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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS AUTORIDADES ESTATALES
EN EL PALACIO DEL BELVEDERE

Varsovia, viernes 17 de junio de 1983

 

Ilustre Señor Presidente y Señor General,
Ilustres Señores:

1. «Una Polonia próspera y serena... interesa mucho para la tranquilidad y la buena colaboración entre los pueblos de Europa». Me permito iniciar mi discurso con las mismas palabras con las que lo inicié, en este mismo Palacio del Belvedere, en el mes de junio de 1979, durante mi precedente visita a la Patria. Repito estas palabras porque las pronunció un ¡gran amigo de Polonia!, el Papa Pablo VI, al que la Iglesia de nuestra Patria debe la obra importante de la normalización en los territorios septentrionales y occidentales. Las repito también porque estas palabras reflejan, por decirlo así, la constante quintaesencia de lo que la Sede Apostólica piensa de Polonia y desea para Polonia.

2. Este modo de pensar tiene un significado importante en el marco de nuestro difícil pasado histórico, comenzando especialmente desde finales del siglo XVIII. Precisamente sobre el fondo de las divisiones de Polonia, el pensamiento según el cual “Una Polonia próspera y serena... interesa mucho para la tranquilidad y la buena colaboración entre los pueblos de Europa”, ha sido un postulado de la moral internacional y de la sana razón de Estado europea. Este pensamiento, durante más de cien anos, tuvo que abrirse camino a través de los imperialismos contrarios a nuestra independencia; para encontrar finalmente expresión, al final de la Primera Guerra Mundial, en los tratados de paz. La nación polaca mantiene constante agradecimiento a los que entonces fueron los heraldos de su existencia independiente.

Mientras nos encontramos en Varsovia, capital de Polonia, el recuerdo de todas estas experiencias históricas revive de una forma especial. Y por ello siguen siendo siempre importantes las palabras de Pablo VI, que constatan no sólo que Polonia tiene derecho a la existencia soberana de un Estado, sino también que ella, en su lugar propio, es necesaria para Europa y para el mundo.

3. Pablo VI, en las palabras citadas, subrayaba que “Polonia... interesa mucho para la tranquilidad y la buena colaboración entre los pueblos de Europa”. Esta afirmación alcanza su plena elocuencia sobre el fondo de la Segunda Guerra Mundial, que fue la mayor violación de la paz en este siglo, especialmente en el continente europeo. Polonia se encontró en el centro de las terribles experiencias de aquella guerra. Por su derecho a la soberanía pagó con seis millones de ciudadanos propios que hicieron sacrificio de su vida en los diversos frentes de guerra, en las prisiones y en los campos de exterminio. La nación polaca reafirmó a un precio muy alto el propio derecho a ser dueña soberana de la tierra que heredara de los antepasados.

El recuerdo de las terribles experiencias de la guerra, vividas por Polonia y por otros pueblos de Europa, renueva, una vez más, el apasionado llamamiento para que la paz no sea turbada ni puesta en peligro, y en particular para que se ponga remedio, lo más rápidamente posible y de manera eficaz, con negociaciones leales y constructivas, a la amenazadora carrera de armamentos.

4. Al venir a Polonia, tengo ante los ojos toda su historia de mil años y, en primer lugar, las experiencias de este siglo, ligadas a mi propia vida.

Deseo dar muchas gracias a las autoridades supremas del Estado por la invitación a venir a la Patria, que me fue transmitida a través de la carta del Señor Presidente del Consejo de Estado. Vengo a mi Patria como peregrino con ocasión del Jubileo de Jasna Góra. Vengo a estar con mis compatriotas en un momento particularmente difícil de la historia de Polonia, después de la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, no pierdo la esperanza de que este difícil momento pueda ser un camino de renovación social, cuyo comienzo está constituido por los acuerdos sociales, estipulados por los representantes de las autoridades del Estado con los representantes del mundo del trabajo. Y aunque si la vida en la Patria desde el 13 de diciembre de 1981 ha sido sometida a los severos rigores del estado de guerra, que fue suspendido al comienzo del año actual, sin embargo no dejo de esperar que esa reforma social, muchas veces anunciada, según los principios elaborados con tanto trabajo en los críticos días de agosto de 1980 y contenida en los acuerdos, se vaya poniendo en práctica gradualmente.

Tal renovación es indispensable para mantener la buena fama de Polonia en el mundo, y para salir de la crisis interna, así como para ahorrar los sufrimientos de tantos hijos y de tantas hijas de la Nación, compatriotas míos.

5. La Sede Apostólica dedica muchos de sus esfuerzos a la causa de la paz en el mundo contemporáneo. Este año se celebra el XX aniversario de la publicación de la Encíclica Pacem in terris del Papa Juan XXIII. Pablo VI continuó, de muchas maneras, los esfuerzo en este campo. Éstos son muy numerosos y generalmente conocidos en su conjunto; sería difícil en este momento recordarlos detalladamente. Recordaré solamente la iniciativa de la Pontificia Academia de las Ciencias en el año 1981. Eminentes especialistas en materias científicas como la Física, la Biología, la Genética y la Medicina elaboraron un «memorándum» sobre las previsibles consecuencias del uso de las armas atómicas. El “memorándum” fue entregado por los representantes de dicha Academia a los Jefes de Estado de la Unión Soviética, Estados Unidos de América, Inglaterra y Francia, al Presidente de la Asamblea de la ONU y al Secretario General de la ONU.

