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VIAJE APOSTÓLICO A AMÉRICA CENTRAL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS INDÍGENAS


Quetzaltenango, lunes 7 de marzo de 1983

 

Amadísimos hermanos e hijos,

1. Mi corazón rebosa de alegría al veros congregados aquí, después de recorrer tan diferentes caminos, con sacrificios y fatigas, para darme la ocasión de abrazaros y deciros cuánto os ama la Iglesia; cuánto os ama el Sucesor de San Pedro, el Papa, Vicario de Cristo.

En vosotros abrazo y saludo a todos los indígenas y catequistas que viven en los diversos lugares de Guatemala, de Centroamérica y de toda América Latina. Para todos mi afecto; para todos mi oración, mi respaldo, mi solidaridad y mi bendición.

Y muchas gracias por haber venido a este encuentro con el Papa. Lo aprecio profundamente, porque tenía especialísimo interés en estar con vosotros, que sois los más necesitados.

2. Acabamos de escuchar en el Evangelio de San Lucas el impresionante pasaje que nos muestra a Jesús, nuestro Salvador, en la sinagoga de Nazaret, un día de sábado.

Delante de sus paisanos, Jesús se levanta para leer las Escrituras. Le entregan el libro del Profeta Isaías, lo abre y lee: El espíritu del Señor está sobre mí; me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y oprimidos; a dar la vista a los ciegos; a anunciar la gracia del Señor; a vendar los corazones rotos; a consolar a los que lloran; pues será conocida en las naciones su raza y sus vástagos entre los pueblos; los que los vean reconocerán que son raza bendita de Yahvé (cf. Is 61, 1-9). 

Jesús cerró el libro, lo devolvió y se sentó. Todos los ojos estaban fijos en El. Habló y les dijo: Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy (cf. Lc 4, 18-19). 

Sí, en el Hijo de Dios, Jesucristo, nacido de la Virgen María, se cumple esta Escritura. El es el enviado de Dios para ser nuestro Salvador.

Esta es la Buena Nueva que os anuncio; Buena Nueva que vosotros, con corazón sencillo y abierto, habéis acogido, aceptando la fe en Jesús nuestro Redentor y Señor.

Cristo es el único capaz de romper las cadenas del pecado y sus consecuencias que esclavizan.

Cristo os da la luz del Espíritu, para que veáis los caminos de superación que debéis recorrer, para que vuestra situación sea cada vez más digna, como plenamente merecéis.

Cristo os ayuda a superar las dificultades, os consuela y apoya. El os enseña a ayudaros unos a otros para poder ser los primeros artífices de vuestra elevación.

Cristo hace que todos aceptemos que sois raza bendecida por Dios; que todos los hombres tenemos la misma dignidad y valor ante El; que todos somos hijos del Padre que está en el cielo; que nadie debe despreciar o maltratar a otro hombre, porque Dios le castigará; que todos debemos ayudar al otro, en primer lugar al más abandonado.

3. La Iglesia os presenta el mensaje salvador de Cristo, en actitud de profundo respeto y amor. Ella es bien consciente de que cuando anuncia el Evangelio, debe encarnarse en los pueblos que acogen la fe y asumir sus culturas.

Vuestras culturas indígenas son riqueza de los pueblos, medios eficaces para transmitir la fe, vivencias de vuestra relación con Dios, con los hombres y con el mundo. Merecen, por tanto, el máximo respeto, estima, simpatía y apoyo por parte de toda la humanidad. Esas culturas, en efecto, han dejado monumentos impresionantes –como los de los mayas, aztecas, incas y tantos otros– que aún hoy contemplamos asombrados.

Al pensar en tantos misioneros, evangelizadores, catequistas, apóstoles, que os han anunciado a Jesucristo, todos animados de celo generoso y de gran amor a vosotros, admiro y bendigo su entrega ejemplar, recompensada con abundantes frutos para el Evangelio.

La obra evangelizadora no destruye, sino que se encarna en vuestros valores, los consolida y fortalece. Hace crecer las semillas esparcidas por el “Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitularlo todo en El, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre”, como enseñó el último Concilio, el Vaticano II (Gaudium et Spes, 57). 

Esto, sin embargo, no impide que la Iglesia, fiel a la universalidad de su misión, anuncie a Jesucristo e invite a todas las razas y a todos los pueblos a aceptar su mensaje. Así, con la evangelización, la Iglesia renueva las culturas, combate los errores, purifica y eleva la moral de los pueblos, fecunda las tradiciones, las consolida y restaura en Cristo (cf. ib. 58). 

En esa misma línea vuestros obispos dijeron con claridad, junto con el Episcopado de América Latina: “La Iglesia tiene la misión de dar testimonio del verdadero Dios y del único Señor. Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre” (Puebla, 406). 

4. Pero la Iglesia no sólo respeta y evangeliza los pueblos y las culturas, sino que ha sido defensora de los auténticos valores culturales de cada grupo étnico.

También en este momento la Iglesia conoce, queridos hijos, la marginación que sufrís; las injusticias que soportáis; las serias dificultades que tenéis para defender vuestras tierras y vuestros derechos; la frecuente falta de respeto hacia vuestras costumbres y tradiciones.

