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VIAJE APOSTÓLICO A AMÉRICA CENTRAL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS


San José de Costa Rica
Jueves 3 de marzo de 1983

Queridos hermanos y hermanas,

1. Correspondo con profunda gratitud y afecto al cariñoso recibimiento que habéis querido tributarme en esta catedral metropolitana de San José, donde sé que estáis congregados los miembros del clero, religiosos, religiosas y seminaristas. Sois la porción selecta de la Iglesia en Costa Rica, sus fuerzas vivas más preciosas e imprescindibles. Por eso os manifiesto mi más profundo aprecio por vuestro estado y actividad. Os animo a continuar sin vacilaciones, con gozo y optimismo, en vuestra fidelidad al Señor. Quiero deciros que pido en la oración por vuestras intenciones y necesidades, y os bendigo de todo corazón. De modo particular encomiendo en la plegaria la perseverancia y buena formación de los seminaristas, que serán los futuros ministros de la Iglesia.

Como hablaré de manera especifica para los sacerdotes desde El Salvador y para los religiosos desde Guatemala, hoy quiero dirigirme especialmente a las religiosas.

Os contemplo, queridas hermanas consagradas a Jesucristo y a su Reino, en la variedad del compromiso apostólico de vuestros diversos institutos, y en su presencia en los distintos países. Unas pertenecéis a los pueblos de América Central, de Belice o Haití donde estoy realizando mi visita apostólica; otras sois originarias de las demás naciones del continente americano o habéis llegado de otros continentes; pero sé que todas os sentís bien encarnadas en estas tierras que son vuestra patria espiritual y dais así una dimensión de universalidad a la santa Iglesia.

Tengo la alegría de sentiros palpitar con los ideales de la Iglesia que vive en estas tierras, pues una característica de vuestra presencia debe ser la profunda inserción en las Iglesias particulares, donde prestáis una preciosa ayuda en la evangelización, en la animación de las comunidades parroquiales y grupos eclesiales; sois auténticas colaboradoras de vuestros Pastores, que aprecian vuestro trabajo, y de los fieles que, con su amor y respeto, os ayudan a mantener sin fisuras vuestras identidad de consagradas y vuestro compromiso con los más necesitados.

2. Mis palabras en este encuentro de fe, de plegaria y de comunión espiritual con el Sucesor de Pedro, con quien vuestra consagración os vincula en el afecto, la obediencia y la colaboración apostólica, quieren traeros un mensaje de gozo y esperanza que confirme vuestra identidad y os abra nuevos senderos en vuestro compromiso eclesial, reforzado ahora con mi presencia entre vosotras.

Quisiera recordaros, como siempre lo ha hecho la Iglesia con las vírgenes cristianas, desde los primeros tiempos del cristianismo, vuestra vinculación a Cristo Jesús, vuestro Señor y Esposo, de quien habéis abrazado a la vez el amor y la causa.

Sois discípulas, porque lo habéis seguido con los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Podéis decir con San Pablo: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21),  porque os habéis consagrado personalmente a El y estáis llamadas a sentir en plenitud esta comunión de amor, hasta poder decir que es El quien vive en vosotras y os comunica la vida verdadera. Os habéis identificado con su causa y por eso, dejándolo todo, como los apóstoles, habéis elegido ser testigos de los valores y compromisos del Reino.

Vuestra aportación es valiosísima para la Iglesia. Sé que lleváis con entusiasmo una buena parte del peso en tantas tareas parroquiales, de evangelización, de enseñanza, de obras de misericordia, de animación comunitaria, de presencia y testimonio eclesial entre los más pobres, marginados, necesitados; con la capacidad de hacer presente la Iglesia con un rostro auténticamente materno, con sensibilidad y cariño, con sabiduría y equilibrio. En esta dimensión sentís el gozo de una consagración en la que podéis decir también, parafraseando la frase de San Pablo: Para mí vivir es ser Iglesia.

3. En un momento de la historia en que la mujer adquiere en la sociedad el puesto que le corresponde con una promoción que la dignifica, veo con satisfacción vuestra presencia calificada como mensajeras y testigos del Evangelio. Este movimiento que ahora va alcanzando una mayor forma expresiva en la pastoral de conjunto, tiene su fundamento y raíz en la actitud misma del Maestro hacia aquellas mujeres que le siguieron (Cfr. Lc 23, 55), que disfrutaron de su amistad como Marta y María de Betania (Cfr. Jn 12, 1-8) y fueron mensajeras de su resurrección, como María Magdalena (Cfr. ib. 20, 18) o invitaron a reconocerlo por Mesías, como la Samaritana (Cfr. ib. 4, 39). 

