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VISITA PASTORAL A AUSTRIA

ENCUENTRO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
CON EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA AUSTRIACA

Palacio Hofburg de Viena
Domingo 11 de septiembre de 1983

 

Excelentísimo Señor Presidente
Excelentísimo Señor Canciller
Señoras y señores:

1. Constituye para mí un honor y una alegría especiales encontrar hoy al Señor Presidente, a los miembros del Gobierno y a los representantes de la vida política y cultural de Austria. Con Austria me unen desde hace tiempo una relación persona1 y lazos de amistad.

Ya en los primeros días después de mi nombramiento a la Sede de Pedro recibí una cordial invitación para visitar vuestro País. Esa visita se ha hecho ahora posible. Por esta razón le doy las gracias sinceramente, Señor Presidente; gracias también, y de un modo especial, por el encuentro de hoy y por sus honrosas palabras de saludo. Al mismo tiempo quiero dar las gracias al Gobierno y a todas las autoridades de esta ciudad y del resto de Austria por la contribución que han prestado para que mi visita fuera tan bien preparada y organizada y para que yo recibiera una acogida tan cordial. En ustedes, dignos representantes de su País, saludo a todos los que comparten la responsabilidad del bienestar y el destino de este pueblo. Quiero expresarles mi admiración por la historia decisiva, la riqueza cultural y el gran prestigio mostrado siempre por Austria en el seno de la comunidad de los pueblos, tanto en el pasado como en el presente. Con especial agradecimiento quiero recordar, en esta hora, la vinculación profunda y milenaria del pueblo austriaco con el Cristianismo y las amistosas relaciones existentes desde hace tiempo entre su País y la Santa Sede.

Ha pasado ya mucho tiempo desde la última visita de un Papa a Viena. Doy gracias a Dios porque las circunstancias de mi actual visita pastoral son muy distintas de las que rodearon el viaje de Pío VI a vuestra capital hace 200 años. Entonces existían motivos de preocupación por la unidad de la Iglesia y su autonomía en Austria. En la actualidad, la vida eclesial puede desarrollarse libremente; el propio Katholikentag es un signo evidente de ello. Para mí ha sido una alegría poder participar en él. El Katholikentag ha constituido una forma impresionante de predicación del mensaje de Cristo a los hombres de este País; un elemento de esperanza viva que puede transmitir esperanza también a otros.

2. La tarea que debe realizar la Iglesia de acuerdo con su misión en el mundo es religiosa y espiritual, no política. Pero, como subraya el Concilio Vaticano II, en virtud precisamente del Evangelio que le ha sido confiado, la Iglesia proclama los Derechos del hombre y reconoce y valora el dinamismo de la época actual que promueve por todas partes esos Derechos (Gaudium et spes, 41). Por ello experimenta sentimientos de satisfacción y agradecimiento cuando Estados como la República de Austria, gracias a su ordenamiento democrático y al carácter fraterno de sus ciudadanos se empeña en el servicio de los Derechos del hombre. En este sentido, no hay que pensar únicamente en el buen ordenamiento de la vida pública y en los esfuerzos por el respeto de los Derechos fundamentales del hombre en el propio País, sino también en la disponibilidad para acoger a gentes de otros países donde se ven privados de su libertad religiosa, la libertad de opinión o el respeto a su dignidad humana. Austria ha ofrecido continuamente, con espíritu magnánimo, asilo a esas personas. Este País tributa así a la libertad personal del hombre aquel respeto que le corresponde como derecho inalienable de la persona humana.

En este sentido, vuestro País merece una expresión especial de agradecimiento y de aliento por el modo en que lleva a cabo su misión europea e internacional en general. Lo mismo que en el pasado, Austria realiza también en el presente y de muchos modos la función de lanzar puentes entre los pueblos. Por encima de sus propias fronteras y consciente de las tareas comunes de Europa y de su responsabilidad en la comunidad de los pueblos, Austria se ha esforzado continuamente por prestar su colaboración para asegurar la paz y fomentar el entendimiento entre las naciones y los bloques. Será necesario continuar esos esfuerzos con espíritu resuelto y proponerse con mayor claridad las metas a conseguir.