Por ello, al cumplir su tarea evangelizadora, ella quiere estar cerca de vosotros y elevar su voz de condena cuando se viole vuestra dignidad de seres humanos e hijos de Dios; quiere acompañaros pacíficamente como lo exige el Evangelio, pero con decisión y energía, en el logro del reconocimiento y promoción de vuestra dignidad y de vuestros derechos como personas.

Por esta razón, desde este lugar y en forma solemne, pido a los gobernantes, en nombre de la Iglesia, una legislación cada vez más adecuada que os ampare eficazmente de los abusos y os proporcione el ambiente y los medios adecuados para vuestro normal desarrollo.

Ruego con encarecimiento que no se os dificulte la libre práctica de vuestra fe cristiana; que nadie pretenda confundir nunca más auténtica evangelización con subversión, y que los ministros del culto puedan ejercer su misión con seguridad y sin trabas. Y vosotros no os dejéis instrumentalizar por ideologías que os incitan a la violencia y a la muerte.

Pido que sean respetadas vuestras reservas, y ante todo que sea salvaguardado el carácter sagrado de vuestra vida. Que nadie, por ningún motivo, desprecie vuestra existencia, pues Dios nos prohíbe matar y nos manda amarnos como hermanos.

Finalmente, exhorto a los responsables a que se cuide vuestra elevación humana y cultural. Y para ello que se os provea de escuelas, de medios sanitarios, sin ningún tipo de discriminación.

Con profundo amor hacia todos, exhorto a seguir las vías de solución concreta trazadas por la Iglesia en su enseñanza social; a fin de lograr por ese camino las necesarias reformas, evitando todo recurso a la violencia.

5. A vosotros, amados hijos, pertenecientes a tan numerosos grupos étnicos, os invito a cultivar los valores que os distinguen:

La piedad, que os lleva a dar a Dios un puesto importante en vuestra vida; a amarlo como Padre providente y misericordioso y a respetar su santa ley. Abríos al amor de Cristo. Dejadlo influir en vuestras personas, en vuestros hogares, en vuestras culturas.

La laboriosidad, con la cual no sólo ganáis honradamente vuestro sustento y el de vuestras familias, sino que evitáis el ocio, fuente de muchos males, a la vez que hacéis de la tierra una morada más digna del hombre. Con el trabajo cumplís la voluntad de Dios: perfeccionar la creación, realizaros vosotros mismos y servir a los demás. Pido en nombre de Dios que vuestro trabajo sea remunerado justamente y se abra así el camino hacia vuestra dignificación

El amor a vuestro hogar y a vuestra familia. Deben ser el centro de vuestros afectos, el estímulo en vuestra vida. Que los respetéis siempre; que no los destruyáis con el vicio ni con el pecado; que no los arruinéis con el alcoholismo, causante de tantos males.

La solidaridad. Vuestro amor fraterno debe expresarse en una solidaridad creciente. Ayudaos mutuamente. Organizad asociaciones para la defensa de vuestros derechos y la realización de vuestros proyectos. Cuántas obras importantes se han logrado ya por este camino.

El apostolado. Sé que entre vosotros hay muchos celebradores de la Palabra, muchos catequistas y ministros.

No desmayéis en el apostolado. El apóstol genuino del indígena debe ser el mismo indígena. Dios os conceda que lleguéis a tener muchos sacerdotes de vuestras propias tribus. Ellos os conocerán mejor, os comprenderán y sabrán presentaros adecuadamente el mensaje de salvación.

Por medio de una buena y permanente catequesis, llegaréis a la fe adulta con la cual purificaréis ritos y ceremonias tradicionales que deben ser iluminadas cada vez más con el Evangelio.

6. Pienso en vuestros lugares de peregrinación como Esquipulas y Chichicastenango. Que sean centros privilegiados de evangelización, donde el contacto serio con la Palabra de Dios, sea para vosotros una permanente llamada a la conversión y a la vivencia más pura de la fe.

Confío, queridos míos, en que regresaréis a vuestros hogares confortados con el encuentro que hemos tenido; con mayor amor a la Iglesia que os ama y desea serviros; con el propósito de ser mejores.

Yo os llevaré en mi corazón y pediré frecuentemente para todos abundantes bendiciones del cielo.

Recordad, finalmente, que el Hijo de Dios vino a nosotros en la persona de Jesús, nuestro Salvador, por medio de una mujer, la Virgen María. Ella es nuestra hermana y también nuestra Madre. La Madre de cada uno y de la Iglesia.

Sé que vosotros la amáis y la invocáis, llenos de confianza. A Ella le suplico que os proteja. Ella ampare vuestros hogares; os acompañe en el trabajo; en las penas y en las alegrías; en la vida y en la muerte.

María os dé a Cristo y sea siempre vuestra Madre muy amada. Así sea.

“Quinyá rutzil iwach conojel, ishokib, achijab, alobom, alitomab, e rij tak winak” (Doy un saludo de paz a todos ustedes, mujeres, hombres, muchachos, muchachas, gente vieja).

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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