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DISCURSO DE JUAN PABLO II
DURANTE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA
EN LA BASÍLICA VATICANA

Lunes 31 de octubre de 1983

 

Queridos adoradores nocturnos españoles:

1. Hace exactamente un año nos encontrábamos reunidos en la parroquia de Guadalupe de Madrid, para un momento de adoración eucarística. Era la primera noche tras mi llegada para la inolvidable visita apostólica a España.

Es para mí una gran alegría poder compartir con vosotros, en esta basílica de San Pedro, unos instantes de adoración a Jesús sacramentado. Durante este año vosotros habéis seguido orando por las intenciones del Papa y de la Iglesia. El se une también a vuestra plegaria, para confirmaros en la fe y pedir al Señor que ratifique vuestro propósito de seguir siendo una porción viva y perseverante de la Iglesia que ora.

Os dije en España que la Eucaristía es la fuente de toda vuestra vitalidad espiritual y apostólica; porque con vuestra actitud de adoración, profundizáis en la fe, la esperanza y la caridad. De esta manera, orientáis toda vuestra vida hacia Dios y, por tanto, hacia el misterio del hombre y de la historia humana concreta.

¡Cuánto me gustaría saber que, durante este año, habéis adelantado en el camino de la contemplación y del compromiso cristiano, según las pautas que os indiqué en la oración que recité con vosotros en aquella noche madrileña!

2. La adoración es un quehacer ineludible de la Iglesia. Vosotros, adorando a Jesús Sacramentado, cumplís en las Iglesias locales el encargo que el Apóstol nos hizo de orar sin interrupción,  imitando al Maestro que frecuentemente pasaba la noche en oración. 

Ese silencio contemplativo os comunicará una gran capacidad de amar a Dios y a los hermanos. En efecto, en medio del silencio de la noche, cuando parece que se aminoran las prisas y la creación enmudece como esperando la palabra del Señor, oiréis en el corazón la voz del Padre que os dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias, escuchadle”. 

Y al sintonizar cada vez más con los sentimientos de Cristo Redentor, que ha venido a “dar su vida en rescate por todos”,  iréis descubriendo los intereses salvíficos del Señor sobre los individuos, la familia, la juventud, la comunidad eclesial a la que pertenecéis, la propia nación y la humanidad entera. Así presentaréis ante el Señor todo lo que ha sido vuestra vida cotidiana, en sincronía con los problemas de los hermanos redimidos por Cristo.

La Iglesia necesita de hombres y mujeres como vosotros, convencidos del valor insustituible de la oración y consecuentes con la obligación de todo hombre de dar gloria a Dios, como premisa indispensable de cualquier acción que quiera ser beneficiosa para los demás.

Pero no podéis limitaros a la actitud contemplativa de adoración y plegaria, porque no sería auténtica vuestra oración, si no fuera acompañada de un compromiso de vida cristiana y de acción apostólica. Solo así responderéis a la llamada de Cristo que os invita a colaborar con El en la aplicación de los frutos de su obra redentora a toda la humanidad. Considerad pues como parte importante del empeño apostólico de vuestra Asociación la promoción del culto a Jesús Sacramentado y de cuanto pueda contribuir a una mayor vivencia de las celebraciones eucarísticas y de la comunión sacramental por parte de todos.

De ese modo seréis testigos vivientes de que vuestra ocupación de adoradores no sólo no es algo estéril o inútil para la comunidad eclesial, sino que es fuente de dinamismo cristiano. Por ello, sed fieles a vuestro carisma, testimoniando la primacía de la dimensión vertical en la vida religiosa del hombre. Así, uniendo a este testimonio el doble compromiso de vivir cristianamente y de ayudar espiritualmente a los hermanos, seréis fieles a vuestra identidad de adoradores.

3. Estamos celebrando el Año Santo de la Redención que debe ser, de modo especial para vosotros, un tiempo de gracia y de renovación espiritual. En la adoración eucarística encontraréis las líneas fuertes de esta renovación. En efecto, “la Eucaristía en particular hace presente toda la obra de la Redención, que se perpetúa a lo largo del año en la celebración de los divinos misterios”. 

