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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE SUECIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 24 de marzo de 1983

 

Señor Embajador:

Es una gran alegría para mí recibir las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Suecia. Tengo en gran aprecio el saludo que me ha transmitido de Su Majestad el Rey Carlos Gustavo XVI y a mi vez quiero expresarle mis cordiales sentimientos de respeto y estima.

La trascendencia histórica de este encuentro de hoy debe ser reconocida y puesta de relieve con todo su significado. Los primeros vínculos entre la Santa Sede y Suecia se remontan a hace siglos. Ya este hecho confiere de por sí singular importancia a su presencia aquí en el Vaticano. Pero todavía se ha de conceder mayor incidencia a las expectativas de que nuestra reunión llegue a marcar el principio de un capítulo nuevo en la historia de las relaciones entre su país y la Santa Sede.

Como usted ha puesto de relieve con acierto, a lo largo de años la Santa Sede y Suecia no han dejado de tener contactos sobre asuntos de interés común. La participación de ambas en Organizaciones internacionales les ha brindado un “forum” de interacción y colaboración mutuas. Pero ahora que se han entablado relaciones bilaterales, podemos emplearnos más directamente en intercambios amistosos y cooperación provechosa.

Con razón ha afirmado usted que el celo evangélico de los misioneros católicos de hace muchos años ha dejado huella indeleble en la historia y tradiciones de Suecia. La herencia cultural y religiosa de su País se enriqueció mucho con las obras de estos tempranos pioneros de la fe cristiana. A su vez Roma se benefició de la actividad e influencia de Santa Brígida y su hija Catalina y, en tiempos más recientes, de la presencia de la Reina Cristina.

Gracias al clima de libertad religiosa y espíritu ecuménico de fraternidad reinante hoy entre los cristianos de su País, los católicos de Suecia son felices de trabajar junto con miembros de otras Iglesias y comunidades eclesiales por el progreso de los valores espirituales y morales del Evangelio, valores que van en provecho del bien común.

Una de las herencias más valiosas de su tradición cristiana es el deseo de siempre del pueblo sueco de vivir y trabajar en paz. En efecto, este constante deseo es una laudable característica de su Nación en el tiempo actual. Los suecos siguen en primera línea entre los que luchan por conseguir un orden internacional de paz y justicia. Esta postura ha capacitado a Suecia para disfrutar de una situación privilegiada en la familia de las naciones, haciendo de ella un terreno fértil donde pueden vigorizarse y prosperar las raíces de armonía y acuerdo entre las naciones.

A este respecto tengo interés en reiterar la voluntad de la Santa Sede de estimular todas las iniciativas legítimas capaces de instaurar e incrementar la paz en nuestro mundo. Como usted ha subrayado sabiamente, la obra de construir un mundo en paz no puede limitarse a la cuestión del desarme; debe acompañarse de esfuerzos por dar libertad a los oprimidos y ayudar a procurar su progreso integral a los pueblos que padecen hambre, calamidades e ignorancia.

Señor Embajador: me complazco en darle de nuevo la bienvenida hoy y prometerle el apoyo de la Santa Sede en los objetivos que se ha fijado para esta misión. Tengo grandes deseos de que con esta muestra de buena voluntad de entablar relaciones diplomáticas, la Santa Sede y Suecia anuden vínculos de amistad y colaboración mutua todavía más fuertes. Para el éxito de esta empresa pido a Dios abundantes bendiciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 17, p.4.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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