También a vosotras os confía la Iglesia el servicio de la Palabra y de la catequesis, de la educación en la fe, de la promoción cultural y humana; os pide una preparación adecuada, y por lo tanto cada vez más intensa, a nivel de teología bíblica y dogmática, de liturgia, de espiritualidad y de ciencia; y a la vez reconoce con cuánto entusiasmo y generosidad lleváis el Evangelio a los pobres, a los más sencillos, a la juventud inquieta de esta área geográfica.

Pero el Evangelio es vida, y vosotras lleváis en el corazón, consagrado a Cristo, el instinto de la vida, de la caridad –que es la vida misma de Dios– que se encarna en obras de asistencia, de promoción. Con razón los cristianos de estas tierras reclaman vuestra presencia insustituible junto al lecho del enfermo, en la escuela, en las diversas formas de misericordia evangélica propia de la creatividad religiosa. En esos lugares, en esos ambientes, sois la presencia misma del amor de Cristo, sois el rostro de la Iglesia, que resplandece ante los hombres por su amor traducido en bondad, ayuda, consuelo, liberación, esperanza.

4. Mirando en concreto la situación de vuestros pueblos, las inquietudes que agitan la sociedad, el frágil equilibrio de la paz, las tareas de promoción de la justicia todavía por realizar, no puedo menos de repetiros mi confianza en vuestra misión.

Quisiera hacerme eco, en el momento actual, de las palabras del Concilio Vaticano II en su mensaje a las mujeres: “Vosotras, vírgenes consagradas, en un mundo donde el egoísmo y la búsqueda de placeres quieren hacer ley, sed guardianes de la pureza, del desinterés, de la piedad . . . En este momento tan grave de la historia os está confiada la vida, a vosotras toca salvar la paz del mundo” (Mensaje del Concilio Vaticano II a las mujeres, Nuntius ad mulieres, 8. 11). 

Os podría parecer excesivamente comprometedora vuestra misión; demasiado grande para vuestras posibilidades. Porque vosotras estáis cerca del pueblo, tenéis en muchos casos en vuestras manos la educación de niños, jóvenes y adultos; tenéis que ser, por naturaleza y por misión evangélica, sembradoras de paz y de concordia, de unidad y de fraternidad; podéis desconectar los mecanismos de la violencia mediante una educación integral y una promoción de los valores auténticos del hombre; vuestra vida consagrada tiene que ser un desafío a los egoísmos y a las opresiones, una llamada a la conversión, un factor de reconciliación entre los hombres.

5. Para poder cumplir debidamente esta misión, permaneced firmes en vuestra radicalidad de fe, en el amor a Cristo y en la conciencia eclesial. Así evitaréis posibles desviaciones o instrumentalizaciones del Evangelio en la necesaria opción preferencial, no excluyente, en favor de los pobres.

No os dejéis engañar por ideologías partidistas; no sucumbáis a la tentación de opciones que pueden pediros un día el precio de vuestra propia libertad. Confiad en vuestros Pastores y estad siempre en comunión con ellos. En esa comunión con la Iglesia, en la identificación con sus directrices, encontraréis la norma segura de acción. Colaborad también vosotras a realizar ese discernimiento de la realidad sobre el que tiene que caer la luz del Evangelio. Orientad siempre, casi por instinto sobrenatural, la autenticidad de vuestras opciones apostólicas con la brújula del sentido de la Iglesia, hecho de comunión sincera con su magisterio, de unidad con sus Pastores.

Con esta garantía, abrazad la causa de los pobres; estad presentes donde Cristo sufre en los hermanos necesitados; llegad con vuestra generosidad donde sólo el amor de Cristo sabe intuir que falta una presencia amiga. Sed pacientes y generosas en la esperanza de una sociedad mejor, sembrando la semilla de una humanidad nueva que construye y no destruye, que transforma lo negativo en positivo, como anuncio de resurrección

El Espíritu Santo, que ha suscitado el carisma de la vida religiosa en la Iglesia y ha suscitado también el carisma de cada uno de vuestros institutos, os dará luz y creatividad; para saber encarnarlo en nuevos valores y situaciones inéditas, con la carga de novedad evangélica que posee cada carisma animado por el Espíritu, cuando permanece en la comunión eclesial.