En vuestro caso concreto, deseo que, a través de la adoración eucarística, os hagáis portadores de las directrices dadas para el Año Santo: “Que los cristianos sepan descubrir de nuevo, en su experiencia existencial, todas las riquezas inherentes a la salvación que les ha sido comunicada desde el bautismo y se sientan impulsados por el amor de Cristo”. 

En esta experiencia vuestra de vida espiritual y apostólica, descubriréis mejor la inmensa perspectiva del dogma de la comunión de los santos, puesto que “cada nueva experiencia del amor misericordioso de Dios y cada respuesta individual del amor penitente por parte del hombre, es siempre un acontecimiento eclesial”.  Efectivamente, “la gracia específica del Año de la Redención es un renovado descubrimiento del amor de Dios que se da, y es una profundización de las riquezas inescrutables del misterio pascual de Cristo”.  Por ello, el Año Santo es una llamada a agradecer a Dios el don recibido, a aprovechar los frutos de la Redención y a incorporarnos individualmente a la misión salvadora de la Iglesia. Todo lo cual se vive en la Eucaristía.

En efecto, ella es siempre el cauce apropiado para nuestra obligada acción de gracias y debe serlo para nuestro agradecimiento por el beneficio de la Redención. Por Cristo, con El y en El nuestras acciones de gracias adquieren un valor que de por sí nunca hubieran tenido.

Recibiendo a Jesús Sacramentado con las debidas disposiciones hacemos nuestros los frutos de la Redención que nos llegan a través de los sacramentos. Y, finalmente, como la Iglesia hace la Eucaristía, así la Eucaristía hace la Iglesia. Por esto la Eucaristía, al transformarnos en Cristo, nos incorpora a la misión salvadora que la Iglesia realiza a través de los siglos. Precisamente por ello vuestra oración, sin dejar de ser trato confidencial y personal con el Divino Amigo: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”,  ha de abrirse a la dimensión comunitaria y misionera del cristianismo auténtico, acogiendo como propias las preocupaciones de toda la Iglesia y de sus miembros y comunidades.

Así se hará realidad ese anhelado: “Abrir las puertas al Redentor”, que ha de significar para vosotros una apertura del corazón, que no tiene prisas al estar con el Señor y que, precisamente por ello, se entrega generosamente a los compromisos de la vida cotidiana personal, familiar y social. Así, entrar en el misterio de la Redención será sintonizar con el “ sí ” de Jesús al Padre. Y vuestro “ sí ” contemplativo y comprometido se unirá al de Cristo, y hará que luego toda la humanidad pueda pronunciar el “ sí ” de un “ Padre nuestro ” universal.

4. La Virgen Santísima, Madre de Jesús y Madre nuestra, que con José su Esposo adoró al Hijo de Dios hecho hombre la misma noche de su nacimiento, y que tantas otras noches, en Belén y Nazaret, veló su sueño, sea el modelo de todos los adoradores y adoradoras nocturnos de Jesús Sacramentado.

Que su presencia como Madre Dolorosa junto a la Cruz de Cristo Salvador, nos enseñe a descubrir en la Eucaristía el mismo sacrificio que nos redimió, nos estimule a aprovechar personalmente los frutos de esa Redención y nos haga sentir la responsabilidad de incorporarnos efectivamente a la función salvadora de la Iglesia, encargada de aplicar la Redención de Cristo a todos los hombres.

Que Ella nos enseñe los caminos del amor profundo a Dios y al hombre y nos haga preparar el nuevo adviento de su Hijo para la humanidad. Que nos enseñe a ser verdadera Iglesia. “ La Iglesia del nuevo Adviento, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, (y que) debe ser la Iglesia de la eucaristía y de la penitencia ”. 

Queridos adoradores y adoradoras de España, Alemania, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia y México: Os reitero mis sentimientos de alegría y de gratitud por vuestra visita, mientras de corazón bendigo a vosotros y a todos los miembros de vuestra asociación, a vuestras familias y a vuestros Países. “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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