Desde tiempos de Pablo VI se estableció la costumbre de celebrar en la solemnidad del primer día del año la Jornada mundial de la Paz, costumbre unida a un mensaje anual. Este año el mensaje del 1 de enero de 1983 lleva como título “El diálogo por la paz. una urgencia para nuestro tiempo”. Me permití enviar también el texto de este mensaje a los supremos representantes de la autoridad del Estado en Polonia.

Este mensaje llama la atención sobre las experiencias del pasado, para indicar que el diálogo en favor de la paz, especialmente en nuestra época, es necesario. Es también posible: “Sí, al final los hombres son capaces -escribí- de superar las divisiones, los conflictos de interés, incluso los contrastes que parecen radicales,... si creen en la fuerza del diálogo, si aceptan encontrarse para buscar una solución pacífica y razonable a los conflictos”.

6. A continuación, el documento caracteriza las notas distintivas del verdadero diálogo y los obstáculos que encuentra.

El mensaje de este año dedica mucho espacio al problema del diálogo en favor de la paz a nivel internacional. Dadas las circunstancias, me permitiré llamar la atención sobre el párrafo titulado «Diálogo a nivel nacional», en el que se lee: “El diálogo por la paz debe instaurarse... para resolver los conflictos sociales y buscar el bien común. Por lo tanto, teniendo en cuenta los intereses de los diferentes grupos, la armonía pacífica puede hacerse constantemente a través del diálogo, en el ejercicio de las libertades y de los deberes democráticos para todos, merced a las estructuras de participación y a las múltiples instancias de conciliación... (en las controversias entre los que dan trabajo y los trabajadores, de forma que se respeten y se asocien los grupos culturales, étnicos y religiosos que forman una nación). Desgraciadamente, cuando el diálogo entre los gobernantes y el pueblo no existe, la paz social está amenazada o ausente; es como si se viviera en estado de guerra. Pero la historia y la observación actual muestran que muchos países han conseguido o consiguen establecer una verdadera armonía permanente, para resolver los conflictos que surgieron en su interior, o igualmente para prevenirlos, dotándose de unos instrumentos de diálogo verdaderamente eficaces”.

7. Ilustres Señores: Vuelvo una vez más a las palabras de Pablo VI: “Una Polonia próspera y serena interesa mucho para la tranquilidad y la buena colaboración entre los pueblos de Europa...”.

Como hijo de la tierra polaca, hago de estas palabras, de un modo particular, un augurio personal mío para la Nación y el Estado. Dirijo este augurio al mismo tiempo a los representantes de la autoridad y a toda la sociedad.

Deseo ardientemente que Polonia ocupe siempre el lugar que le corresponde entre las naciones de Europa, entre el Oriente y el Occidente. Deseo ardientemente que se creen nuevamente las condiciones de una “buena colaboración” con todas las naciones occidentales de nuestro continente, del continente americano, sobre todo con los Estados Unidos de América del Norte, donde tantos millones de ciudadanos son de origen polaco. Estoy profundamente convencido de que tales condiciones pueden ser creadas. Ésta es también una de las tareas del diálogo -del diálogo internacional- en favor de la paz en el mundo contemporáneo.

Sé también que el Episcopado polaco realiza constantemente esfuerzos incansables para que el principio del diálogo proclamado por la Iglesia pueda ser una base fructífera de paz interna y de “buena colaboración» entre Polonia y las demás naciones de Europa y del mundo.

8. Deseo una vez más expresar mi agradecimiento por la invitación a venir a la Patria. Deseo también poner en las manos de los representantes de las supremas autoridades de la República Polaca un agradecimiento por todo lo que – sean estas autoridades, sean los órganos de la administración local, subordinados a ellas – han hecho por preparar mi encuentro con la Nación y con la Iglesia en mi Patria.

Como en mi precedente visita, deseo finalmente afirmar que continuaré considerando como propio todo verdadero bien de mi Patria, como si yo siguiese viviendo en esta tierra, y quizá aún más, en razón de la distancia. Con la misma fuerza seguiré también sintiendo lo que podría amenazar a Polonia, lo que podría hacerle daño, deshonorarla, lo que podría significar una paralización o una depresión. -

En la oración por Polonia se unen a mí multitud de hombres de buena voluntad en todo el mundo.

Presento las expresiones de estima a todos los distintos representantes de las autoridades y a cada uno en particular, según el cargo que desempeñan, según la dignidad que revisten y según la parte importante de responsabilidad que pesa sobre cada uno de ustedes ante la historia y ante su conciencia.

Deseo también darle las gracias por los dones que me ha ofrecido, muchos y muy significativos, sobre todo en este momento histórico, cuando recordamos los 300 años del asedio de Viena. A mi vez, le ruego acepte mi don, un San Juan Bautista, obra de la Escuela de Ferrara del siglo XVI, procedente del Vaticano. El nombre de este Santo está ligado al de los últimos Papas, a partir de Juan XXIII. En memoria de dichos predecesores y como recuerdo de mi visita, deseo dejar en Polonia esta obra, que reúne en sí los motivos bíblicos y los de la tradición papal. Le ruego de todo corazón que lo acepte.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 26, p.3.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 
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