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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ALUMNOS DE LA ACADEMIA ECLESIÁSTICA PONTIFICIA

Sábado 28 de mayo de 1983

 

Monseñor Presidente,
queridos sacerdotes de la Academia Eclesiástica:

1. La alegría de este encuentro, que se renueva fielmente cada año, adquiere esta vez un carácter y una intensidad especiales. Efectivamente, tiene lugar en vuestra casa, en la sede de este eximio Instituto que durante muchos años, desde su fundación, ha preparado sacerdotes idóneos al servicio de la Santa Sede, tanto para la Secretaría de Estado, como para las Representaciones Pontificias, diseminadas en las diversas naciones del mundo.

He querido corresponder a vuestro deseo de recibir del Papa, al final del año académico, una palabra de estímulo y de orientación, con mi visita, para subrayar también la cordialidad del encuentro y poder intuir mejor, más allá de vuestros rostros juveniles, el propósito determinado que tenéis de consagrar la vida, con serio compromiso, a la causa de Cristo y de la Iglesia.

Ante todo, quiero dirigir un pensamiento especial de saludo y gratitud al Presidente, monseñor Cesare Zacchi. Además, me siento feliz al ver que sois tan numerosos y sé que algunos de Vosotros estáis a punto de dejar Roma — centro de la catolicidad, al que deberá hacer referencia continuamente vuestro servicio — para ir a las Representaciones donde comenzaréis vuestro trabajo. A estos queridos sacerdotes que van a partir les formulo mis más sinceros votos para un apostolado fecundo y bendito.

2. En este encuentro familiar, no tengo intención de recordar el pasado ilustre de esta Academia, ni delinear su especial fisonomía en el contexto de las múltiples escuelas superiores eclesiásticas. Sin embargo, no puedo dejar de hacer alusión a las finalidades e importancia de la Institución de la que formáis parte.

Quiere ser, y realmente es, un cenáculo de oración, de estudio, de reflexión, donde os resulte fácil profundizar cada vez más en el valor de vuestra vocación sacerdotal y en el sentido del servicio especial al que sois destinados. La diplomacia eclesiástica tiene la finalidad, como cualquier otro ministerio sacerdotal, de extender el reino de Cristo, de servir a la Iglesia, y, por lo tanto, el verdadero bien sobrenatural y terreno del hombre.

Al pensar precisamente en la naturaleza de vuestro servicio, se me presenta la gigantesca figura del Papa Gregorio VII, cuya fiesta litúrgica hemos celebrado hace pocos días. Antes de su elección a la Cátedra de Pedro, prestó señalados servicios a los Pontífices, predecesores suyos, mediante embajadas en pueblos y ante soberanos, con el fin de secundar la obra de reforma de la Iglesia y su autonomía de los poderes externos, obra que él mismo continuó luego denodadamente durante doce años, una vez elegido Papa.

Es significativo, a propósito de las intenciones que presidieron el designio apostólico de ese gran Pontífice, todo lo que escribió a la cristiandad desde su exilio de Salerno: «Summopere procuravi ut Sancta Ecclesia, Sponsa Dei, domina et mater nostra, ad proprium rediens decus, libera et casta et catholica permaneret» (PL 148, 709). Son palabras bien conocidas que tienen todo el vigor de un mensaje-testamento. Con ellas, Gregorio VII atestigua no haber tenido, en el ejercicio de su ministerio, otra finalidad que la de servir a la Iglesia, hacerla cada vez más perfecta en sus hombres y en sus estructuras, dilatar su misión por todo el mundo.

3. Amados sacerdotes: He querido inspirarme en un ideal tan excelso, que nos ha vuelto a proponer la liturgia de estos días, a fin de estimular toda vuestra energía en la tarea de promover la misión salvífica de la Iglesia, logrando ante todo en Vosotros, que sois sus miembros privilegiados, una libertad interior cada vez mayor, y suscitando a la vez un anhelo profundo de perfección personal, así como también el afán vivísimo del misionero.

Se trata de entrar cada vez más a fondo en el misterio de la Iglesia, en la riqueza de la vida sobrenatural de la que ella es dispensadora, en su ministerio destinado a la salvación integral del hombre. Cada uno de los hombres es el camino de la Iglesia, y con cada uno de los hombres de buena voluntad quiere ella entablar un dialogo franco y sincero para hacerlo consciente de su dignidad de hijo de Dios, redimido por Cristo, hermano entre hermanos en su Cuerpo místico.

4. Vosotros habéis podido seguir cursos especializados de cultura teológica, canónica y sociológica; habéis ejercitado el ministerio activo y responsable en las parroquias de vuestras diócesis y en Roma; habéis tratado con diversas categorías de personas; en fin, conocéis ampliamente cuáles son las expectativas de la sociedad moderna y cuáles son las exigencias del mundo actual acerca de la Iglesia y de la fe cristiana.

El hombre de hoy se da cuenta, sin duda, del afán religioso y tiene necesidad de claridad sobre las verdades trascendentes y eternas; percibe, además, cada vez con mayor intensidad, que ni la ciencia con sus conquistas, ni el progreso social con su bienestar pueden satisfacer el anhelo de felicidad y de paz que lo agita.

He aquí, pues, que se delinea de modo luminoso la misión del sacerdote católico: con su palabra, su ejemplo, su ministerio debe llevar la respuesta a los interrogantes que atormentan al hombre; desarrollar esta propensión religiosa en encuentro personal con Dios, con Cristo y con 1a Iglesia; hacer sentir y comprender que para la “sed” de verdad, de inocencia, de salvación y de paz, está “el agua viva” de la revelación, de la gracia, del perdón, del amor divino.

¡En esta perspectiva sublime, también la “diplomacia” es apostolado!

5. En el desempeño de un trabajo tan fascinante no estáis solos, sino que estáis con Jesús y unidos a Él como el sarmiento a la vid (cf. Jn 15, 2). Participáis de su misión, que logrará en vosotros la plenitud de los frutos, si permanecéis en su amor (ib., 9), esto es, fieles a su llamada. Efectivamente, vuestra vocación es iniciativa suya: É1 os ha elegido a que deis fruto y para que vuestro fruto permanezca (ib., 16). Con este fin, Jesús os ha abierto su Corazón, como a verdaderos amigos, y espera de vosotros una respuesta humilde, obediente, fiel.

Os sigo a todos con especial atención, lo mismo en este período tan precioso de vuestra formación, como durante vuestros primeros pasos en el servicio de la Sede Apostólica, pidiendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en esta víspera de la fiesta de la Trinidad Santísima, la plenitud consoladora de los dones celestiales. Confío a María, Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, venerada por los alumnos de la Academia bajo el título de “Virgen del Buen Consejo”, y, por esto, invocada especialmente como “Virgo Prudentissima”, “Speculum Iustitiae”, «Sedes Sapientiae”, el terreno de vuestras almas. Que Ella sepa sacar de él, mediante vuestra dócil correspondencia, abundantes frutos de santidad y de justicia, de iluminada sabiduría y de prudente laboriosidad, para decoro de la Sede Apostólica y bien de las almas.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.25, p.9.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

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