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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE FRANCIA
ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 21 de marzo de 1983

 

Señor Embajador:

Me han impresionado mucho los propósitos que acaba de exponer y aprecio grandemente el concepto generoso que tiene usted de la actuación de la Santa Sede, de la vocación de su noble País y de los objetivos humanitarios que quiere perseguir Francia. Su testimonio es casi un programa y unos y otros deseamos, claro está, que se hagan realidad. En su papel de Embajador de Francia ante la Santa Sede, que inaugura usted hoy después de ilustres predecesores, contribuirá a ello.

1. ¡Francia! Usted ha evocado, Excmo. Señor, el pasado cristiano, las fibras cristianas podría decirse, de su historia y le doy las gracias por ello. Yo personalmente soy muy sensible a los orígenes de su Nación – la primera que aceptó oficialmente la fe y el bautismo, en el mundo que sucedió al Imperio Romano – y hago referencia sobre todo a la tradición casi ininterrumpida de adhesión a la Iglesia, vitalidad espiritual intensa muchas veces y siempre reiterada con brotes de empresas nuevas, nuevos focos de influencia, centros universitarios, teólogos, familias religiosas, apóstoles de la caridad, misioneros intrépidos, santos y santas ofrecidos para ejemplo de toda la Iglesia. Esta fe, a veces sacudida o desviada, pero siempre renaciente, no sólo ha dejado huella en monumentos y obras de arte admirables del pasado, sino también en las mentalidades, costumbres e ideales humanos de hoy en día, incluso cuando al parecer estos se han desvinculado de aquélla. Mi breve viaje a vuestro País me permitió palpar esta Francia profunda como me la han hecho palpar las peregrinaciones que vienen aquí.

Pero al hablar de esto, no olvido otros motivos de renombre y orgullo de vuestro Pueblo en el terreno civil, en los campos literarios, científicos y sociales, ya que la influencia de esta floración también incide en el mundo. Para la irradiación de cuanto constituye lo mejor de Francia entera formulo votos cordiales, que son al mismo tiempo esperanza y llamamiento a la responsabilidad de su País en el servicio de los otros pueblos.

Pero comprenderá que yo deseo en especial y ante todo, el progreso de las fuerzas espirituales vivas de la Iglesia en Francia, que contribuyen a dar un alma a su País; deseo que se renueven y progresen con los medios necesarios, para aportar a su Nación una valiosa contribución siempre dentro del respeto de las conciencias, y prosigan su misión en beneficio de la Iglesia entera y de los otros países que cuentan con su ayuda. De esta Francia, de la Francia de siempre, dará usted testimonio aquí, Señor Embajador, siendo Representante del Gobierno que hoy tiene la misión de regir los destinos de la Nación y garantizar el bien común de todos.

2. Por otra parte, usted será testigo privilegiado de la actuación de la Santa Sede, de sus intervenciones, propuestas y deseos. No voy a insistir sobre el papel de usted, que le es bien conocido y, además, lo ha esclarecido usted muy bien. Ha mencionado los esfuerzos de la Santa Sede en los varios campos que inciden en los destinos de personas y pueblos, por ejemplo, los referentes al diálogo, paz, libertad, respeto del hombre y alivio de los que sufren. Ha aludido usted al compromiso de la Santa Sede en este campo y a la universalidad de su vocación, que es garantía de su desinterés e imparcialidad. Le doy las gracias de este testimonio.

Somos bien conscientes de los límites de esta voluntad de la Santa Sede. De hecho, la actuación de la Santa Sede tiene dos características. Mira a suscitar esperanza y se apela al libre progreso de la conciencia. En efecto, allí donde los hombres se hallan inmersos en situaciones inextricables y cansados de procurar con paciencia soluciones plenamente humanas por caminos que son espinosos y con medios pacíficos, la Santa Sede trata de conseguir que vuelvan a tener esperanza y convencerles de que el diálogo, la paz y la justicia son aún posibles, animando los comienzos, aunque sean modestos. Además, procura la persuasión de las conciencias suponiéndolas capaces de verdad y bien.

