésta las informaciones, sugerencias y deseos del Gobierno de los Países Bajos.

Señor Embajador: Le agradecería tuviera la bondad de transmitir a Su Majestad la Reina de los Países Bajos mi respetuoso saludo y reiterarle mis votos de prosperidad, en todos los órdenes, para su Reino. A usted, Excmo. Señor, me complazco en manifestarle mi confianza y deseos cordiales de desempeño grato y fecundo de sus funciones. Pido a Dios que vele sobre su querido y hermoso país y bendiga a usted y a los miembros de su familia. 


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 9, p.6.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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