6. Quiero dejaros como consignas de este encuentro algunas fidelidades que os ensancharán el corazón y os darán el gozo pleno del discípulo auténtico de Jesús, aun en medio de las persecuciones, las incomprensiones, la aparente ineficacia apostólica de vuestros esfuerzos.

Ante todo fidelidad a Cristo; mediante la comunión amorosa con El por medio de la oración, a la que tenéis que reservar espacios largos y frecuentes en vuestra vida, por mucho que apremien las necesidades apostólicas. Vuestra oración debe buscar la experiencia de Cristo, seguido, amado, servido.

Fidelidad también a la Iglesia. Vuestra consagración os vincula de una manera especial a la Iglesia (Cf. Lumen gentium, 44);  y en la perfecta comunión con ella, con su misión, con sus Pastores y con los fieles, encontraréis el pleno sentido de vuestra vida religiosa. Continuad siendo, como consagradas, el honor de la Iglesia Madre.

Llevad en vuestro corazón y en vuestra vida sus penas y dolores; sed capaces de proyectar en todo momento el rostro evangélico de la Esposa de Cristo.

Permaneced unidas en la fidelidad a vuestro propio carisma. Con ello la Iglesia muestra la belleza de las diversas expresiones evangélicas asumidas por vuestros fundadores y fundadoras. En comunión con vuestros institutos, dais en las Iglesias particulares una dimensión universal, la que tienen vuestras familias religiosas. Viviendo en comunión con vuestras hermanas realizáis esa primera comunión que asegura la presencia de Jesús en medio de vosotras y garantiza la fecundidad apostólica de una comunidad (Cfr. Perfectae Caritatis, 15). 

Vivid también en comunión entre los diversos institutos, para ofrecer al Pueblo de Dios el ejemplo de una unidad evangélica que refleja la unión del Cuerpo místico, donde todos los carismas están unificados por el mismo Espíritu.

Sed, finalmente, fieles a vuestro pueblo, a vuestras Iglesias particulares, a sus esfuerzos y esperanzas de justicia y promoción, para que en vosotras la Iglesia aparezca totalmente encarnada en las diversas naciones, en su idiosincrasia, en sus valores y costumbres, dentro del concierto de la Iglesia, una, santa y católica.

7. Todo lo que he querido confiar a vosotras, tiene su adecuada aplicación, respetando su propio género de vida, a las religiosas de vida contemplativa. Ellas, silenciosamente viven y testimonian el valor de la unión con Dios, de la penitencia, de la inmolación. Abrazan con su plegaria las necesidades de los pobres, asumen las preocupaciones de la Iglesia universal y de las comunidades particulares. Ellas son la manifestación tangible de que vuestros pueblos tienen una auténtica capacidad contemplativa.

También las consagradas que viven en medio de la sociedad su compromiso de animación, según las características de los institutos seculares, sabrán hacer suyas las consignas que he querido dar, acentuando su presencia en la sociedad, particularmente en los ambientes que son propios de su apostolado.

8. Queridas religiosas: No puedo despedirme de vosotras sin indicaros en la Virgen María el modelo perfecto de estas fidelidades que os acabo de pedir. En Ella encontraréis la primera discípula y la primera consagrada. Ella es modelo de contemplación, de proclamación de la Palabra, de presencia en medio de su pueblo. Ella es la expresión de todos los carismas y la Madre de todas las consagradas.

Vuestros pueblos son devotos de nuestra Señora y adivinan en la predicación del Evangelio el distintivo de catolicidad cuando se habla de Ella; o su ausencia, si sobre Ella se guarda silencio. Amando a la Virgen, hablando de Ella, entraréis en el corazón de vuestro pueblo. Pero sobre todo, si sabéis reflejarla en vuestra vida, seréis esas mensajeras calificadas del Evangelio que necesita la Iglesia en América Central.

Que Ella os conserve fieles al Evangelio. A Ella os confío, para que con vuestra palabra y vuestra vida podáis decir a todos, sólo y siempre: ¡Jesucristo es el Señor! Así sea.

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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