Pero aquí no basta que el Papa y los organismos de la Santa Sede hablen, escriban e indiquen medios de solución; las conciencias les escuchan a través del testimonio de las Iglesias locales que las interpelan y trabajan con ellas sobre el terreno. Esto quiere indicar la importancia que atribuye el Sucesor de Pedro al apoyo de los obispos, Pastores de estas Iglesias. Bien sabe usted que en su País como en otros, los obispos, al mismo tiempo que procuran la profundización religiosa de sus diocesanos, se ocupan de los problemas humanos inseparables de una auténtica caridad: los del mundo del trabajo, de la sanidad, de los marginados, de los referentes a la cultura, y también de los valores familiares del amor, fidelidad y respeto a la vida, sin los que la sociedad se disgrega; el ansia de libertad y de respeto de los demás; el procurar honradez y equidad, la voluntad de ayuda mutua y de compartir con el Tercer Mundo y, por encima de todo, el sentido mismo de la vida por ofrecer a las generaciones nuevas.

3. Y si a nivel internacional se observan los objetivos de la Santa Sede y los que su País quiere perseguir, no dudo de que existen convergencias entre ellos y posibilidades de cooperación por caminos de libertad, igualdad de derechos y solidaridad de los pueblos, temas tan queridos de la tradición francesa.

Sobre la libertad, usted ha recordado la frase del Señor Presidente François Mitterrand; la tengo en gran aprecio porque, además, la ha pronunciado en un contexto que me toca de cerca. Pensamos fundamentalmente en la libertad de todo pueblo a elegir y regir sus destinos. Pero la libertad es indivisible, ya que es también libertad justa de expresión de personas y grupos, es libertad de conciencia que usted ha subrayado con acierto, no sólo en cuanto posibilidad de que la Iglesia organice su vida y culto con independencia -y esto está bien consolidado en las costumbres francesas-, sino también respecto de las íntimas convicciones testimoniadas en público también por parte de los medios de comunicación; y asimismo la libertad de las familias a educar a sus hijos según sus convicciones.

En cuanto a la igualdad radical de los hombres, ésta se expresa en la manera de respetar los Derechos fundamentales de las personas en todas las circunstancias. Sé que los franceses son muy celosos de la defensa de estos derechos, incluidos los de personas procedentes de otros países; en este sentido, la Santa Sede interviene con frecuencia para pedir que se les atienda.

Y, en fin, la fraternidad auténtica debe revestir forma de solidaridad: solidaridad de los ciudadanos por el bien común de la Nación, solidaridad de los pueblos europeos, solidaridad de los pueblos de la comunidad mundial. Ha mencionado usted la unidad de Europa. Es algo que se presenta muy difícil, no obstante sus raíces comunes que son cristianas. De todos modos, ¿cómo no ver los grandes progresos realizados, pues en estos treinta años se ha pasado de un nacionalismo exacerbado, a la colaboración en buen número de sectores? La Santa Sede sigue con atención el importante papel que desempeña Francia y alienta fuertemente este proyecto de una Europa cada vez más solidaria. Pero desea, al mismo tiempo, que dicha unidad esté acorde con el ideal cristiano que ha alimentado a Europa y no encierre al continente en sus problemas, ni tampoco en la situación privilegiada de que todavía goza desde muchos puntos de vista; sino que la lleve a contribuir con desinterés al progreso de los otros países y de sus relaciones, sobre todo de los pueblos menos favorecidos a nivel de desarrollo económico, sanitario y escolar, de intercambios comerciales equitativos, intercambios culturales mutuos, disminución de tensiones entre etnias o países, solución de conflictos y freno a la carrera de armamentos; es decir, paz en el sentido más noble y profundo de la palabra.

Esta sí que es una tarea entusiasmante para que la ofrezcan las naciones a sus ciudadanos y la propia Iglesia a sus fieles. Ojalá se dirijan por esta vía y en la misma dirección los pasos de Francia y de la Santa Sede.

Le agradecería, Señor Embajador, que diera las gracias al Excmo. Señor Presidente de la República del saludo que lo ha encargado transmitirme y de los votos que formula de armonía en las relaciones diplomáticas entre Francia y la Santa Sede, sentimientos que comparto a mi vez. La misión que le ha tocado a usted puede contribuir a hacer realidad estos comunes anhelos. Le deseo que la desempeñe feliz y provechosamente, y le aseguro que encontrará siempre aquí la simpatía, comprensión y ayuda que desea.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 21, p.8.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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