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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 27 de mayo de 1983

 

Amadísimos Hermanos en el Episcopado:

1. Debo confesaros que deseaba mucho tener este encuentro colegial para manifestaros todo mi afecto y solicitud, acrecidos durante estos días en que habéis realizado la visita “ad Limina”, por vuestras personas y por el Pueblo de Dios que regís en la República Dominicana.

En las sucesivas audiencias con cada uno de vosotros he podido comprobar con viva complacencia cuán profundo y genuino es vuestro espíritu de comunión con esta Sede Apostólica, del que deriva sentido y firmeza, aliento y esperanza para vuestro ministerio eclesial. Firmeza y esperanza; que hallan a su vez correspondencia en mi ánimo y en mi servicio universal a la Iglesia, porque son fruto del mismo “amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones, en virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,3 ss.). 

A dar mayor realce a estos comunes sentimientos contribuye la grata presencia entre nosotros del amadísimo Señor Cardenal Octavio Beras Rojas, a quien, en reconocimiento a su larga y fructuosa actividad pastoral y en testimonio de afecto, habéis querido rendir merecido homenaje con el título de Presidente de honor, vitalicio, de la Conferencia Episcopal. Así pues a Vuestra Eminencia, a vosotros pastores de la Iglesia, a vuestros infatigables colaboradores, sacerdotes, religiosos y religiosas, y al pueblo fiel que os ha sido confiado vaya mi saludo y mi abrazo de paz en Cristo Redentor.

2. Hace poco más de cuatro años, todavía en los albores de mi Pontificado romano, tuve la dicha, que considero una gracia especial del Señor, de pasar entre vosotros una jornada inolvidable, transparente de fe y de religiosidad cristianas. Era aquel mi primer viaje apostólico al Nuevo Continente y era también mi primer encuentro con la Iglesia local de un entero País, el vuestro, a la que me atrevería a llamar, sin ánimo ni temor de afectación, “la primogénita del Nuevo Mundo en la fe”, por haber sido la plantación primicial del evangelio en las tierras descubiertas.

A distancia de casi 5 siglos de ese acontecimiento, os estáis preparando a celebrarlo, con un adecuado programa decenal de renovación espiritual, cuyos objetivos más inmediatos son intensificar el dinamismo de la fe, consciente y operante, y dar vitalidad al clima de unidad eclesial, de comunión fraterna, con particular relieve en el ámbito de la familia cristiana y de los deberes impuestos por la convivencia en sociedad, en cuyo cumplimiento los hijos de la Iglesia han de ser en todo momento fuerza iluminante y propulsora.

Me congratulo con vosotros por esta iniciativa, de la que cabe esperar frutos abundantes. A este respecto, y con el deseo de confirmar vuestro propósito, yo quisiera hoy evocar, aunque sea brevemente, algo que considero primordial desde el punto de vista doctrinal y para la praxis pastoral: la verdad o, si preferís, el hecho basilar de la Redención y su significado concreto para vuestro pueblo.

3. La Iglesia en la República Dominicana puede sentirse agraciada ya que su nombre asume un matiz de primicia en el misterio de la economía divina de la salvación. Dios manifestó su voluntad misericordiosa guiando a hombres esforzados que llegaron hasta vuestras riberas y seguidamente implantaron el evangelio. Aquella hazaña de trascendencia histórica supuso un momento de conmoción en una época en que se abrían horizontes nuevos para los conocimientos y realizaciones humanas.

Pero no puede quedar en la penumbra el designio divino que, todavía hoy, os invita a reconocerlo y aceptarlo como evento único y esencial, por encima de tantas y tan diversas vicisitudes humanas.

En vuestro suelo y en medio de vuestras gentes, a la vez que se descubrió el Nuevo Mundo, nació también la nueva humanidad, purificada e injertada en Cristo por las aguas del bautismo. Desde entonces, el aliento divino ha inspirado la trayectoria de los dominicanos; la savia redentora de la gracia de Cristo no ha cesado de modelar a los hombres, al alma de vuestra Nación, confiriéndoles una impronta común de fe, vínculo imperecedero de unión en el seno de la Iglesia. Prescindir de esta realidad tan misteriosa cuanto espiritualmente vigorosa sería desfigurar la imagen interior y genuina del hombre nuevo, querido por Dios y llamado por él a liberarse de las ataduras del pecado y de la muerte, por mediación de su Hijo y bajo la acción constante del espíritu Santo.

4. Este año en que conmemoramos el MDCCCCL aniversario de la Redención de Cristo debe encontrarnos con las puertas abiertas a la gracia. Nuestra condición de Pastores, puestos por Dios a la guía de su rebaño, nos pide estar vigilantes y atentos a dispensar la auténtica novedad de vida en justicia y santidad. De distintas partes surgen, en continuación, propuestas y ofrecimientos de modelos de humanidad, que, bajo el signo ilusionador del cambio, no reparan en incluir a la Iglesia y su misión entre los frutos y obras de factura humana, como si la salvación personal y universal dependiera de la mente y de las manos del hombre mismo.

Sabéis muy bien, queridos Hermanos, y lo habéis experimentado en vuestras comunidades, cuán agobiante y angustiosa es la existencia cuando se pretende hacer callar a Dios, cuando los actos habituales de la conducta diaria, a nivel personal y social, no resuenan en la conciencia como la llamada de la voluntad divina que, mediante el orden moral, muestra el camino de la felicidad eterna, sino como eco de un mundo que no ve más confines que los de un fugaz disfrute de bienes terrenos.

En este sentido, quiero animaros en este día a intensificar por todos los medios vuestro programa pastoral de elevación espiritual y moral. Y al mismo tiempo apruebo vuestra determinación conjunta de dedicar atención especial a las familias y a la juventud. Ninguno mejor que estos dos sectores basilares de la Iglesia y de la sociedad puede ser portador de los valores genuinos de la humanidad regenerada en Cristo. La transmisión de la vida, del aliento divino, sigue pasando por los hogares cristianos, donde nacen y se educan para la vida los hijos de la Iglesia y los hombres que necesita nuestro tiempo. Infundidles pues la alegría y la verdad del hombre nuevo, para que sientan y obren como conviene a los que se saben miembros del Cuerpo de Cristo.

Que estos votos, que confío a la Virgen de Altagracia, sean para vosotros y también para vuestros sacerdotes, seminaristas y fieles fuente de luz y animen a todos a seguir trabajando por el cultivo del campo de la Iglesia, la humanidad nueva, en la República Dominicana.

A vosotros y a vuestras respectivas comunidades cristianas mi más cordial Bendición.

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 
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