Así la preocupación por la justicia internacional ha conducido ya desde hace años a tomar numerosas medidas para el fomento del desarrollo de las regiones más pobres del mundo. Me congratulo de que la ayuda eclesial para el desarrollo haya proporcionado una considerable contribución en este sentido. Pero, a pesar de ello, el abismo entre ricos y pobres sigue aumentando. Este hecho debe estimular a todos, tanto al Estado como a la Iglesia, a un mayor esfuerzo que debe incluir, además, profundas transformaciones en el orden económico. Lo mismo puede decirse de la preocupación por el entendimiento entre los pueblos y la protección de la paz del mundo. Por su situación geográfica y su herencia cultural, vuestro País tiene posibilidades especiales, precisamente en este campo, en orden a lograr esfuerzos más intensos orientados a una transformación humana y cultural y fomentar encuentros y diálogos más eficaces entre las naciones.

3. En este compromiso en favor del bienestar de los hombres y naciones, los Estados encuentran a !a Iglesia Católica siempre dispuesta a colaborar. En virtud de su misión apostólica que lo abarca todo, la Iglesia se siente llamada a prestar su colaboración incluso en la vida pública por servicio a los hombres. Y ello sobre todo en un país donde muchos ciudadanos se confiesan cristianos, un país tan marcado en su historia y su cultura por el espíritu cristiano.

La Iglesia no es una instancia política. No tiene competencia tecnológica o político-económica ni se mantiene mediante el poder político. Respeta la responsabilidad del Estado sin mezclarse en sus tareas políticas. De este modo gana en autoridad cuando defiende la verdadera libertad, cuando defiende los derechos inalienables de la persona humana, su dignidad y vocación divina. En nombre de la verdadera libertad y dignidad del hombre, la Iglesia está llamada, sobre todo, a manifestarse en favor de la salvaguarda de la conciencia moral y de una actuación moral que responda ante esa conciencia; y ello no sólo en la vida individual sino también en la social. Así pues, es siempre su misión espiritual la que mueve a la Iglesia a actuar también de forma tan decidida y en colaboración con los Estados en favor de los intereses materiales del hombre, de la justicia y la paz; en favor de una convivencia digna de la dignidad humana y una defensa eficaz del ordenamiento moral en la familia y la sociedad. Este servicio concreto de la Iglesia se hace tanto más urgente en una época en la que el desprecio creciente de valores humanos fundamentales mina las bases del ordenamiento social y amenaza al propio hombre en lo más intimo de su dignidad. Tampoco el Estado pluralista moderno puede renunciar a las normas éticas a la hora de legislar y en la vida pública sin que ello lleve consigo graves perjuicios para el bien del individuo y de la comunidad. Y ello sobre todo cuando se trata de proteger valores tan altos como la vida del hombre en todas sus fases. La Iglesia proclama su solidaridad y su reconocimiento a todas las personas investidas de alguna responsabilidad que, por convencimiento propio, se comprometen con ella a defender los valores morales fundamentales en la sociedad actual y a presentar esta tarea como algo comprometedor, sobre todo a los jóvenes. Me sea permitido resaltar aquí, de forma expresa y con profunda admiración, que usted, Señor Presidente, ha hecho esto siempre con gran sinceridad y energía desde su alto puesto de responsabilidad. Por ello y por todos los esfuerzos mediante los cuales ha apoyado siempre con magnanimidad la acción de la Iglesia y de la Santa Sede en la vida pública, le expreso mi sincero agradecimiento.

4. Permítanme, señoras y señores, que para terminar les haga a ustedes una observación más personal. Los que se hallan reunidos aquí han sido constituidos en su función política por el pueblo austriaco en elecciones libres y democráticas o bien ejercen su misión en la sociedad sobre la base de tal constitución. Sobre sus hombros pesa una gran responsabilidad en favor de este país y de su situación en el mundo. La honrosa pero difícil profesión del político exige el compromiso de todas sus fuerzas y de toda su persona. Aquellos de ustedes a quienes ha sido concedida la gracia de la fe sabrán que, para la realización de esa tarea, se puede y se debe aplicar la ayuda de Dios. ¡Ojalá les sea concedida a todos la fuerza espiritual y moral capaz de satisfacer las esperanzas que la sociedad y sobre todo los jóvenes, ponen en los políticos precisamente hoy!

Les agradezco, excelentísimo Señor Presidente, señores y señoras, la atención que, de acuerdo con las convicciones personales de cada uno, prestan a la visión cristiana de las cosas y al diálogo y colaboración con la Iglesia. ¡Puedan ustedes traducir esa atención concretamente en su acción de responsabilidad en bien de su pueblo! Para ustedes, para la “muy ensalzada, muy probada y muy amada Austria” (himno austriaco) y para todos los hombres que habitan en ella pido la protección y la bendición permanentes de Dios omnipotente y misericordioso.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.39, p.7.

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

 

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