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VIAJE APOSTÓLICO A AMÉRICA CENTRAL

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto de San José de Costa Rica
Miércoles 2 de marzo de 1983

 

Señor Presidente,
amados hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas,

1. ¡Alabado sea Jesucristo!

Doy gracias a Dios que me trae de nuevo a este continente americano, después de las precedentes visitas a la República Dominicana y México, a Estados Unidos, Brasil y Argentina, de las que conservo tan vivos recuerdos.

Esta vez mis pasos de peregrino apostólico se dirigen a esta área geográfica de América Central. En ella he pensado tanto desde hace tiempo y ha estado con frecuencia en el centro de mi recuerdo e inquietudes.

Me acoge en la primera etapa la querida tierra de Costa Rica, cuya calurosa hospitalidad empiezo a experimentar desde mi llegada al aeropuerto Juan Santa María de la capital de la nación. Por ello aflora en mi espíritu un sentimiento de profunda gratitud.

Gracias, Señor Presidente, por su benévola acogida, por las nobles palabras que acaba de pronunciar, por la invitación que me hizo junto con el Episcopado costarricense para visitar el país, y por cuanto ha hecho para disponer convenientemente la visita. Este saludo agradecido se extiende a los miembros del Gobierno y demás autoridades o personas que han prestado su colaboración entusiasta.

Mi saludo cordial y fraterno va también a los hermanos obispos del SEDAC, en primer lugar a su Presidente, Monseñor Román Arrieta, Pastor también de esta arquidiócesis de San José, que han venido a recibirme y con los que me encontraré esta misma tarde. En el mismo saludo incluyo a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos comprometidos en la obra eclesial, así como a todos los hombres y mujeres –niños, jóvenes, adultos y ancianos– de Costa Rica, tierra de fecunda historia y amante de la paz.

2. Pero mi mirada no se detiene en esta sola nación. Esta visita apostólica tiene carácter unitario en su desarrollo global. Por eso, desde el primer momento en que piso tierras de América Central, mi pensamiento y recuerdo van cargados de afecto a todas las personas y países que visitaré en los próximos días: de Nicaragua a Panamá y El Salvador; de Guatemala a Honduras, Belice y Haití.

Pensando en todos he emprendido este viaje, movido por el deber que siento de avivar la luz de la fe en pueblos que ya creen en Jesucristo; para que esa fe ilumine e inspire cada vez más eficazmente su vida individual y comunitaria.

3. Mas quiere tener también otras finalidades esta permanencia pastoral del Sucesor de Pedro entre vosotros. En efecto, ha resonado con acentos de urgencia en mi espíritu el clamor desgarrado que se eleva desde estas tierras y que invoca la paz, el final de la guerra y de las muertes violentas; que implora reconciliación, desterrando las divisiones y el odio; que anhela una justicia, larga y hasta hoy inútilmente esperada; que quiere ser llamada a una mayor dignidad, sin renunciar a sus esencias religiosas cristianas.

Ese clamor dolorido es al que querría dar voz con mi visita; la voz que se apaga en la ya acostumbrada imagen de las lágrimas o muerte del niño, del desconsuelo del anciano, de la madre que pierde a sus hijos, de la larga fila de huérfanos, de los tantos millares de prófugos, exiliados o desplazados en busca de hogar, del pobre sin esperanza ni trabajo.

Es el dolor de los pueblos que vengo a compartir, a tratar de comprender más de cerca, para dejar una palabra de aliento y esperanza, fundada en un necesario cambio de actitudes.

4. Ese cambio es posible, si aceptamos la voz de Cristo que nos urge a respetar y amar a cada hombre como hermano nuestro; si sabemos renunciar a prácticas de ciego egoísmo, si aprendemos a ser más solidarios, si se aplican con rigor las normas de justicia social que proclama la Iglesia, si se abre paso en los responsables de los pueblos a un creciente sentido de justicia distributiva de las cargas y deberes entre los diversos sectores de la sociedad; y si cada pueblo pudiera afrontar sus problemas, en un clima de diálogo sincero, sin interferencias ajenas.

Sí, estas naciones tienen capacidad para lograr progresivamente metas de significación mayor para sus hijos. Hacia ello habrá que tender con voluntad cada vez más determinada y con la colaboración de los diversos sectores de la población.

Sin recurrir a métodos de violencia ni a sistemas de colectivismo, que pueden resultar no menos opresores de la dignidad del hombre que un capitalismo puramente economista. Es la vía del hombre, el humanismo proclamado por la Iglesia en su enseñanza social el que podrá hacer superar situaciones lamentables, que esperan oportunas reformas.

5. Mi palabra es de paz, de concordia y esperanza. Vengo a hablaros con amor hacia todos y a exhortaras a la fraternidad y entendimiento como hijos del mismo Padre. Precisamente esa realidad es la que me mueve a pulsar ante las conciencias, para que de una respuesta adecuada pueda brotar la esperanza en estas tierras, que tanto la necesitan.

Aliento desde ahora a cuantos se esfuerzan por lograrlo; desde la responsabilidad pública, desde su puesto en la Iglesia o en la sociedad.

En este sentido expreso también mi estima y aliento a los ilustres miembros del Cuerpo Diplomático que encontraré en estos días, así como a los responsables de los medios de comunicación, que tanto pueden aportar con su propia labor.

Pido a Dios que haga fructificar estos propósitos, que encomiendo a la Madre de Cristo y nuestra, para que con su ayuda maternal nos asista en estos días. Confiando en esa protección de lo alto, bendigo de corazón a cada hijo de Costa Rica y de las otras naciones que visitaré durante esta visita apostólica.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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