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VISITA PASTORAL A AUSTRIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
ACREDITADO
EN AUSTRIA*

Domingo 11 de septiembre de 1983

 

¡Gentiles señoras y señores!:

1. Constituye para mí una alegría especial poderme encontrar esta tarde con ustedes, los diplomáticos acreditados ante este Estado, después de mi encuentro con los altos representantes del Estado de Austria. Les doy las gracias por su presencia y por el amor que tributan, no sólo a mi persona, sino a la Cabeza suprema de la Iglesia católica. Junto con el anfitrión de la Nunciatura Apostólica, que se ha convertido también por unos días en mi resi dencia, les doy a todos ustedes la más cordial bienvenida.

En el programa de casi todos mis viajes pastorales figura un encuentro especial con los miembros del Cuerpo Diplomático. Con ello quiero expresar la gran estima que siente la Santa Sede por su acción a favor del entendimiento y la colaboración armoniosa entre los pueblos. Por otra parte, la ciudad de Viena invita a ello de modo muy especial, pues es el lugar donde se determinó y formuló por primera vez la posición y tarea de las representaciones di plomáticas mediante acuerdos internacionales vinculantes. Esto ocurrió, como se sabe, en el Tratado de Viena de 1815 y en la Convención sobre relaciones diplomáticas de abril de 1961.

2. Las representaciones diplomáticas son un importante instrumento de la diplomacia moderna. Su tarea no se limita a observar los intereses bilaterales entre los distintos Estados, sino que alcanza también a los intereses y necesidades básicas de la comunidad internacional de los pueblos: el mantenimiento y restablecimiento de la paz, el fomento de una fecunda colaboración entre los gobiernos así como la creación de vínculos jurídicos más humanos y racionales entre los pueblos mediante acuerdos mutuos leales.

La diplomacia ha sido definida justamente como el “arte de la paz”. Conocemos además la gran actualidad y responsabilidad que corresponde a su misión como diplomáticos en el mundo de hoy. El grito de paz que se alza, cada vez con más fuerza, en el corazón de los hombres y en muchos sitios en las calles y plazas parece dar la razón a los temores de quienes, observando la actual situación del mundo, hablan del paso de una “fase postbélica” a otra “prebélica”. Por ello, tal vez hoy, con más urgencia que en el pasado, necesitamos los valientes y tenaces esfuerzos de una hábil diplomacia que, con paciencia y perseverancia, se preocupe de acallar la voz de la fuerza con la voz de la razón, de reducir las tensiones existentes y de mantener siempre abierto el espacio para el diálogo, con el fin de que el grito de los hombres que piden paz no se vea acallado un día de forma improvisa por el rumor de las armas.

Se necesita sobre todo una diplomacia honesta y sincera que renuncie a astucias engañosas, a la mentira y a las intrigas, que tenga en cuenta las reivindicaciones y exigencias legítimas del interlocutor y allane el camino hacia una solución pacífica de los conflictos bilaterales e internacionales mediante una disponibilidad leal a las negociaciones. La falta de sinceridad difunde la desconfianza precisamente allí, donde la confianza es absolutamente necesaria y es la sola que puede ofrecer una base realmente aceptable para un entendimiento duradero. Todos los que gritan paz les animan a ustedes, que como diplomáticos deben ser arquitectos de la paz, a no perder la confianza frente a las grandes dificultades sino a acentuar más bien con cautela y constancia su compromiso en favor de la causa justa de la paz. Aun cuando al final las decisiones se tomen en el campo de la política, como diplomáticos tienen ustedes la posibilidad de influir positivamente en las decisiones de sus Gobiernos, debido precisamente a su posición y al conocimiento de la si tuación.

