Señor Embajador.
Las palabras que Vuestra Excelencia me ha dirigido al presentar
las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y
Plenipotenciario de Colombia ante la Santa Sede, me han sido particularmente
gratas porque me hacen sentir el afecto de todos los amadísimos hijos de esa
noble Nación.
Al agradecerle sus amables expresiones, así como el deferente
saludo que me ha transmitido de parte del Señor Presidente de la República, le
doy mi más cordial bienvenida, a la vez que le aseguro mi apoyo para el
desarrollo de la importante misión que le ha sido confiada.
Vuestra Excelencia se ha referido a los tradicionales
sentimientos católicos de los colombianos, entre los que destaca su cercanía al
Sucesor de Pedro, manifestada de modo particular durante la visita apostólica
que realizara a Colombia mi Predecesor Pablo VI. Estos sentimientos tienen desde
hace tiempo una manifestación externa en las relaciones que Colombia mantiene
con esta Sede Apostólica, encaminadas a la búsqueda del bien común de los
ciudadanos que, a la vez, son en gran mayoría hijos de la Iglesia católica.
También ha aludido Vuestra Excelencia a la acción constante
de la Santa Sede en favor de la paz entre los pueblos y entre las naciones,
acción que va encontrando eco en diferentes estamentos sociales y
gubernamentales. Por ello es para mí motivo de consuelo saber que en Colombia se
trabaja también por la paz interna y se colabora activamente con otros Países,
para restablecer relaciones pacíficas entre los pueblos de Centroamérica.
Las dificultades que parecen presentarse en el arduo camino
emprendido, no deben desanimar a los protagonistas de este nobilísimo esfuerzo,
antes bien los deben estimular a redoblar sus intentos, siendo ellos conscientes
de que los objetivos que se han fijado —la pacificación de la Región, en un
cuadro de justicia y de libertad para todas y cada una de las Naciones— merecen
el máximo empeño.
Como decía en mi
Mensaje para la Jornada de la Paz de 1982, “Si la paz debe ser una
preocupación de todos los hombres, su construcción es una tarea que corresponde,
directa y principalmente, a los dirigentes políticos. Desde este punto de vista,
el lugar principal de la edificación de la paz es siempre la Nación, como
sociedad políticamente organizada. Si la formación de una sociedad política
tiene por objetivo la instauración de la justicia, la promoción del bien común y
la participación de todos, la paz de esta sociedad sólo se realiza en la medida
en que se respeten estos tres imperativos”.
Para que la paz interna sea una realidad cada vez más
palpable, es necesario que se desarraiguen las causas de discordia entre los
hombres, principalmente las injusticias, muchas de las cuales provienen de
desigualdades económicas o de diversos tipos de discriminación, con el
consiguiente afán de dominio y desprecio de las personas: olvidando de ese modo
que todos somos hermanos, hijos del mismo Padre. Por ello es necesario que
siempre se persiga la dignificación de las personas y grupos étnicos,
facilitándoles todos los medios posibles para que puedan ser y considerarse
ciudadanos de pleno derecho (cf.
Gaudium et Spes, 29).
La Iglesia en Colombia tiene muy presente la realidad social
y las personas a las que va dirigida su misión evangelizadora. En no pocas
ocasiones se ha manifestado en favor de la igualdad de todos los hombres y la
defensa de los más pobres y necesitados, a la vez que está trabajando según sus
posibilidades en la promoción integral de cada persona y grupo social.
En este sentido la Santa Sede está convencida de que el
Episcopado y el clero colombiano, en el desarrollo de su misión pastoral y
evangelizadora, podrán seguir colaborando también, desde su propia perspectiva,
en tantas iniciativas y esfuerzos que favorezcan el bien común.
Al renovarle, Señor Embajador, mi benevolencia para el
cumplimiento de su misión, invoco sobre Vuestra Excelencia, sobre las
Autoridades que han tenido a bien confiársela y sobre el querido pueblo
colombiano, abundantes y escogidas gracias divinas.
*AAS 76 (1984), p. 779-780
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. VII 1 1984 pp.1041-1043.
L'Attività della Santa Sede 1984 pp. 290-292.
L’Osservatore Romano 17.4.1984 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 18 p.10.
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