3. Señoras y señores: Como resalté en mi discurso ante las Naciones Unidas, “la razón de ser de toda política es el servicio al hombre, es la asunción, llena de solicitud y responsabilidad, de los problemas y tareas esenciales de su existencia terrena, en su dimensión y alcance social, de la cual depende a la vez el bien de cada persona” (Discurso del 2 de octubre 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, l4 de octubre 1979, pag. 2). En este servicio a los hombres, la tarea tan difícil y llena des responsabilidades de político y del diplomático se entrecruza con la peculiar misión salvífica de la Iglesia, que se orienta al bien de todo el hombre y de la entera humanidad. La Iglesia comparte la solicitud de los responsables de los Estado y de la sociedad, sobre todo allí donde se trata de garantizar y promover valores supremos como la paz, la justicia, la dignidad humana, los derechos de los hombres, la reconciliación y la colaboración confiada entre los pueblos. No por ambiciones de carácter político sino por causa del hombre y de su propia misión, la Iglesia se siente obligada a ofrecer en esos casos su apoyo moral y cualquier ayuda concreta que sea posible, también mediante los medios y vías de una diplomacia digna de confianza que constituyó un instrumento excelente de la paz.

Como ustedes saben, la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas plenas con multitud de Estados, muchos de los cuales están seguramente representados aquí por ustedes. El Tratado de Viena mencionado más arriba reconoce también oficialmente a los representantes pontificios una cierta precedencia entre los diplomáticos, que les había sido concedida ya anteriormente por el derecho consuetudinario internacional. Esto no significa tanto una distinción para el representante de la Santa Sede en cuanto tal, sino que es más bien un testimonio de respeto a los valores espirituales y morales representados por la Iglesia en la comunidad internacional de los pueblos, cuya primacía fue reconocida así básicamente por los países firmantes del Tratado.

4. De acuerdo con la misión de la Iglesia, también la diplomacia de la Santa Sede tiene esencialmente una naturaleza religiosa y espiritual. Precisamente por ello puede ofrecer la contribución específica que le es propia en el juego internacional de fuerzas en orden a conseguir los respectivos objetivos. Si la diplomacia y la política quieren responder hoy a las esperanzas que se ponen en ellas, en los objetivos perseguidos por los pueblos se deben asumir los va lores espirituales y morales fundamentales, teniendo en cuenta además su realización. La historia y la experiencia enseñan lo inútil que resultan los esfuerzos internacionales de paz y el compromiso por la justicia y el progreso social cuando sólo se atacan los síntomas del mal existente y no sus raíces, las actitudes morales y situaciones erróneas subyacentes.

El Concilio Vaticano II constata al respecto en su Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual: “Los que gobiernan a los pueblos, que son garantes del bien común de la propia nación y, al mismo tiempo, promotores del bien de todo el mundo, dependen enormemente de las opiniones y de los sentimientos de las multitudes. De nada les sirve trabajar en la construcción de la paz, mientras los sentimientos de hostilidad, de menosprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas dividen a los hombres y los enfrentan entre sí. Por ello es necesario proceder a una renovación en la educación de la mentalidad y a una nueva orientación de la opinión pública” (Gaudium et spes, 82). Con el fin de poder superar eficazmente las actuales situaciones precarias y los peligros inminentes en la vida privada y pública, tanto en el terreno nacional como internacional, es ne cesario, ante todo, cambiar precisamente al hombre, renovarlo y fortalecerlo moralmente. En esta tarea fundamental la Iglesia y el Estado deben trabajar y colaborar juntos. Es evidente la importante contribución que pueden ofrecer en este terreno la Iglesia y los cristianos.

En su difícil actividad como diplomáticos, con tanta responsabilidad por la causa de la paz, de la justicia, la colaboración internacional y el progreso universal de los pueblos, sean siempre conscientes, señoras y señores, del apoyo solidario de la Iglesia y de la Santa Sede. Que los altos valores, en los cuáles se hallan empeñados ustedes a través del noble “arte de la paz” en la comunidad internacional, les sean otorgados abundantemente también a ustedes personalmente, a sus familias y al pueblo que representan. Esto es lo que deseo y suplico cordialmente para todos ustedes.


*L' Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.39 p.7 (p.519).

 

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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